Archivos de la categoría ‘DE NENAS PUTAS…’

ESO SI FUE UNA FIESTA…

julio 28, 2009

CHICA PUTITA

   Por suerte la tenía insaciable…

   -Sí, he oído todos los comentarios sobre mi fiesta de cumpleaños y no me interesan. Invité a toda la escuela, pero las perras populares no dejaron venir a un buen número. Llegaron sólo algunos chicos, pero el ánimo no prendía hasta que abrí mi… corazón a ellos así, sin pantaletas puestas, claro. Y el animo creció, se puso duro y caliente. ¡Y qué fiesta tuve! Ahora todos hablan de mi reunión, las chicas arrechas, los chicos frustrados por no haber ido. Y ya me tienen planeando la próxima. Creo… creo que esa noche estrenaré también el culo; he estado imaginándome los güevos de tres de mis mejores amigos a un tiempo… ¿No quieres venir?

Julio César.

TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL… (5)

julio 14, 2009

NENA CALIENTE

   -¿Qué te metan una lengua mientras alguien más está ahí? ¡La locura de rico!

……

   -Eres un completo y perfecto imbécil. -brama ella alzando una mano abierta y azotándole una nalga. Suena seca, dura. Y el tipo se estremece, pero calla.

   Y mientras lo llama inútil, estúpido, bueno para nada, sólo pura facha, le da nalgadas. Fuertes. Su manita es pesada como saben sus hijos, y también Wilson. La mano sube y baja, azotando las duras nalgas que se contraen y se agitan. El hombre parece alarmado, y jadea ahora. Nalgada tras nalgada siente el picor, el ardor. Le duele y…

   -No, por favor, Carolina, no más… -le suplica, y ella sonríe al fin, nalgueándolo más duro y rápido, de una nalga a la otra.

   Y Wilson gime sin vergüenza, como un muchachito, que no le peque más, que lo perdone. Suplica de por favor una y otra vez que no. Pero ella lo azota más, con gusto, gozando su peso, su calor, sus estremecimientos en sus piernas. El hombre intenta meter una mano pero ella le atrape el brazo, casi doblándolo sobre su espalda, mientras con la otra mano baja un poco la prendita putona (que ella lo obliga a usar) casi toda metida ya entre sus nalgas para ese momento. Las nalgas, sin un pelito, rojizas, están más rojas allí donde la fina mano golpea una y otra vez.

   Ella lo llama niño estúpido y malo, que merece un castigo, mientras su mano recorre esas nalgas calientes, viciosa. Se sentía tan bien, coño, piensa mientras lo azota, lo insulta, lo soba. Era placentero el poder sobre ese hombre al que domó, a quien le quitó las espuelas convirtiéndolo en su juguete. Ahora lo oye gemir más, suplicándole con cierto llanto que pare, que no siga, que le duele, que por favor lo perdone. Pero él había fallado, y feo, por su culpa podía perderlo todo. Y eso la empuja a azotarlo más y más, llamándolo niño irresponsable, que tenía que enseñarle, que tenía que aprender.

   Era extraño ver a esa mujer elegante, arreglada, de traje y falda, con ese carajote en sus piernas, con los pantalones en los tobillos y las nalgas expuestas, mientras ella lo azota una y otra vez y él solloza ya, sin disimulos, ocultando el rostro en el sofá, pidiéndole que se pare, que lo perdone, que no vuelve a hacer…

   Cualquiera se abría sorprendido, como lo hizo uno de los muchachos de los recados dentro de la compañía, quien los miraba con franco asombro. Vaya con la señora… se dice el joven, excitado, sabiendo que ahora la tenía en sus manos.

   Es sorprendente ver a un carajo como Wilson, grande y masculino, revolverse y lloriquear como un niño, pidiéndole a Carolina que deje de azotarlo. Pero la mujer sigue, mordiéndose el labio inferior. Excitada. El ardor y picor en su palma cuando choca de las duras nalgas, le agrada. Se siente poderosa. Se sabe poderosa. Es una mujer que domina su entorno, los negocios, a los demás. Y a un carajo como Wilson, un pájaro alegre, seductor y machista hasta ayer, convertido hoy en su juguete erótico. Ella lo había hecho, lo controló, le cortó las alas, ahora le pertenecía.

   Él gimotea, pero ella sigue azotándolo, notando que el hombre, a pesar de sí, responde también, endureciéndosele el tolete que choca de su pierna. Está furiosa con él, esos papeles desaparecidos podían meterla en un problema que el imbécil ese ni se imagina, pero eso la calma. Darle nalgada tras nalgada, oírlo gemir, sentirlo retorcerse, mientras lo llama niño estúpido, que tiene que aprender a comportarse. Y esa manita como garra, de uñas violentamente moradas, recorre las enrojecidas nalgas, sobándolo. Sí, ese carajo era suyo. Le pertenecía. Y desde la puerta, excitado y algo asustado, el joven recadero, Requena, mira como esos dedos recorren la raja interglútea, como se mete. Sobándolo.

   La mujer sonríe casi cruel. Sabe cuánto lo humilla así, sobándole la raja que daba al culo, frotándole el botón, metiéndole una uña. Lo humillaba porque le quitaba hombría, y porque el carajo estaba acondicionado para responder. Para excitarse. Y cuando está a punto de clavarle un dedo, sometiéndolo aún más al clavárselo todo por el culo, timbra el teléfono. La mujer se echa hacia atrás, es la señal para que el lloroso, enrojecido y avergonzado Wilson se ponga de pie y acomode sus ropas. Es el momento cuando Requena también se aleja. Todavía asombrado de todo lo que vio. Y con el güevo increíblemente duro bajo sus ropas. Vaya con la jefa…

……

   Al fin pudo escapar de Carolina, se dice Wilson, todo envarado entrando en su oficina espartana de colores oscuros. Le dolía el culo. Dios, cómo odiaba a la mujer. Y no por primera vez mientras se inclina sobre el escritorio, revisándolo todo nuevamente en busca de los papeles que certificaban el nacimiento de esa jovencita (Clementina, Tinita, Salvatierra), el atractivo sujeto se plantea el asesinarla. Disimuladamente, o de forma abierta (con un hacha, preferiblemente). Pero matarla. Sabiendo que no se atrevería. No sólo por estar condicionado, sino porque temía lo que ella pudiera tener por ahí contra él. Pero el mayor miedo era a los peligrosos y demente socios de la mujer. Él los conocía y les temía. Y más que a Carolina.

   Trata de enfocar la aún llorosa mirada mientras revisa. No hay nada. Sabía que no estaban, pero intenta conseguirlos. Sabe que Carolina no había terminado aún con él. Ah, no, seguro que planeaba algo infame.

   -Adelante. –gruñe ronco, cuando llaman a la puerta, limpiando sus ojos con dos dedos en forma maquinal. Ceñudo mira entrar a ese joven recadero entre pisos, Requena, un tipo joven, acuerpado y medio galancito, como parecía gustarle a Carolina que fueran todos.- Dime, Requena… -no le presta atención real, ni repara en la sonrisa sardónica del otro.

   -Buenas tardes, doctor Wilson… -y duda por un momento, no era fácil proponer algo como lo que llevaba en mente, pero con lo que vio sabe que tiene la sartén por el mango.- Verá, yo lo vi todo. –deja salir, con el corazón palpitante, sabiendo que tenía a la puta de Carolina (la puta, así la trataba ya en su cabeza) en sus manos.- Vi lo que la doctora Fuentes le hacía. –termina, y eso impacta feamente al otro, quien se yergue, amenazante, enrojeciendo, yéndosele encima.

   -¿De qué hablas? –lo que faltaba, coño, tiembla por dentro.

   -De las marcas de nalgadas que debe tener en el trasero, doctor. –le sonríe irónico.- Y me pregunto… ¿no me dejaría darle unas cuantas a mí también? –sus ojos brillan ávidos ante ese carajote. Y Wilson da un paso atrás, desconcertado.

   -¿De qué coño hablas, marica?

   -Que también yo quiero darle unas nalgaditas, doctor. Que se monte en mis piernas y darle duro. Creo que lo disfruta, ¿verdad? –e insolente alarga una mano, tocándole a Wilson, quien da casi un salto atrás, el paquete.

   -¡Bolas! –está furioso, pero teme, al posible escándalo, a las risas, a que lo señalaran.- Mira, Requena, déjate de vainas o Carolina se enterará y créeme, no quieres que ella… -advierte, hasta de buena fe.

   -Eso no me importa, Wilson. –es insolente al tutearlo, sabe que lo tiene atrapado.- Quiero darte unos azotes como los que le dio la doctora; si no te dejas le echo el cuento a todo el mundo. –y va hacia la puerta.- Espero tu respuesta. –y sale, enfatizando la voz de mando, mirándolo mórbido mientras sale.

   Wilson se queda de piedra. Rojo de confusión. Qué vaina, Dios mío, ahora había a otra piraña en la bañera que deseaba morderlo. Maldiciendo y soltando toda clase de tacos, se pasa una mano por los cabellos. ¡Qué puede hacer ahora!, se pregunta una y otra vez.

……

   -Señora… -dice sonriente, complacida de su éxito… a pesar de lo duro y movido que fue lograrlo, Tinita, recibiendo a Carolina quien viene molesta de la calle.- Está resuelto el problema de la gotera.

