VE EN PAZ, AMIGO MIO…

agosto 21, 2009

   Esta es una historia publicada el cuatro de mayo del dos mil seis, no sé bien si en el blog EL PUTO JACK TWIST, o en A RAS DEL SUELO, o en UN ANGEL. No estoy seguro. Sólo sé que fue increíblemente buena. Curiosamente, mientras lo releía y lo medio adaptaba a la forma en que veo el mundo (y que me perdone el autor de tan maravillosa historia), me fui encariñando con Ennis del Mar, un tipo al que nunca le he tenido mucha paciencia. Sin embargo, el cuento, me hizo verlo bajo una luz nueva. Y vamos a estar claros, los que vimos la película y nos enamoramos de Jack Twist, debemos entender que para este tipo debió ser el infierno conocerlo, tenerlo, amarlo y perderlo. Por ello me costó incluirlo aquí, perder a Ennis también duele; realmente pensar en eso, me llenó de nostalgia y tristeza. En fin, aquí va el relato; a propósito, en un comentario enviado por el cuento, alguien también hizo una bonita aportación que incluyo aquí.

ENNIS DEL MAR HA MUERTO

AMOR, AMOR

   Al fin la paz…

   Cuando abrí los ojos no sabía lo que había ocurrido, o que hubiera ocurrido algo, simplemente me sentía diferente. Mejor que siempre, mucho mejor a decir verdad: podía erguir la espalda, la pierna dejó de molestarme, la mirada estaba mejor enfocada y sentía la mente despejada, clara, como hacía mucho tiempo que no la tenía. Mi boca estaba limpia, sin el agrio regusto a cerveza o vomito de la noche anterior. Intenté concentrarme porque todo me parecía extraño, no era como despertar de un sueño de repente, o soñar que se está despierto. Ahí estaba yo, de pie, erguido, vestido y mirando al suelo, pero sin saber cómo había hecho todo eso. ¿Desperté en medio de la noche mientras dormía?

   Lo más curioso es que llevaba mi viejo y apolillado sombrero calado en la frente, uno que tenía años de años sin ponerme. De hecho… creía haberlo perdido, porque la última vez que lo usé sobre mi cabeza, de cierto y lo recuerdo bien, el frío y poderoso viento del Oeste barría unas montañas altas, y alguien, de voz riente, había gritado que tuviera cuidado que el sombrero se me iba. ¡Magia! El sombrero había regresado por arte de magia, y yo creo en ella; en esas montañas hubo un ser de esos, mágico, que hizo de ellas y de mi vida, por un tiempo, un Paraíso en la tierra…

   “¿De dónde saliste, viejo sombrero?”, me pregunté, quitándomelo de la cabeza y sosteniéndolo contra mi pecho. Por alguna razón mi corazón latía con más fuerza, y eso fue antes de darme cuenta finalmente de la camisa que llevaba puesta. Allí estaban esas conocidas manchas secas, oscuras, de sangre. A mis ojos volvieron las viejas y familiares sensaciones, era como si alguien hubiera dejado caer vinagre en cada una de mis pupilas. Las lágrimas acudieron, como siempre, como años atrás, cuando ella me dijo por teléfono… (¡y aún no cumplía cuarenta años!). El mundo perdió firmeza, volviéndose borroso a mi alrededor, cubierto por ese llanto que volvía con la misma fuerza de siempre, como si el dolor fuera nuevo, como si el dolor acabara de llegar y no pensara marcharse jamás: murió… murió en un estúpido accidente.

   Estuve un rato así, cubriéndome el rostro con las manos intentando contener todo aquel llanto. ¿Fue un accidente realmente? ¿Sólo eso, amigo mío? ¿O te vigilaban? ¿Sabían ellos de ti, ojos azueles, y te despreciaban demasiado? ¿Te golpeó una palanca en un tonto accidente? ¿O te siguieron a través del campo, con risas, con odio, hacia una cañada, siempre hacia la maldita cañada? ¿Pensaste en mí en ese momento? ¿Sonreías todavía, como siempre hiciste, aún cuando sufrías? No, no debía seguir así, ¿por qué me hacía esto? ¿Por qué me torturaba así? ¿Hasta cuándo duraría esto? Pero no había respuestas. Nunca las había para mí.

   Al fin me serené un poco y recorrí todo dentro del trailer con mis nuevos y nítidos ojos. Joder, parecía que llevaba años deshabitado. Nadie se había molestado en sacudir todo el polvo y la arena que el viento del desierto colaba a través de cada rendija. Para colmo de males, la ventanilla de la cocinita estaba abierta de par en par y la arena entraba a mares a través de las cortinas que revoloteaban. Poco a poco la arena lo cubría todo, el suelo, los rincones, los muebles, la cama…

   “La cama… ¡Santo Dios!”