   -¿Sí? Me sorprendes. –suelta, sin alzar la voz, sin dejar notar sus pensamientos al entregarle la cartera portafolio y su saco grande. La odia, ahí no había para dónde agarrar. Pensaba gritarle un rato por la tubería goteante, aunque no pensaba echarla. La necesitaba, por ahora, para ir contra Renata Tovar.- ¿Está la cena lista?

   -Si, el menú que eligió.

   -Bueno, pero también quiero papas frita. Pela un kilo y medio o dos. –ordena para molestarla, para quitarle algunos minutos más, complacida de ver esos ojitos apesadumbrados a pesar de responder que ‘sí, señora’.- ¿Qué es ese escándalo? –se queja, escuchando gritos alegres y risas.

   -Son el niño Vicente y su amiguito del colegio, están con uno de esos video juegos de carreras.

   -Diles que dejen el escándalo; y a Vicente que tome un baño antes de la cena; y a Rubén… -imagina se trata de él.- …que vaya para su casa a cenar. Su madre es estricta en cuanto a la hora de sentarse a la mesa.

   -Si, señora.

……

   El dormitorio de Vicente es algo chico, atestado de póster de carreras de auto, de ídolos del futbol y de una imagen grande de Norky Batista en traje de baño, uno chico y ajustado mientras ella está cubierta de gotitas de agua. El joven, alto y delgado, de pie sobre la cama, grita de forma desaforada, con el pequeño control mirando hacia la enorme pantalla plana donde por un pico encrespado corren dos autos, casi cayendo en abismos, con rocas desplomándose sobre ellos y con derrumbes de la vía. Compite con Rubén, otro chico de trece años, tan alto y delgado como él, de piel negra, cabello ensortijado pero no crespo y ojos color miel oscura. Una mezcla de razas típica de estas tierras. Compiten, saltan, se gritan vainas y casi no reparan en Tinita que entra después de llamar varias veces.

   -Niño Vicente, que deje el escándalo y se bañe para la cena. –anuncia la joven, y tiene que repetirlo dos veces más antes de ser notada. Los chicos, dos mocetones a quienes el sexo llamaba a gritos, llenos de hormonas, la miran. Los dos pares de ojos se clavan en las tetas de Tinita.

   -Déjame en paz, Tinita la tetoncita. –le gruñe en alegre insolencia (no de mala fe), Vicente. Y Rubén ríe.

   Ella se ofende un poco, e intenta ponerse dura, que la escuchen y obedezcan o la señora se molestará. Pero mientras más insiste más ríen y saltan sobre la cama mirando sus autos mientras gritan: “Tinita la tetoncita busca un novio que no la tenga chiquita…”. Ah, niños majaderos, pensó Tinita mortificada, yendo hacia ellos decidida a imponerse, como en su tierra hacen los adultos con los muchachos majaderos. Incluso pensaba en halar una que otra oreja. Antes de que llegue, ellos saltan de la cama por el otro lado. Ella la rodea y ellos suben nuevamente, escapando en sentido contrario, siempre cantando el “Tinita la tetoncita está arrechita”. Que niños, pensó furiosa, decidida a atraparlos cortando camino sobre la cama. Sube en el momento que ellos bajan de un salto, y la cama rebota un poco. Por eso, y por sus tacones, la joven pierde el equilibrio y se va para atrás con un grito, cayendo mitad fuera de la cama, mitad arriba. La joven siente el golpe leve en la cabeza, y se queda quiera, amortizándolo y evaluándose… dejando imprudentemente sus caderas sobre la cama.  

   Vicente y Rubén, dos chicos de trece, miran, con bocas y ojos muy abiertos, esas piernas plenas, turgentes, por un segundo antes de caer sobre la pequeña pantaleta negra que la joven usa. La falda ha bajado dejándola al descubierto. No lo piensan, no se ponen de acuerdo, pero tanto Rubén como Vicente se lanzan sobre ella, cada uno a un lado, sentados en la cama, y atrapan cada uno una pierna. Con un chillido, notando por primera vez que está en mala pose, Tinita pregunta qué hacen, pero gime otra vez cuando la halan hacia arriba, despegándola de la cama, quedando apoyada en el piso alfombrado por los hombros. Y esos chicos de miradas oscuras miran esa pantaletica chica, tipo bikini, que cubre esos lugares secretos, misteriosos y maravillosos con los que han soñado desde que comenzaron a ojear revistas para adultos y hacerse las pajas.

   Rubén pega su rostro del pubis, sobre la pantaleta, casi sobre la vagina y cierra los ojos al aspirar, mareándose. Ese olor a hembra lo hace temblar, debilitándolo… mientras se pone bien duro también. Vicente lo imita y pega su carita traviesa de esas nalgas, apretándose contra ellas, sintiéndolas duritas y tibias. Mientras ella grita preguntando nuevamente (y vaya que es tonta) qué hacen, y se revuelve intentando librarse, esos dos muchachos huelen a la hembra por primera vez, y sus caritas se frotan soñadoras de esa cuquita entalcada y de ese culito cerrado. Y ahora se miran, ya n son niños, son hombres, cazadores. Algo increíble les había pasado, un momento antes jugaban como niños, y ahora una mujer estaba abierta de piernas allí.

   -¡No! ¿qué haces? –grita otra vez, realmente alarmada, Tinita.

   Las delgadas manos negras de Rubén van a sus caderas, atrapan las tiritas de la pantaleta y la halan, desnudándola. Ella se revuelve, pero Vicente la retiene, mirando ese pequeña cantidad de pelos, esos labios vaginales que parecían llamarlo; un delgado dedo, temblando un poco, los toca y recorre, sintiéndose morir. Ella gime que no, que son unos niños malos, cuando ya Rubén le ha quitado la pantaleta y un dedo de Vicente tantea la entrar en la rica, madura y dulce fruta de la muchacha.

   -Vicente, que vayas a bañarte. –oyen fuera que ladra la autoritaria voz de Mario, el papá de Vicente.

   Con un jadeo los chicos sueltan a Tinita (al recordarlo maldecirían el que apareciera en ese momento), se enderezan y medio ocultan sus erecciones, mientras la joven patalea como las buenas, y toda roja, algo despeinada, se pone de pie también, acomodando su falda cuando la puerta se abre y aparece el hombre, quien miraba con cierto aburrimiento hasta notar esas caras.

   -¿Qué ocurre aquí?

   -¡Nada! –responden los tres, viéndose culpables. El hombre mira de Tinita a su hijo, bajando un poco la vista hacia su entrepiernas. Vaya.

   -Ve a asearte. Rubén, tu mamá llamó, que vayas o ya sabes… -y sale, dejando la puerta abierta.

   -¡Dame mi pantaleta! –brama desesperada, Tinita, volviéndose hacia Rubén que sonríe como un ganador, mostrando la pantaleta en su mano, dándole una olida y metiéndosela en el bolsillo. Tinita va a discutir cuando oye a Carolina ladrar.

   -Clementina, ven acá.

   La joven no sabe qué hacer, está sin pantaletas, la falda es corta y…

   -Voy, señora. –sale viéndolos de forma censuradora, para que entiendan que la han herido y se sientan mal. Ilusa.

   En cuanto sale, Vicente se arroja sobre Rubén, exigiéndole la pantaleta, pero el otro se niega y medio forcejean, hasta que Carolina, nuevamente, ladra: “Rubén, tu mamá manda a decir que bajes o ella sube”

……

   Terriblemente mortificada, Tinita cruza el pasillo del piso hacia el depósito de basura; Carolina la había llamado porque los restos de carne para la cena, apestaban ya. Camina con cuidado para que no se note que anda rueda libre. Y mientras regresa, se cruza con Rubén por un lado, quien le sonríe burlón tanteando algo en su bolsillo (¡pequeño monstruo!, piensa ella), y con Marcelo quien viene detrás, mirándola de forma extrañada sobre las nalgas. Y ella, sonriendo tensa, lo deja pasar (¿se habría dado cuenta que no llevaba pantaleta?). Entrando a la cocina, decide llegarse corriendo hasta su cuarto y ponerse otra. Ya tendría tiempo de hablar con Vicente y explicarle que esos no eran juegos. Un niño bien educado no se comportaba así; pero cuando va saliendo, se topa con la fría Carolina.

   -¿Ya están las papas?

   -No, señora, pero ya vengo, es que…

   -¡Las papas, clementina!

   -Sí, señora… -accede, sintiéndose muy mortificada, casi al borde del llanto.

   ¿Por qué le pasaban esas cosas? Se sienta a la pequeña mesa, sólida, de madera vieja, cubierta por aquel mantel largo de cuadros. Toma la primera papa para pelarla… y se congela. Bajo la mesa, bajo ese mantel, justo en el momento cuando Carolina regresa, alguien la tocó, le separó las piernas, y un aliento caliente como el infierno cayó sobre los labios de su cuca…

   Pero ¿qué es esto? ¿Quién tiene este cara a cara con Tinita, bajo la mesa de la cocina? ¿Será Mario el viejo zorro, Marcelo el mira nalgas, o el pequeño depravadín? ¿Se dará cuenta la mujer? Y Wilson, ¿cómo resolverá el problema en el que lo metió su cuerpo? ¿Cederá o peleará? ¿Requena saboreará lo que desea? ¿Y quién robó los papeles de Tinita?