   Bajo aquella colcha de cuadros, vieja, había un bulto cubierto hasta el cuello, un cuerpo humano con el aspecto delgado y despatarrado de un muñeco roto y abandonado. ¡Soy yo! Si, estaba convencido, pero no sentí tristeza, ni pena, sólo… desconcierto y sorpresa, mucho más de lo que había sentido en los últimos años. Sin duda estaba muerto, la piel tenía un color extraño y parecía haberse encogido en torno a las mandíbulas, mostrando los pocos dientes que me quedaban. Por si aún quedara alguna duda por desvanecer, una mosca grande, azulada, voló irrespetuosamente y se posó en mis labios abiertos, luego sobre mi afilada nariz, donde comenzó a frotarse las patas, divertida, sin que aquel Ennis del Mar hiciera el menor gesto por quitársela de encima.

   “No hay duda, estoy bien muerto”, me dije sin pasión, sin interés; sin embargo, una poderosa oleada de autocompasión se hizo presente, de forma avasalladora. Allí estaba yo, muerto, solo y abandonado a merced de los insectos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, así? ¿Es qué nadie me había echado de menos en la taberna o en el viejo rancho? ¿Ni siquiera mi hija Alma? ¿Se iba a convertir el maldito trailer en mi gran ataúd metálico por los siglos de los siglos? Y de pronto sentí miedo, ¿y si debía quedarme allí, mirándome abandonado para siempre en ese trailer cerrado… como un castigo? Porque así había vivido mi vida durante las últimas décadas. Solo, siempre solo, sin que me importara nadie más, encerrado en mí mismo con la única compañía de mis recuerdos, unos pocos alegres, muchos no. Viví encerrado dentro de mi dolor, mi tristeza, mis nostalgias por todo el tiempo que perdí durante los mejores veinte años de mi vida. Mi Dios, ¿esta sería mi penitencia por haberme alejado de todos, aún de mi pequeña Alma y de Francine? ¿O era mi castigo por haberlo amado tanto a él, por haberme muerto con él ese día en ese camino?

   “Que final tan triste, Ennis del Mar. Ni siquiera al final supiste morir con algo de dignidad. Dejaste que toda tu vida pasara y no enmendaste tus errores. No supiste buscarlo y decirle que lo amabas. No te disculpaste con Alma, la que fue tu mujer. No les dijiste a tus hijas cuánto las querías, aunque no pudiste amarlas más o ser un buen abuelo, o uno más feliz, porque estabas triste porque él murió un día en un camino, y estaba solo cuando pasó. No le dije a mi gente que no pude vivir, que no tenía fuerzas para seguir, porque sólo podía llorar al que se fue. Se te fue la vida y no hiciste nada por pactar con el dolor, con la soledad, con la vida. Pudiste seguir queriéndolo, llamándolo cada noche, mojando con tu llanto de viejo tonto y ridículo tu almohada, agradeciéndole a su recuerdo el materializarse como una sombra en los rincones, pero también disfrutar de tu familia, de tus nietos. Pero ahora es tarde”.

   Esta vez no lloré como un momento antes, tan sólo volví a cerrar los ojos y me pregunte: “¿ahora qué? ¿Debo sentarme y ver pasar la eternidad? ¿Es mi castigo, Dios, por todo lo que lo quise? ¿Ahora debo pagar todavía más por aquel pecado infame? Sí es así, perdóname, Señor, pero tampoco Tú me la hiciste nunca fácil. ¿Puedo pensar en los tiempos felices a su lado, Señor? ¿Me quedarán esos recuerdos por lo menos?”

   Descubrí, en ese instante, que el tiempo no transcurre igual cuando uno está muerto, porque aunque me había parecido sólo un parpadeo, de pronto la mortecina luz que entraba por el ventanal había desaparecido. Todo estaba a oscuras, había anochecido. Me pareció mejor, la cruda realidad se difuminaba en sombras difíciles de reconocer, y una suave luz plateada que supuse provenía de la Luna hacía parecer todo más hermoso.

   -Sal fuera, Ennis del Mar. –me sobresaltó un susurro que venía de mi interior, pero también parecía provenir de todas partes. Por un momento pensé que era mi propia voz, aunque no lo creí del todo, porque el tono era mucho más amable y amigable del que suelo emplear conmigo mismo.