CONTINUARÁ…

Julio César.

TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL… (4)

julio 8, 2009

WOMEN HOT

   Dos se le corrieron adentro, ¿será lo ‘peor’ que hará? No, ni de cerca…

……

   Renata entra a su bonito aunque algo chico camerino. Mira la hora y bota aire. Tenía una cita esa tarde con un médico que no le agradaba para nada. Se sirve una pequeña copa de vino. Y el teléfono suena. Tomando aire lo toma. Después del falso y alegre “aló”, finge sorpresa ante su interlocutora.

   -¡Carolina, chica, cuanto me alegra oír tu voz!

   -¿De veras? Debiste llamarme anoche. –puntualiza, tan falsa y jovial como Renata, Carolina Fuentes (de Marotta, a veces se le olvidaba)… sonriendo complacida, sentada en el bonito sofá de su oficina… con Wilson, su enorme y atractivo asistente, sentado en sus piernas, en una clara y mórbida inversión de roles.

   -Lo olvidé, querida. ¡Estoy tan ocupada…! Pero, ¿qué deseabas? –y espera algún pedido extraño, tan vez un favor, una presentación en alguna barra legal o cualquier otra idiotez de aquella mujer de las relaciones publicas del canal, entre otras cosas.

   -Encontré a tu hija perdida. –lo dice como sí tal.

   Y todo alrededor de Renata da vueltas, violentamente; siente que el corazón se le detiene en el pecho (casi siente deseos de darse unos golpecitos), y el mundo pierde definición.

   -¿Qué? ¿De qué…? ¡Maldita perra, ¿a qué juegas?! Mi hija… -brama, perdido todo buen humor, fingido o no; ahora era una loba.

   -Tu hija está viva, Renata. No la asesinaron como lo ordenaste. Y yo sé dónde está. Creo que vino a cobrarte. –sentencia risueña, cruel, con una cara que muy pocos (Wilson es uno de los pocos, y que la mira asustado en ese momento, con su culo sobre el pubis de esa mujer que lo domina) han visto.

    -¡No es verdad! Yo no…

   -Se llama Clementina Salvatierra, o Tinita, como le dicen algunos…

   -Esto lo vas a pagar, Carolina Fuentes. No te perdonaré esta broma tan cruel. –casi ladra, pálida y jadeante.- No sabes cuánto sufrí cuando…

   -Evítame el tango, Renata. Recuerda que te conozco. Ella está aquí y viene por lo que le pertenece. Y, créeme, es una perra. Como te aprecio tanto… -y nada podía sonar más falso, reconoce con una sonrisa la mujer mientras mete una manita bajo el suéter de Wilson, sentado aún sobre sus piernas, acariciándolo.- …te quise advertir. Chao. –y cuelga sin dejar hablar a la otra.

   Renata, en su camerino, queda mal. ¡Su hija, viva! ¡Imposible! Cuando la perta se abre a sus espaldas, se vuelve dispuesta a mandar a quien entrara al coño de su madre, pero resulta ser Calixto, su marido, un carajo joven y bien plantado, que la adoraba.

   -¿Terminaste por hoy? Quiero llevarte a comer y… -sonreía él, hasta mirarla bien.- ¿Te pasa algo, Renata?

   -No… nada, mi amor. Sí, llévame de aquí. Por hoy estoy acabada… -casi jadea, con una sonrisa tensa. ¿Su hija perdida?, y un carajo. Qué tramaba la puta esa?

……

   -Ve a buscarme los documentos esos. –le dice Carolina a Wilson, casi lamentando cuando el enorme carajo se pone de pie, quitándose de sus piernas.

   Todavía le alcanza el tiempo para darle una nalgada al hombre, quien contiene la respiración (¡cómo lo humillaba!), alejándose… intentando que su leve erección (ese trato lo calentaba, quisiera o no) no se note. Carolina, sin reparar en él, sonríe satisfecha. Pronto acabaría con Renata, y más importante, los negocios de la otra pasarían a sus manos. Eso casi le provoca un orgasmo.

……

   El grueso y amoratado güevo está casi todo cubierto por el sedoso culo que lo traga, la roja cabezota del otro tolete, también grande, sigue frotándose de los labios de aquella vagina hasta que comienza a entrar también, centímetro a centímetro. Y Mijares siente como Tinita, sentada sobre él, se tensa toda, como su cuerpo se arquea cuando el falo la penetra al fin. Tenía ahora un güevo por el culo y otro en la cuca, y la menuda jovencita estaba en la gloria, sudorosa, bañada en saliva, jadeante. Chilla como gatita una y otra vez hasta que los dos toletes están bien metidos, llenándola de placer.

   Ahora esos güevos se agitan. El ayudante de Mijares lo saca y mete, lentamente, cogiéndola y ella se estremece y bambolea un poco, subiendo y bajando un poco sobre el güevo de Mijares, quien aferrándose al respaldo del mueble, mostrando gran vigor físico, comienza a subir y bajar sus caderas sobre el sofá, cogiéndola también. Ella grita cuando esos güevos van y vienen, dándole duro, hondo. Esos palos tiesos, gruesos y ardientes se le meten hondo y ella siente deseos de más, agitándose entre ellos, frotándose de uno y otro mientras recibe sus güevos descompasadamente.

   Se oyen sus gemidos, de gusto agónico, cuando el güevo de Mijares se ve hasta la mitad, antes de que caiga nuevamente sobre él, y cuando el tolete del más joven salía casi hasta la roja cabeza para enterrársele con fuerza. Y el joven se le va encima, duro, pesado, metiéndosela hasta las bolas que le chocan de las piernas, casi sobre Mijares. Y, sin nada erótico en mente como no fuera exprimir a la putica, los brazos del oso rodean al joven, halándolo, y Tinita grita entre dos los cuerpos que la queman. Ahora, meciendo sus caderas de adelante atrás, Mijares la batuquea toda y la coge más, y llega el momento que cuando su tranca se mete casi hasta los pelos, la del ayudante también entra; ahora cogen a Tinita al unísono los dos güevos ardientes y babeantes se le meten, cepillándole la pepa del culo y la de la cuca. Son güevos adentro y afuera, y cada cogida le daba más gusto, pero también mayor desesperación. Quería eso, güevo, que le dieran duro.

   Se ve hermosa, transpirada, gimiendo como la reina de las putas, con sus ojitos cerrados y su boquita roja abierta. Y el ayudante de Mijares la mira con deseos de besarla mientras se medio separa un poco, atrapándole los pezones erectos, apretándoselos un poco, logrando que la chica de un saltito sobre sus güevos (sin que lo suelte todavía Mijares, la tenían aprisionada); pero no lo hace, porque en esa boca estuvo el güevo de otro carajo… y todavía ni se la enjuagaba.

   Tinita no piensa, no quiere evocar a su viejo padre diciéndole que se porte bien, ni a sus tías rezando el rosario en el patio en las tardes, ni la misa de los domingos, o la velita encendida a su madre cada noche… porque esos güevos calientes la tienen loca. Mientras tenga uno cepillándole el culo como ahora, y otra la cuca, estaba bien, reconoce toda avergonzada pero gozando. Los dos toletes salen un poco y se clavan con fuerza, y chilla abrazándose del más joven, desfallecida. Sentir los dos güevos moviéndose, frotándose, luchando dentro de ella, la hacían casi correrse de puro gusto.

   -Ohhh, Dios mío, sí…. –grita cuando la velocidad aumenta.- Qué rico… -y con ojos nublados mira al joven, casi besándolo.- ¿Lo notas? ¿Notas ese tolete enorme frotándose del tuyo? Ahhh… -grita cuando se clavan hondo, se quedan allí y los dos hombres la medio maraquean para que se mueva sin sacárselos.

   Pero no, el joven no quiere pensar en el güevo de su jefe metido allí, al lado del suyo. Ni le interesa. Es esa cuquita mojada, caliente, que chupa voraz, la que lo tiene trastornado. Qué suerte habían tenido pillando a una putica como esa, se dice con gusto… cuando lo siente. Se tensa todo, grita un “ahhh… tómala toda, maldita perra” y se la clava más, llenándole esa cuca de leche, de una leche que hierve y quema. Una que la hace gritar de gusto, esa vaina moviéndosele adentro la enloquece, casi tanto como…

   “Tómala, zorrita”, le gruñe Mijares atrás, pegándose a su espalda, mordiéndole un hombro, temblando todo mientras su güevo vomita y vomita semen dentro del sedoso y estrecho culo. Y ella… ella grita y se revuelve, casi desmayándose cuando el más poderoso, intenso y pleno orgasmo la recorre de pies a cabeza. Sólo puede gritar y grita, putona, con esos güevos todavía babeantes dentro de ella.

   Pero ya pasó. Los carajo rientes, se felicitan, chocan manos y se ponen de pie. Comenta sobre lo rica que estaba la putica, mientras se toman una cerveza, sin ocultar sus güevos babeantes. Tinita está horriblemente avergonzada, con ganas de llorar. Dios mío, pero qué puta fue. Sin levantar la vista, deseando llorar de pesadumbre, se viste. Cuando alza la mirada los encuentra allí.

   -Espéranos un poco, nena. Vamos de una vez a revisar la mierda de tubería en la casa de tu patrona. –anuncia Mijares, y la chica, aún compungida, esboza una sonrisa.

   -Gracias, señor Mijares.

   -Siempre a tus órdenes, nena…

……

   Carolina Fuentes (de Marotta), sentada aún al sofá, revisa unas carpetas. Satisfecha. La puerta se abre y un compungido Wilson la mira. Ella lo intuye, con un frío escalofrío.

   -¿Qué ocurre, Wilson? ¿Y los papeles que te mandé a buscar?

   -¡No lo encontré! No estaban en mi oficina y no sé dónde…

   -¿Qué? –ella se pone de pies de un salto. Esa era una terrible noticia. Esos papeles eran un acta de nacimiento y de bautismo, los de Clementina Salvatierra, alias la Tinita. Ella necesitaba esos papeles para…- ¿Cómo que desaparecieron? Te dije que los guardaras bien.

  -¡Abrieron mi gaveta! –exclama afligido. Eso jamás había ocurrido. Ella lo mira boquiabierta.

   -¿Una gaveta en tu oficina? ¿Te digo que es algo importante y lo guardas en la gaveta central de tu oficina donde guardas tus revistas de mujeres sucias? –brama, y a cada palabra se le acerca. Y a cada palabra, él se encoge a pesar de lo alto, fornido y musculoso que es… ¿y cómo sabía ella de sus revistas?

   Pero ya no puede pensar en nada más. A su lado Carolina lo llama inútil imbécil, y le da dos bofetones, que lo desconciertan y marean. Otro se habría arrechado e ido encima de la mujer con violencia, pero él está condicionado, su mente queda en blanco y sólo atina a levantar las manos y pedirle que se calmara.

   -¡Ahhh…! -chilla de sorpresa cuando ella lo atrapa por una oreja.

   -Ya estoy cansada de tus estupideces. –le grita, halándolo.

   Ella cae sentada en el sofá, y con manos frenéticas, ¡siente tanta rabia!, le abre los botones del pantalón sin correa, y se lo baja hasta los tobillos. Fue difícil que bajara por esos muslos musculosos, como ella le ordenaba estar siempre con rutinas de ejercicios. Y allí queda Wilson, el asistente de Carolina, con su franela corta, los pantalones en los tobillos y una extraña prenda íntima. Es una tanga atigrada, rojiza de lunares oscuros. Muy chica. Casi putona. Su bojote abulta bastante, pero eso no le interesa a ella ahora. Con un “ven acá”, lo hala por un brazo, y Wilson, con la mente en blanco, cae de panza sobre sus piernas.

   -Eres un completo y perfecto imbécil. -brama ella alzando una mano abierta y azotándole una nalga. Suena seca, dura. Y el tipo se estremece, pero calla.

   Y mientras lo llama inútil, estúpido, bueno para nada, sólo pura facha, le da nalgadas. Fuertes. Su manita es pesada como saben sus hijos, y también Wilson. La mano sube y baja, azotando las duras nalgas que se contraen y se agitan. El hombre parece alarmado, y jadea ahora. Nalgada tras nalgada siente el picor, el ardor. Le duele y…

   -No, por favor, Carolina, no más… -le suplica, y ella sonríe al fin, nalgueándolo más duro y rápido, de una nalga a la otra.

   Y Wilson gime sin vergüenza, como un muchachito, que no le peque más, que lo perdone. Suplica de por favor una y otra vez que no. Pero ella lo azota más, con gusto, gozando su peso, su calor, sus estremecimientos en sus piernas. El hombre intenta meter una mano pero ella le atrape el brazo, casi doblándolo sobre su espalda, mientras con la otra mano baja un poco la prendita putona (que ella lo obliga a usar) casi toda metida ya entre sus nalgas para ese momento. Las nalgas, sin un pelito, rojizas, están más rojas allí donde la fina mano golpea una y otra vez.

   Ella lo llama niño estúpido y malo, que merece un castigo, mientras su mano recorre esas nalgas calientes, viciosa. Se sentía tan bien, coño, piensa mientras lo azota, lo insulta, lo soba. Era placentero el poder sobre ese hombre al que domó, a quien le quitó las espuelas convirtiéndolo en su juguete. Ahora lo oye gemir más, suplicándole con cierto llanto que pare, que no siga, que le duele, que por favor lo perdone. Pero él había fallado, y feo, por su culpa podía perderlo todo. Y eso la empuja a azotarlo más y más, llamándolo niño irresponsable, que tenía que enseñarle, que tenía que aprender.

   Era extraño ver a esa mujer elegante, arreglada, de traje y falda, con ese carajote en sus piernas, con los pantalones en los tobillos y las nalgas expuestas, mientras ella lo azota una y otra vez y él solloza ya, sin disimulos, ocultando el rostro en el sofá, pidiéndole que se pare, que lo perdone, que no vuelve a hacer…

   Cualquiera se abría sorprendido, como lo hizo uno de los muchachos de los recados dentro de la compañía, quien los miraba con franco asombro. Vaya con la señora… se dice el joven, excitado, sabiendo que ahora la tenía en sus manos.

   Qué vaina, ¿cuándo aprenderá la gente que para sus vagabunderías hay que cerrar bien las puertas? ¿Qué pretende con Carolina el mirón? ¿Quién tomó los papeles del lloroso e indefenso Wilson? ¿Le aplicará ella alguna cremita después? Y Tinita, avergonzada por lo que hizo, ¿dejara de joder o se volverá más puta?

CONTINUARÁ…

Julio César.

TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL… (3)

julio 4, 2009

WOMEN HOT

   Estaba caliente y lo quería todo… por todos lados.

……

   Dudando sólo un segundo, con el corazón agitado, Wilson abre la puerta y compone una sonrisa. Ella está allí, quieta, con los ojos cerrados. Cuando exclama un “buenos días”, ella lo mira con desdén. ¡Paff! La bofetada es sonora, fuerte. El atractivo rostro masculino casi se ladea, él parpadea. El cachete le hormiguea.

   -¿Por qué…? –pregunta, inconcientemente ¡Paff! Y calla. La primera fue sorpresiva, no sabe por qué fue. La segunda sí lo sabe. Por preguntar. Un perro no puede replicarle o exigirle explicaciones a su ama. Y lo había olvidado.

   Nadie podía entender qué había pasado, ¿por qué Wilson no era un exitoso abogado de carrera? Porque ella lo controló. Lo otro era peor, de machote en celo, de hombre predador había terminado sometido a esa mujer fría, quien ni le responde mientras va su escritorio, sentándose, mirándolo fijamente, abriendo sus piernas, mostrando una conservadora pantaleta negra. Se observan, él resentido por la cachetada, por todo. Ella con leve burla.

   Wilson la odia. Esa mujer lo había destruido, a veces quisiera… pero ya cae sobre manos y rodillas, enrojeciendo todo, viéndose más atractivo, reconoce Carolina con orgullo, era un perro de raza. Su perro. Y así, sometido, Wilson se acerca a la mujer, olfateando en sus piernas, caliente ya, con una dolorosa erección bajo su jeans, y mete el hocico, es decir la cara, en ese entrepiernas, olfateando a la mujer, pegando s nariz de la pantaleta, temblando de lujuria…

   -Perrito bonito… -la oye, fría, mientras una manita le acaricia tras una oreja. Y Wilson ya no piensa, frota su boca de esa pantaleta y lengüetea como perro jadeante…

   Y como pasa cuando alguien goza, alguien más se acerca. Alguien más mira y se sorprende. Y en este caso era alguien de la familia, que se detiene ante el espectáculo con un:

   -Pero ¿qué coño…?

   El muchacho quedó sorprendido ante lo que miraba. Jamás imaginó, al entrar buscándola, que se toparía con aquello… con la dulce, (su dulce) Tinita desnuda, a excepción de sus tacones y medias (con la pantaletica hecha un hobillo sobre el piso), dándole la espalda al enorme y velludo señor Mijares, sentada sobre su güevo. Cayendo una y otra vez, entre gemidos y estremecimientos de gusto (sabe que sí, que la putica de Tinita está gozando) mientras sus nalgas van y vienen, metiéndose la enorme tranca en su vagina caliente y mojada, con rapidez, ya incapaz de controlar toda su lujuria de pepa caliente. Los rojos labios se abren y cierran cuando van y vienen sobre el cilindro de carne dura, que desaparece casi toda, tragada por la ávida muchachita.

   ¡Qué puta!, pensó, sintiéndose fascinado (y molesto) mientras sale como entró, sin ser escuchado. Ah, ¡pero ya vería esa perrita!, se jura al marcharse. ¿Y Tinita? Ni cuenta se dio, arqueándose y retorciéndose como estaba sobre esa verga dura que la llenaba de tanto gusto.

 

   -Ahhh… ahhh… -gritaba escandalosa, mientras las manotas de Mijares le apretaban las redondas y duras tetas, frotándolas, amasándola, atrapándole los pezones y torciéndolos un poco, llevándola al límite del clímax.

   Es cuando el joven ayudante, riendo como una rata, se sube al mueble y su güevote queda viendo hacia la chica, y atrapándole la nuca, la guía casi sin necesidad. Ella desea saborearla, comerse esa verga dura, ya sabía cómo palpitaban sobre su lengua y le gustó. Y con otro gemidito de puta golosa va tragándola. Sus adorables labios rojos van atrapándola, entornando los ojos, antes de que el muchacho comience a cogerle la boca, metiéndole el güevo hasta la campañilla, ahogándola.