   Creí percibir un poco de cariño y afecto en aquellas palabras, como si alguien muy bondadoso comprendiese en toda su extensión mi agonía, y mi temor ante un castigo más allá de mi muerte. Esa voz parecía indicarme que era el momento al fin de curar tantas heridas, de encontrar paz, de descansar. Me fue imposible negarme a obedecer aquella suave orden y casi sin mover los pies llegué hasta la puerta, la abría sin ruido y salí al exterior.

   “Ay, Dios, yo conozco este lugar”, pensé. El suave aroma de los pinos y el aire fresco de la noche golpearon mi rostro de una forma tan real que me resultó difícil aceptar que realmente estaba muerto.

   -¿Ves la luz, Ennis? Camina hacia la luz.

   “Mierda”, pensé. “¿Así que todo es así, como lo describen en los programas de la tele? ¿Algunos recuerdos del pasado, un túnel oscuro y un viaje siguiendo la luz? No, coño, no quiero ir hacia la puta luz. No quiero encontrarme con Dios. ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Pretende que le confiese mis culpas, mis pecados? ¿No los conoce ya? ¿Qué quiere que diga? ¿Qué pida perdón por aquel a quien amé tanto, o que le de las gracias por este amor, o quiere decirme que todo fue sólo mi culpa? Si le pregunto por su muerte, ¿me dirá por qué coño tuvo que irse así, dejándome atrás para llorarlo cada noche? No, no quiero decirle nada. No quiero asistir a mi juicio; no será justo, Dios no fue justo nunca conmigo. Debo alejarme de aquí. Debo alejarme de la maldita luz”. Todo eso lo pensé con miedo, con rabia, con otro temor aleteando en mi mente: “¿y si en la luz están mamá y papá y me preguntaban qué cochinada hice de mi vida?” Hubo un largo silencio.

   -Joder, hijo de puta, camina hacia la luz. –rugio una voz, una con un tono nuevo, uno diferente, pero familiar. La verdad y la comprensión por fin estallaron en mi cabeza, y fue como una explosión de luz blanca y pura.

   -No… no puede ser… -fue todo lo que pude susurrar.

   Con la respiración agitada, busqué. Miré de un lado a otro hasta encontrarlo: un tenue resplandor anaranjado entre las ramas de los árboles. ¡La luz! Y eché a correr hacia ella como un loco, con miedo de estarme engañando, con miedo de que fuera sólo otra ilusión, una prueba más. El corazón lo tenía en la garganta, impidiéndome respirar, palpitando con fuerza, y las lágrimas, otra vez las malditas lágrimas, me corrían a mares por las mejillas, mientras gimoteaba como un niño que sale de un bosque oscuro donde se creía perdido y condenado para siempre y de pronto ve una vereda y al final de ella a una persona amada esperando, llamándolo a la vida nuevamente. La amargura de tantos años, las penas, las noches de desvelo viendo pasar los fantasmas parecían irse diluyendo, quedando atrás, se me olvidaban. Salí a un claro y me detuve en seco, sin aliento.

   Vi una tosca construcción tipo un techo sobre cuatro maderos que servían de pilares, donde dos caballos parecían dormitar sobre el heno. Vi una rústica cabaña levantada en medio del claro. Frente a la vivienda había una hoguera que chisporreaba con fuerza. Y allí estaba alguien agachado metiendo leña al fuego, un carajo de espaldas anchas, de camisa azul, con un sombrero tejano. Sentí temblores por todo mi cuerpo porque yo conocía bien aquellos hombros que había tocado a placer, reconocía el lustroso cabello negro que asomaba bajo el sombrero, en una nuca en la que había enterrado mi rostro muchas noches al dormir, en otra vida. Ese sujeto se volvió y vi unos ojos que iluminaron la noche toda y que me miraban con franca sorpresa, con alegría intensa.

   -Por fin has legado, Ennis del Mar. Ya tenía el culo helado de tanto esperar por ti, vaquero. –sonrió, poniéndose de pie. Joven como lo fue cuando lo conocí. Magnífico como lo fue siempre en mis recuerdos.

   -¡Jack…! Puto Jack Twist… -sólo pude gruñir, corriendo hacia él, con la mirada difusa otra vez, bañando el camino con mis lágrimas.