   -Carajo, cómo le gustan los güevos a esta putica. –comenta el muchacho, acariciándole el bonito rostro, todo enrojecido y levemente transpirado, mientras le meten güevo, duro y a fondo, por esa boca y esa cuca al tiempo que le amasan las tetas.

   -Hay que darle el tratamiento total. –gruñe Mijares, sonriendo ya con sádico placer, tomando a la chica de la cintura y alzándola, sacándole el güevo de la vagina. Por un segundo la joven, con el tolete del muchacho hasta los pelos dentro de la boca, intenta mirarlo intrigada.- No te angusties, nena, estarás bien servida.

   Obliga a la chica a subir uno de sus entalonados pies al mueble, y mientras con una mano se aferra el güevo, con el otro, después de ensalivárselo, lubrica la entradita del culo de la muchacha. Esta lo nota y pela los ojos, viéndose graciosita con ese tolete clavado en una de sus mejillas, abultándole. Eso dolerá, piensa mientra intenta presentar resistencia. Pero es poco lo que puede hacer. El joven, sonriente, le atrapa nuevamente la nuca, inmovilizándola contra su tolete, mientras la amoratada cabezota del güevo de Mejias se frota de la sedosa, suave, cerrada y lampiña entradita de ese culo virgen. La frota y forza; ella gime contenida (tiene una verga en la boca) cuando la cabecita se forza y entra. Con un bramido de gusto, y sadismo, Mijares la suelta. Y Tinita, con todo su peso, cae sentada de culo sobre el güevo, clavándoselo. Logra gritar porque el joven, prudentemente, le sacó su tranca de la boca (mierda, no fuera a morder).

   -Calma, nena. –la sisea Mijares, sobándola toda, pellizcándole nuevamente los pezones, mientras ese culo arde, se dilata y contrae sobre el grueso falo, adaptándose.

   Sin moverla mucho, Mijares empuja arriba y abajo, y ella gime, eso era… extraño. Ahora el carajo la obliga a subir y bajar un poco más, enculándola, metiéndole el grueso falo por su estrecho y sedoso culo que lo chupa duro, dándole gran placer. La pelvis de Mijares parece una batidora, arriba abajo, de derecha a izquierda, enculándola, moviéndola dentro de la chica, mientras sus dedos gruesos van a su vagina, entrando, frotándola, masturbándola. Y Tinita grita de gusto nuevamente, y nuevamente sube y baja su golosa boca sobre el güevo del muchacho que sonríe.

   -Ahora nena, gózalo… -le gruñe, sacándoselo de la boca, dejándola bañada de sudor, saliva y jugos de güevo.

   Baja al piso, abre sus piernas para abarcar las de Mejias, pero no tanto para quedar entre las de tinita, quien lo mira mareada con tantas sensaciones nuevas, y tantos güevos. El joven le guiña un ojo, tomando su güevo, y mientras la joven está totalmente empalada del tolete de Mejias, sentadita, lo enfila hacia la ardiente vagina. La chica no lo puede creer: ¡iban a cogérsela entre los dos! Pero ya no piensa, sabe que tiene esa batalla perdida cuando su cuca se ensopa todavía más, de placer, de anticipación. La roja cabeza del tolete del muchacho, suave y caliente como el infierno, se frota de sus labios gordezuelos, acariciándola, para entrar nuevamente, medio centímetro, frotándola de arriba abajo, sin terminar de entrarle. Y ella se angustia.

   -¡Cógeme de una vez! –le grita, casi llorosa, sintiéndose mal de ser tan puta, totalmente bañada en sudor, sin querer imaginar lo que pensarían sus tías si la supieran en esas vainas de mujeres mal criadas. Pero ya no pensaba.- ¡Cógeme, por favor; entiérrame tu güevo!

……

   Renata Tovar, la grandiosa Renata Tovar, primera actriz de radio, cine y televisión, vistiendo un escotado negligé (exigido por el maricón del director), piensa que esa novela ya no tenia salvación. Era, pura y simplemente, una grañidísima mierda. Con esa batola que (eso sí) deja notar su hermoso cuerpo, la mujer encarna a una vampiriza, una madre manipuladora y calculadora (aparentemente los directores idiotas no creían que diera ya el tipo de galana joven), quien se dispone a seducir al novio formal de su hija para demostrar que era un canalla. Caramba, ¿no podían pensar en una imbecilidad más grande?, se pregunta mientras espera que se inicie el rodaje. Ni que las mujeres fueran tan ingenuas o tontas; siempre moviéndose, y preocupándose, únicamente de la cama.

   Alguien grita “acción” y ella con una pose de Alexis Carrington en Dinastía, espera a que termine el sonido de una ducha, pronto sale del “baño” del dormitorio un joven bien parecido. Es uno de esos mariconcitos (piensa) que el director siempre buscaba porque lucían bien y mientras lo miraban (como ahora que había más de un par de ojos fijos en sus tetillas) el público olvidaba que no actuaba sino que leía, un puro cuerpo y nada de sesos que no conoce la “o” ni por lo redonda. Pero sí, se dice con algo de ironía, se veía bien. Era un carajo de cabello castaño algo largo, húmedo, de buen cuerpo, lampiño como dictaba la moda, con una toalla alrededor de la cintura. Sonriendo para sus adentros, Renata se pregunta sí estaría desnudo. Claro que no, aún no llegaban a eso para subir los ratings… ¡aunque faltaba tan poco!

   El tipo, como recitando un poema (qué mal, Dios), pregunta qué hace en su cuarto. Ella, abriéndose la bata, dejando que él (y la cámara) la recorra con la mirada, dice que tienen un asunto que terminar. Y el jovencito pone cara seductora (o de dolor de barriga) y camina hacía ella, dejando caer la toalla. Usa un calzón blanco, tipo bikini, que se le ve bien, admite ella, pensando de paso que el maricón del director, se pasaba. Esa prendita, fuera de pequeña, dejaba poco a la imaginación, incluso el buen tamaño de la herramienta detrás. Y sigue lo que dice el libreto, el tipo cae sobre ella, obligándola a desplomarse sobre la cama, y la besa (torpemente, con labios algo ensalivados) y ella responde a la ‘caricia’…

   Y sí, responde demasiado. Al carajo se le para el tolete, duro y caliente, contra su vientre. Eso casi la divierte, se sabe hermosa, de buen cuerpo y curvas, y olía rico (por qué ser modesta); y aunque esa respuesta del joven macho le divierte e inquieta un poco (sentir la barra caliente contra su cuerpo le agrada a un nivel básico), lo corta, medio empujándolo de lado.

   -Por Dios, denle una ducha a este muchacho. –informa sentándose, provocando risitas, incluso las del chico, quien nada perdía excitándose junto a hermosa (y famosa) Renata Tovar.- Estaré en mi camerino mientras se le pasa lo tieso.

   -¡Renata! –chilla el marica… es decir, el director, piensa ella.

   -Ay, Gregory, no voy a tenerlo montado sobre mí caliente como está. Ayúdalo con la boca a que se le baje. –le susurra bajito y sale, enfundándose en su bata, nuevamente seguida de risitas.

   -Lo siento. –le gime el joven, medio recostado de lado para ocultar la erección. El hombre, mirándosela, se sienta a su lado.

   -Calma, no todo… -y monta una mano en la cadera del otro, la cual es prontamente alejada de un manotazo.

   -Oye, sin tocar… hasta que me den el papel, ¿okay? –le susurra duro, esperando no tener que pagar nunca. Y esperaba, en verdad, que Renata se pusiera más amistosa en el futuro. Sonriendo, seguro de sí, sabe que no le resultó tan desagradable.

……

   Renata entra a su bonito aunque algo chico camerino. Mira la hora y bota aire. Tenía una cita esa tarde con un médico que no le agradaba para nada. Se sirve una pequeña copa de vino. Y el teléfono suena. Tomando aire lo toma. Después del falso y alegre “aló”, finge sorpresa ante su interlocutora.

   -¡Carolina, chica, cuanto me alegra oír tu voz!

   -¿De veras? Debiste llamarme anoche. –puntualiza, tan falsa y jovial como Renata, Carolina Fuentes (de Marotta, a veces se le olvidaba)… sonriendo complacida, sentada en el bonito sofá de su oficina… con Wilson, su enorme y atractivo asistente, sentado en sus piernas, en una clara y mórbida inversión de roles.

   -Lo olvidé, querida. ¡Estoy tan ocupada…! Pero, ¿qué deseabas? –y espera algún pedido extraño, tan vez un favor, una presentación en alguna barra legal o cualquier otra idiotez de aquella mujer de las relaciones publicas del canal, entre otras cosas.

   -Encontré a tu hija perdida. –lo dice como sí tal.

   Y todo alrededor de Renata da vueltas, violentamente; siente que el corazón se le detiene en el pecho (casi siente deseos de darse unos golpecitos), y el mundo pierde definición.

   -¿Qué? ¿De qué…? ¡Maldita perra, ¿a qué juegas?! Mi hija… -brama, perdido todo buen humor, fingido o no; ahora era una loba.

   -Tu hija está viva, Renata. No la asesinaron como lo ordenaste. Y yo sé dónde está. Creo que vino a cobrarte. –sentencia risueña, cruel, con una cara que muy pocos (Wilson es uno de los pocos, y que la mira asustado en ese momento, con su culo sobre el pubis de esa mujer que lo domina) han visto.

    -¡No es verdad! Yo no…

   -Se llama Clementina Salvatierra, o Tinita, como le dicen algunos…

   Vaya, ¿nuestra Tinita resulta ser la hija perdida de una celebridad? ¿Y qué es eso de que la tal Renata intentó matarla? Por otro lado, ¿quién miraba a Tinita mientras se la follaban? ¿Cabrán esos dos güevos en los orificios de la nena? ¿Se volverá loca por ellos? ¿Toda mujer ha experimentado algo así? ¿Todo carajo, y su mejor amigo, lo han clavado así también? Preguntas… tan sólo hay preguntas…

CONTINUARÁ…

Julio César.

TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL… (2)

junio 28, 2009

WOMEN HOT

   Caliente ya no pensaba… sino en que le dieran. Y duro.

……

   -Por favor, no… -gime ella mareada, cuando él deja su boca; quiere detenerlo, una chica decente no hacía esas cosas, pero sin darse cuenta sus caderas iban y venían un poco, buscando los dedos que se le metían.

   -No temas, te voy a dar güevo hasta por las orejas. –finge no entenderla.- Dime putica, ¿ya te has gozado dos güevos a un tiempo, uno por la cuquita caliente y otro por tu culito estrecho?

   -¡¿Qué?! –la impacta.

   -Porque estás a punto de vivirlo, mami rica. Dos güevotes para ti… -le informa sonriente, casi sádico, señalando más allá con un gesto.

   Desconcertada, y algo asustada, ella vuelve la cabeza y encuentra a otro carajo. Allí estaba el joven ayudante del señor Mijares, casi tan alto y fuerte, sonriendo, con un güevo enorme fuera de su bragueta, rojizo de ganas, botando agua ya…

   -Ay, pero qué putica más linda eres… Te vamos a dar güevos de los buenos. –dice el otro, riente como una comadreja, acercándosele también.

   -¡Nooo! –gime ella.- ¡Nooo! –repite intentando librarse, pero un brazo de Mijares la retiene por la espalda, sin que sus dedos abandonen del todo su lugar dentro de la pequeña pantaleta, quemándose con la suave vagina, y quemándola a ella también.

   Pero es inútil toda resistencia. Mientras gime al ser besada nuevamente por aquella boca ruda que la raspa con la barba, Mijares se le frota del vientre, descubriendo que en algún momento mientras ella vigilaba al joven ayudante, el otro había sacado también su güevo realmente titánico, amoratado, tieso y lleno de venas. Ese palo le quemaba la barriga, mientras el hombre continuaba manoseándole la cuchara, frotando adentro y fuera con sus dedos. Fue cuando sintió el choque del cuerpo del otro a sus espaldas, y se le pegó también, caliente y duro, con su tranca golpeándola, bajando una manota y metiéndola también dentro de la pantaletica, manoseándole duro una nalga.

   -Epa, aparta tu güevo babeante de mí. –le gruñe Mijares al socio, retirando su brazo, y ahora los dos empujan hacia delante, dejando a tinita en medio de un sánduche de carne.

   Es una locura, ella quiere gritar y correr, pero esos dos carajos la retienen, ambos con sus manos dentro de su pantaleta, los dedos de Mijares metiéndose dentro de la vagina, hondo, lento, masturbándola, mientras los dedos del otro recorren su tibia y lisita raja interglútea, frotando uno de la entrada de su culito, presagiando que pronto entraría también. Esos dedos, esos frotes…

   -Ahhh… -gimió ella, loca, revolviéndose contra ellos. Ya no piensa.

   Mijares le sonríe al socio quien asiente. El de más edad baja el rostro y le muerde suave un duro pezón, haciéndola gritar otra vez, mientras sus dos dedos siguen trabajándole el clítoris. Ahora un dedo del socio intenta metérsele dentro del culo, abriéndola. La chica se tiene que sostener de los hombros de Mijares, débil, mientras la cuca le arde terriblemente. Quiere que… le hagan de todo, y separa más sus piernas.

   -Mírate, qué puta… -susurra casi en su oreja, el socio de Mijares, quien logra bajar un poco su cuerpo y su verga, dura y ardiente, se frota de las tersas nalgas sobre la pantaletica, haciéndola estremecerse.

   No pasa mucho tiempo antes de que Tinita, con sus moñitos, su pantaletica y tacones, esté semi arrodilladas sobre un sucio sofá verde (no se sabe si de moho), mientras su boquita roja sube y baja, con esfuerzo pero golosa, sobre el güevote de Mijares, quien está sin pantalones, únicamente llevando una camiseta que dejaba casi todo su torso al aire. Esa boquita baja lamiendo, apretando, chupando, y sube, entre gemidos tragándose cada gota de licor allí, succionándola más. Mujica jadea, cerrando los ojos comodote; ¡esa boca comiéndolo y majándolo era tan rica! Sus caderas suben levemente, arriba y abajo, cogiéndole la boca, mientras con una mano la retiene del cabello, guiándola rudamente en la mamada.

   Tras ella, chinito en pelotas, con ese güevo bamboleándose en el aire, el joven socio del otro, arrodillado, separando la suave pantaletica roja con un dedo, bucea dentro de esa cuca caliente, saboreándola, metiéndole hondo la lengua, chapándola, azotándole el clítoris provocándole gemidos y temblores a la chica. Esa boca se cierra sobre la vagina y la chupa, antes de meter nuevamente la lengua húmeda y calida. El joven cierra los ojos, qué rico era mamarse una cuca caliente así; su nariz pega de la raja que va al culo y le encanta.

   -Así, putica, mámate tu güevo, ¿te encanta mamar, verdad? Eres una puta muy caliente y esto te encanta… -le gruñe Mijares, mirándola a los ojos. Se ve jovencita, enrojecida, con la boquita muy abierta como una ‘o’ mientras sube y baja, como una becerrita, sobre el enorme tolete del macho.

   Sonriendo algo cruel, el joven asistente atrapa el clítoris con sus labios y comienza a masajearlo, rápido, rudo, y ella se arquea, se tensa y grita. Mujica sonríe, sabe que lo que el chico hace enloquece a toda hembra saludable y sana, despertándole todas las ganas de tirar. No le sorprende ver a Tinita soltar su güevo rojo y grueso, que cae sobre su panza, bañado en saliva, mientras mira al ayudante.

   -Por favor… por favor… -no sabe qué decir.

   -Por favor, ¿qué? –pregunta el más joven, dejando de mamarle la cuca, pero metiéndole un dedo ahora.- Dilo, puta, y tal vez te lo demos.

   -Métemela. Cógeme. Méteme tu güevo. -gritó, avergonzada, enrojecida de furor.- Ya no aguanto más…

   Y era cierto, piensa el muchacho al ponerse de pie, golpeándole una nalga a la muchacha con su barra de carne dura. Esa cuca estaba echa una sopa, esa nena ya no enguantaba más y necesitaba de un macho que la satisficiera. Sonriendo, todavía cruel, aferra su güevote y frota la roja, lisa y ardiente cabeza de los labios de la vagina, descubierta de la pantaleta todavía por un dedo del muchacho (aparentemente coger a una tipa que usaba aún su tanga, le encantaba). El glande penetra medio centímetro, se frota de arriba abajo y sale. Ella gime contenida, sus nalgas van hacia atrás, buscándolo. ¡Quiere un güevo ya!

   -Métemela, por favor… -le suplica casi llorosa.- Cógeme que… Ahhh, sí…

   Grita la fémina cuando el tolete va enterrándosele en la ardiente cuca, poco a poco. Él también bota aire, ese cuca le atrapa y hala cada pedacito que entra, hasta que la mete toda, a fondo, estremeciéndola (era una verga grande, pero ella la domina). Su cuca titila, se dilata y contrae, mamándosela, mojándosela. Y el joven siente que se muere. Dios, qué rico era coger…

   Y el trío, entre arremetidas, jadeos y gruñidos, continúan en medio del feo y desordenador taller de reparaciones, oscuro y polvoriento, donde sobre el viejo sofá verde, un carajote cuarentón, musculoso y vistiendo únicamente una camiseta, está sentado y abiertote mientras una frágil y delgada chica de tetas grandes y nalgas redondas, sube y baja golosa su boca sobre su tranca rojiza y llena de venas, mientras otro carajo, más joven pero igual de grande, totalmente desnudo, saca y mete su güevo mojado, de los jugos de la mujer, de su vagina, golpeándola con su pubis mientras la coge con fuerza y rudeza, apartándole la tirita de la pantaleta con un dedo. Y a cada cogida ella gemía más y más. Es un cuadro hermoso.

……

   Carolina Fuentes (de Marotta), llegó a la torre Trece mal encarada. Hermosa, fría, silenciosa… pero furiosa. Por su vida, los retos dentro del bufete del cual era la socia más reciente, y joven, así como con su familia. Y con la putica, claro. Sí no fuera porque la necesitaba para ajustarle cuentas a otra puta, la echaba a la calle. Llegando al piso quince, mientras va por el iluminado, claro y alfombrado pasillo, oye risitas y cuchicheos en la recepción que daba a los despachos. No necesita llegar para sabe que Wilson estaba allí. Oprime sus labios tan sólo un poco más. Las auxiliares, practicantes, secretarias, mecanógrafas y abogaditas nuevas (así como uno que otro muchacho de pinta extraña), parecían fascinadas con el hombre. Este las atraía como… la mierda a las moscas. Oye su risa profunda, bien modelada, una voz realmente atractiva, piensa ella con desprecio.