   Lo abracé con fuerza, como jamás creí que podría abrazarlo otra vez. Mis brazos rodearon sus costados, mis manos atraparon su espalda y lo atraje. Nuestras frentes chocaron mientras decíamos mil vainas, y reíamos, y llorábamos. Ahora podía llorar ante él, ya no había miedo, ni al mundo, ni a mí mismo. Enterré mi cara en su hombro, en su cuello, y lloré todavía más, abrazándolo con desesperación, sintiendo su calor, su fuerza. Era el viejo aroma, el aroma que a veces me parecía imaginado y que me esforzaba por recordar. Pero no, era su olor, mis labios podían percibir su sabor. Dios mío, ¡era el Cielo!, ¡estaba en el Cielo! Dios había permitido que llegara, me habían franqueado la entrada. Estaba allí…

   Y nuevamente me asusté, porque sentí como Jack se movía y temí que se alejara, pero no, sólo buscaba mi boca con la suya. Boca a cuyo encuentro corrí, hundiéndome en ella, sin aliento, sin fuerzas, pero sintiéndome vivo y poderoso al mismo tiempo; notando mis carnes dura, la piel caliente, las ganas a flor de piel. Y entre besos mordelones, miradas y caricias, choques de frentes, narices y de manos que tocaban, Jack me fue contando su historia, y fui enamorándome todavía más, maravillándome de que tal cosa fuera posible; pero claro, ¡estaba el Cielo…!

   Él se había estado preparando desde cierto tiempo atrás para mi llegada, sabía que pronto estaría ahí y quería estar listo. Estuvo dormido, no recordaba más, despertó y encontró ese paraje hermoso. Y algo le dijo que debía construir un hogar. Desde ese día se dedicó a eso, a nuestra casa, una cabaña humilde pero cómoda, con una chimenea y un gran mueble acogedor, al frente. En los estantes de la cocina no había frijoles. Un solo dormitorio fue levantado, con una gran cama, solo una, donde dos personas podían descansar, pero sobretodo buscar compañía, amor y satisfacción. Era una cama donde yo podría dormir abrazado a él durante toda la eternidad, oliéndolo, tocándolo, besándolo, y cada día sería como el anterior, sin cambios, sin sorpresas, sin sobresaltos, quietos en la tierra de no pasa nada, y el Paraíso duraría para siempre. Los dos caballos habían pasado por ahí, y ahí se quedaron, y él les hizo un cobertizo primitivo, con heno, agua y todo. La cabaña estaba cerca de un cristalino y ancho arroyo, que cantarino, se mostraba lleno de truchas. Había árboles y montañas, coyotes y búhos, praderas, flores y cielos azules e inmensos, pero no hacía frío. Esta vez sin frío, por fin un lugar cálido para vivir juntos.

   -La espera ha sido larga, vaquero, pero ha valido la pena. –me dijo al final, mirándome con sus ojos grandes, llenos de amor, de picardía, de deseos.- Ven, Ennis, dame esos besos con los que tanto hemos soñado. Tócame como le has pedido al Cielo poder hacer cada noche desde que me fui. Estoy aquí, Ennis, soy yo, tu Jack, el puto Jack Twist…

Julio César.

……….

   La historia termina casi con una posdata del autor, y una exhortación final que habla del gran cariño que también él siente por los dos hombres de la historia; aquí la transcribo literalmente: No sé si Dios me fulminará con un rayo divino por esta imagen del Paraíso, porque en este punto en el que acaba el cuento Ennis y Jack están a punto de hacer el amor frente a ese fuego. Pero sí creo que Dios representa precisamente ese Amor, debo creer que todo ocurre de este modo, y que los dos vaqueros al fin juntos se aman por toda una eternidad (o dos, porque tratándose de Amor con mayúscula a veces una eternidad no es suficiente), de manera que… Que Dios los bendiga por siempre…

NOTA: Esta adaptación la hice en mi otro blog el año pasado, mucho antes del mal momento de la muerte del chico australiano. Este cuento me gusta, como me gustan CABALGATA, FRONTERAS, ANTES DE LA DESPEDIDA Y UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS, pero ahora me parece más intenso. Debe ser por su partida.

ME DESPIDO A LA LLANERA

agosto 21, 2009

YO EN TODA MI GLORIA

…aunque despedirme no quisiera.

   Como dice la canción: todo tiene su final. Llevo casi un año escribiendo aquí. Parece más tiempo. Quise expresar algo, y saber si ese algo era de interés. Afortunadamente supe que sí lo era, al menos para tres o cuatro personas. Gracias a todas ellas. En todo este tiempo he recibido agradables comentarios que dejaron en claro que puedo escribir más o menos bien una oración larga. A pesar de eso, y aunque me gusta escribir, he sopesado si vale la pena o no continuar con este espacio, y creo que no lo vale.

   Casi nadie lee aquí, y sentarme, aunque es fácil decir groserías, me lleva tiempo. A veces tengo que pensar hasta media hora por una entrada. Las serias, claro. Y ando deprimido, las cosas que pasan en mi país pesan, duelen. Arrechan. Y eso no me deja sentarme a disfrutar el escribir como antes.