   -Buenos días. –anuncia, fría, aséptica en su traje de falda y blusa y su sobretodo algo largo que le daba un aire de villana gótica. No se detiene, sigue a su oficina.

   Sí, allí estaba él rodeado de tres féminas jóvenes que lo miraban bobas, y uno de los chicos de recados, quien no podía apartar sus ojos de la bragueta del hombre. En el orden natural de las cosas, a Carolina no le sorprende esa reacción de todos. Wilson era apuesto, y ahora era francamente atractivo. Obscenamente atractivo. Era Wilson un hijo de italianos, de más de un metro ochenta, sólido, musculoso, de tórax ancho y brazos y piernas fuertes. Su cabello era claroso, levantado algo en puntas, su rostro delgado mostraba una frente con pequeñas marcas que lo hacían verse varonil, sus ojos grises eran un imán, como su nariz y sus labios algo… brillantes y llenos. El que esos labios estuvieran rodeados de una insinuación de bigotillo que también aparecía en la barbilla como una barba que ni candado era, lo hacía verse como amanecido, desaseado. Sensual. Su vestimenta no era la de un carajo que trabajaba en un bufete de abogados, usaba una franela de buena tela, cara, pero corta que apenas llegaba al borde de un pantalón jeans, también caro y de marca, que llevaba sin cinturón. Y ese pantalón era ajustado, mucho. Sus muslos resaltaban demasiado, su trasero, que más de una (y uno que otro) imaginaban firme y duro, tragaba un poco de tela. Y por delante estaba el bulto, que destacaba, que resaltaba contra la tela. Las botas negras, de buen cuero, completaba ese atuendo extraño. Era, en conclusión, una pieza que las mujeres gustaban de ver, y fantaseaban con él.

   Muchas personas se extrañaban que ese carajo trabajara allí, con esas pintas. Más su trabajo. Era un carajo joven, no llegaba a los treinta, de mente lúcida y rápida en los tribunales, manipulador, muñidor de oficio. Con esa pinta, labia y falta de escrúpulos todos imaginaban que se convertiría en el socio estrella, el niño mimado de la firma… pero había terminado como el asistente de Carolina Fuentes (de Marotta). Y ese porte, esa pinta, ese atuendo, ese aire de animal sexual, era hechura de la mujer. Ella lo había convertido en… eso. Al verla entrar molesta, el hombre ensereció un poco, guiñó un ojo a todos como diciendo “la fiera llegó brava, voy a calmarla”, y fue a la oficina. En su espalda y trasero caían todas las miradas, y casi pareció oírse un suspiro.

   Dudando sólo un segundo, con el corazón agitado, Wilson abre la puerta y compone una sonrisa. Ella está allí, quieta, con los ojos cerrados. Cuando exclama un “buenos días”, ella lo mira con desdén. ¡Paff! La bofetada es sonora, fuerte. El atractivo rostro masculino casi se ladea, él parpadea. El cachete le hormiguea.

   -¿Por qué…? –pregunta, inconcientemente ¡Paff! Y calla. La primera fue sorpresiva, no sabe por qué fue. La segunda sí lo sabe. Por preguntar. Un perro no puede replicarle o exigirle explicaciones a su ama. Y lo había olvidado.

   Nadie podía entender qué había pasado, ¿por qué Wilson no era un exitoso abogado de carrera? Porque ella lo controló. Lo otro era peor, de machote en celo, de hombre predador había terminado sometido a esa mujer fría, quien ni le responde mientras va su escritorio, sentándose, mirándolo fijamente, abriendo sus piernas, mostrando una conservadora pantaleta negra. Se observan, él resentido por la cachetada, por todo. Ella con leve burla.

   Wilson la odia. Esa mujer lo había destruido, a veces quisiera… pero ya cae sobre manos y rodillas, enrojeciendo todo, viéndose más atractivo, reconoce Carolina con orgullo, era un perro de raza. Su perro. Y así, sometido, Wilson se acerca a la mujer, olfateando en sus piernas, caliente ya, con una dolorosa erección bajo su jeans, y mete el hocico, es decir la cara, en ese entrepiernas, olfateando a la mujer, pegando s nariz de la pantaleta, temblando de lujuria…

   -Perrito bonito… -la oye, fría, mientras una manita le acaricia tras una oreja. Y Wilson ya no piensa, frota su boca de esa pantaleta y lengüetea como perro jadeante…

   Y como pasa cuando alguien goza, alguien más se acerca. Alguien más mira y se sorprende. Y en este caso era alguien de la familia, que se detiene ante el espectáculo con un:

   -Pero ¿qué coño…?

   ¿Quién llegó? ¿Qué consecuencias traerá esto? Pero más importante… ¿se cogerán a dúo a la inocente Tinita? Carolina, ¿se meará sobre ese hombre sometido? ¿Cómo lo hizo, cómo lo controló? Ah, todo se sabrá.

CONTINUARÁ…

Julio César.

TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL

junio 24, 2009

WOMEN HOT

   No era mala, pero tenía una pinta… Estas son historias de armas tomar.

……

   Tal vez su mal humor se debía al calor, piensa Carolina, nada convencida al respecto mientras toma asiento a la ancha mesa para seis, donde desayuna con una familia que ya comenzó sin ella. Debía ser el calor, se repite la atractiva mujer a quien su cumpleaños número cuarenta tenía de mal humor desde… hace dos años. Claro, el calor, hacía calor, de lo contrario la putica esa no andaría tan destapada, piensa oprimiendo sus labios rojos y bonitos en un gesto de desaprobación.

   Carolina Fuentes (de Marotta, a veces lo olvidaba), era una cuarentona alta y delgada, de buen cuerpo, de senos no muy grandes pero no chicos, sostenidos aún como gustaba de reconocer en el gimnasio delante de las ‘chicas’. Su cabello negro, largo, recogido siempre en un severo moñó, era llamativo, así como su frente despejada, pómulos pronunciados y ojos amarillentos, que a veces despedían luces indicativas de peligro. Como habría notado su familia que despedían ahora, sí no estuvieran tan pendientes de mirarle el culo a la putica. Sentados a la mesa se encuentran el marido, Mario, cuarentón también, de rostro indolente, bien parecido. Y dos hijos mocetones, pocos pacientes con ella, cada uno en su edad, su tiempo y su mundo. Marcelo de dieciséis, alto y de buena pinta, con trabajo sería fornido, y Vicente, de trece, menudo, también alto y muy flaco, de mirada astuta. Una mirada sabia, aunque ahora la tenía clavada, cómo no, en la putica.

   La putica (es decir, Clementina Salvatierra) era una voluntariosa, riente y alegre muchacha de dieciocho años, traída por Carolina de su tierra natal para que la ayudara en las tareas de la casa mientras encontraba qué hacer con su vida. A Carolina le disgustaba la joven no porque fuera una “vieja” mala sino porque… carajo, no era normal que una muchacha de esa edad tuviera ese tamaño menudo, de muñequita frágil, esas tetas grandes, redondas, paradas, que desafiaban los botones de una blusa de su talla, unas piernas torneadas de muslos bonitos, de cutis liso y suave, así como un trasero paradito, también redondo, que destacaba contra la suave tela del uniforme de sirvienta, algo que Carolina quiso obligarla a usar, aunque a Mario le pareció algo horrible. Se sentía como un explotador.

   Pero a Tinita (como le dicen todos de cariño, menos Carolina), no parecía molestarle. Y allí, mientras Carolina oye a Marcelo, distraído, decir que reprobó matemáticas, y a Vicente, perdido en las tetas de Tinita, que la van a llamar por una ventana que rompió en el liceo, le mujer siente que una vena late dolorosamente en su frente. No dice nada, pero hierve de rabia. Mira a Mario, pero este, fuera de miradas ocasionales, no detalla a la joven. Cosa que no engaña a su mujer.

   Y estaría en lo cierto, sentado entre su mujer y de su hijo Marcelo, Mario sonríe para sí, con una erección (como seguramente tenían los otros dos) sintiendo a Tinita ir de aquí para allá sirviendo vainas de un carrito, tibio su cuerpo a pesar de no rozar a nadie. Olorosa a talco y a… hembra, a mujer joven y saludable. Mario la imagina con su blusa rosadita, sus medias a medio mulso y sus tocones, sin nada más, mientras él le clavaba el güevo una y otra vez en la joven, ardiente y ávida cuca, teniéndola de espaldas sobre esa mesa. Imagina enterrándosela a fondo, gritando al serle atrapada la verga por esa vagina que lo hala y soba, dándole una buena apretada. La imagina gritando, de gozo, con su voz aniñada y dulce, mientras la coge y la coge, duro, haciendo estremecer la mesa, abriéndole de un golpe la blusa e inclinándose sobre ella, mordiéndole las tetas, de una a otra, sintiendo el pezón duro, las masas erectas. La coge mientras sus manos aferran sus nalgas, alzándola un poco, trayéndola y alejándola de su güevo rojizo, duro, babeante, que suelta jugos como la vagina misma. Se imagina besándola, alzándola contra sí, abrazados, y ella totalmente clavada de su güevo, montada, mojándolo todo con los líquidos de su próximo clímax, mientras sus lenguas se lamen y un dedo de su mano grande va al culito redondo de la chica, clavándoselo. Haciéndola gritar más, dentro de su boca, tensándose contra él, vibrando como una hembra deseosa de machos, esperando por su leche caliente…

   -¿Querido…? –la voz de Carolina, suave pero gélida, lo trae de regreso al mundo.- Se te hace tarde para ir a tu consultorio.

  -Yo… sí, déjame tomar otro café. –sonríe algo culpable, con el güevo tan palpitante que teme haberse mojado.

   ¿Sospechó Carolina algo? No se sabe, pero pareció más ceñuda. A la hora de partir, la mujer repartió cubitos de hielos a los que llamaba besos, mientras reclamaba algo y prometía una seria conversación. Todos salieron. Fue cuando ella se volvió hacia Tinita, la cual recogía los platos del abundante desayuno.

   -El fregadero sigue botando agua, Clementina. –encara la mujer, más alta, más elegante, mayor. Exótica, hermosa, pero no tanto como Tinita.

   -Sí señora, es que ayer tuve que salir a vacunarme contra la tuberculosis, usted sabe, y justo en ese momento vino el señor Mijares. Ahora no sé cuando vuelve, ese señor tiene tanto trabajo. –la mira con ojos grandes, esos ojos castaños que destacan en su carita de corazón, de cutis como de fruta, terso. Cómo la odiaba Carolina.

   -Cuando te traje fue para que me ayudaras, no para que resolvieras tus asuntos. Si ese fregadero no está arreglado hoy, recoges tus cosas y te regresas a tu casa. –no grita, no es dura, pero Tinita tiembla, sabe que cumplirá.

   -Pero señora…

   -¡Esta tarde! Buenos días. -y salió, dejándola mal.

   A la joven se le cae el alma al piso. Sus ojitos se llenan de llanto, ¡qué mala era la señora! Ella no quería volver al pueblo por nada del mundo. No podía. Y la señora la sabía. ¡Pero era tan cruel! Con pasos autómatas fue llevando todo a la cocina, pensando en qué hacer. Finalmente sonríe dulcemente, ¿y sí le pedía de por favor, por favor, por favor, al señor Mijares que la ayudara o se metería en un problema? Seguro que la ayudaba. Parecía buena persona. Sí, tal vez la ayudarían, se dice la dulce muchacha. Sonríe como si el pensarlo ya lo hiciera realidad.

   Decidida va a la sala del enorme e imponente apartamento (qué raro que la señora no tuviera una mansión, se dice de pasada), mirándose al espejo. Se veía tonta con su flequillo en la frente, las dos trenzas de cabellos castaños oscuros, su boquita roja y el uniforme, camisa rosa y faldita del mismo color, que por alguna razón parecía algo corta. Cuando trapeaba sentía que el señor o el niño Marcelo, inclinaban un poco la cabeza. Cosa que siempre la incomodaba. ¡Ella respetaba tanto!

   Mientras sale del edificio de residencias, seguida de las miradas de los vigilantes, y cruza la avenida, no repara en nadie. Tan sólo mira las cosas, todo tan bonito, tan distinto a su pueblo de calles estrechas y remendadas, y con baches, sus edificios viejos donde se leía todavía: “CAP mató a Renny”. Allí estaba el taller del señor Mijares, y ahora sí se detiene la joven por un momento. ¿Y sí no la ayudaba? No, claro que sí, eran gente buena, se dice.

   Pero le cuesta terminar el trayecto hasta el taller de reparaciones, también encararlo. A su sonrisa hermosa, a su pase del peso de una pierna a la otra y a su vocecita dulce, el hombretón frente a ella, un carajo al que ella le daba por el cuello, de brazos como troncos, velludos, y piernas que cada una parecía las dos de ella, parecía indiferente a sus encantos, luego a su angustia de que estaba metida en un problema. Por primera vez la chica encara la posibilidad de que la señora puede molestarse tanto que va a echarla. Y no puede evitar llorar, gimiendo entre pucheros a ese hombretón que tiene que ayudarla. Mijares, el tipejo, la mira fijamente, casi sorprendido de esa desesperación.

   -Calma, muchacha, todo tiene solución en esta vida. –le gruñe ronco, abrazándola, grandote, ella le da por el fuerte hombro sudado.

   Pero no es paternal. Sentirla frágil, tibia, olorosa a talcos, y femenina, lo excita, y alarmada ella siente el crecimiento de ese güevote contra su barriga. Cuando intenta cortar, llorosa aún, el abrazó, él la retiene. Su mano izquierda sobre la espalda femenina, la derecha sobre su trasero. Esa mano soba las nalguitas de la chica antes de meterse bajo el ruedo de la corta faldita, para recorrer y acariciar de forma ruda, violenta, las turgentes, redondas y firmes nalgas de la chica, sobre una pequeña pieza interior que el hombre sabe es un bikinicito de encajes.

   Ella quiere separarse y gime que la suelte, pero esa mano soba, acaricia y se mueve, metiéndose entre los dos, bajo la faldita, acariciando codicioso el pequeño triángulo de tela invertido, sobando sobre ella los labios de la vagina. Tinita está alarmada, siente que ese carajo arde, que esa manota quiere metérsele, que ese güevote es como muy grande. Va a gritar, a armar un escándalo para que llegue la policía cuando el hombre hace algo que la atrapa.

   Esos dedos largos, gruesos, callosos, se meten dentro de la pequeña y suave pantaletica, y el dedo índice baja codicioso hacia la vagina, separando sus labios, tocando los pocos pelos cortos, entrando. Y no fue que entrara como Pedro por su casa en la rica y cálida cuquita joven, sino que rozó, de pasada, el clítoris de la chica sorprendiéndola, haciéndola gemir. Él lo notó, notó que se aquietó y su respiración se hizo más pesada. Ahora sabía qué hacer. Y ese dedo dentro de la vagina se arqueó una y otra vez, sobando el capullo que endureció rápidamente.

   -No… no… -gemía la chica, mareada, ese dedo que tocaba y tocaba la mareaba, no la dejaba pensar.- No, por favor… yo soy una mujer decente y… ¡Ahhh!

   ¡Decente!, pensó él con burla, arqueando una y otra vez ese dedo, masturbándola, atendiéndole el clítoris, de pie, en medio de ese taller de reparaciones, ella una mujercita menuda vestida de domestica, él un carajo enorme, robusto, musculoso, metiéndole la manota dentro de la pantaletica, y clavándole un dedo en la ardiente cuca. ¡Era una zorrita, una putica! Se dijo sonriendo. Lo nota en su mirada nublada y torturada, sus cachetitos rojos, su frente contraída y su boquita abierta, pero sobretodo en su cuca mojada, esponjada, más abierta ahora que separa un poco las piernas permitiéndole actuar.

   Ahora dos dedos enormes van y vienen, lentos, entrando, penetrándola, sobandota, agitándose dentro de esa sopa caliente que tiene allí, antes de salir y entrar otra vez. Ella grita agónica, ronca, de placer. Tal vez no quería eso, su mente decía ‘no’, pero su cuerpo sí. Es tan escandalosa que tiene que besarla, meterle la lengua y atrapar la suya, temeroso de que la oigan afuera y malinterpreten todo. Le lame la lengua, se la muerde, mientras su mano izquierda se mete dentro de la blusa, abriéndola, separando el sostencito rojo a juego con la pantaleta, y atrapa una de las tetas redondas, duras, firmes, de pezón rosadito y parado. La besa, le aprieta una teta y su otra mano sigue trabajándole la cuca, haciéndola gemir.

   -Por favor, no… -gime ella mareada, cuando él deja su boca; quiere detenerlo, una chica decente no hacía esas cosas, pero sin darse cuenta sus caderas iban y venían un poco, buscando los dedos que se le metían.

   -No temas, te voy a dar güevo hasta por las orejas. –finge no entenderla.- Dime putica, ¿ya te has gozado dos güevos a un tiempo, uno por la cuquita caliente y otro por tu culito estrecho?

   -¡¿Qué?! –la impacta.

   -Porque estás a punto de vivirlo, mami rica. Dos güevotes para ti… -le informa sonriente, casi sádico, señalando más allá con un gesto.

   Desconcertada, y algo asustada, ella vuelve la cabeza y encuentra a otro carajo. Allí estaba el joven ayudante del señor Mijares, casi tan alto y fuerte, sonriendo, con un güevo enorme fuera de su bragueta, rojizo de ganas, botando agua ya…

   -Ay, pero qué putica más linda eres… Te vamos a dar güevos de los buenos. –dice el otro, riente como una comadreja, acercándosele también.

   -¡Nooo! –gime ella.

   Qué predicamento. ¿Se la meterán a dúo esos dos carajos a la inocente Tinita? ¿Gritará con una verga clavada en su cuca y otra destrozándole el culito? ¿La harán agarrarle miedo al sexo o se convertirá en la putica que esperamos? Ya lo veremos…

CONTINUARÁ…

Julio César.


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