   Fue divertido mientras duró. Ya no. Adiós, amigos…

Julio César.

CALOR!!!

agosto 13, 2009

RUBIAS PUTAS

   Era tanto el calor que se podía asar cachapas…

   Pero lo mejor estaba por llegar, piensa la mujer recorriendo la tersa y suave nalga con su lengua hambrienta, lengüetearía sobre el ojete del culo, tal vez le entrara un poco; pero el plato fuerte era el otro: la cuca. Sabe que cuando finalmente entierre su lengua allí, la encontrará caliente, mojada y preparada. Sonriendo mientras acaricia y lame a su mejor amiga, piensa que la hará gritar de gusto, la dejará tan cachonda que tendrá que clavarle tres dedos para calmarla…

   Y todos quisiéramos verlo.

Julio César.

MIRANDO CINE

agosto 13, 2009

JUNTO A TI, NADA FALTA

   ¿Cómo dudar que fuera realmente el Paraíso?   

   El muchacho está indeciso entre entrar o no a la sala de cine. Había oído críticas muy buenas, demasiado para un tema y trama como aquella, e imaginaba que la película debía ser mala, como esas que generalmente premian con el Oscar y cosas así. No, la verdad era que él esperaba que fuera mala. Que sea muy mala, Dios, se dice Doménico San Martín, nacido Gómez. Está nervioso mientras se pasea por la entrada del teatro.   

   La mujer en la taquilla, lo mira divertida. Creía entender el dilema del joven, un muchacho que estaría cerca de los dieciocho, guapito en su delgadez y altura, cabello castaño y cara increíblemente amable, casi… vulnerable. Le parece que es de esos de sonrisa fácil. La mujer sabía que muchos jóvenes, sobretodo con confusiones sexuales o sentimentales, deseaban ver la película pero se cortaban todos en la cola. La juventud era bonita, se dice convencida, pero sólo los años daban la paz de la experiencia para moverse con donaire por este valle de lágrimas. Al menos los que crecían y evolucionaban, no para los eternos niños malcriados que vivían culpando a otros de sus fracasos y errores, sin aprender jamás de ellos y condenados a vivir para siempre a repetirlos. Tal vez fuera mejor que el joven no entrara, se dice la mujer. El film podía ser duro, sobretodo para gente sensible como parecía ser ese muchacho.   

   La mujer acertaba sólo en parte; Doménico, Nico para todo el mundo, aunque fue un apodo que no eligió, como no lo hizo con su nombre, era realmente muy joven, sufría de confusiones y era sensible. Demasiado, opinaban algunos, como su padre. Pero el joven no estaba allí por la película en sí. Él deseaba ver un fracaso, algo tan horrible, a pesar de las críticas favorables, que le diera la paz. Decidiéndose entra, sonriéndole en forma abierta a la mujer de la taquilla que lo atiende con simpatía. No va al baño. No compra cotufas, refresco o caramelos. Entra a la sala, no muy llena, ya que muchos venezolanos morirían antes de dejarse ver haciendo la cola para ver El Secreto de la Montaña (Brokeback Mountain). Va a la última fila, casi junto a un rincón, lejos de todos y espera. El corazón le late con fuerza. Espera odiarla mucho. Todo comienza… y de entrada el solitario y agreste paisaje, así como la música, lo inquietan. Y ese joven se dispone a ver el film, y su mente cubrirá los huecos que la trama deja abiertos para que cada quien los llene con sus deseos e ilusiones, con sus necesidades particulares.   

   Wyoming se parecía tanto a Texas, que ese joven de diecinueve años por un momento pensó que aún seguía en su terruño mientras atravesaba la carretera en su vieja camioneta. Una vieja, muy vieja, que según decían estuvo al principio de los tiempos. Sabe que lo que le espera será duro, y nada agradable, pero el atractivo tipo de ojos azules y sonrisa perenne, no puede dejar de sentirse optimista. No le gustó mucho ese trabajo el año anterior, como no puede gustarle a nadie, piensa, pero no le tiene miedo. En su alma parecía no caber esos sentimientos. Si había una tarea la hacia y ya. Él era vaquero de rodeos, algo que su padre desaprobaba, recuerda con cierta divertida amargura, pero la verdad era que su padre nunca estaba muy contento con él. Le parecía demasiado soñador. Demasiado ‘todo saldrá bien, papá’. Su padre no podía ser así. El mundo estaba cambiando, todos los valores con los que él había crecido iban desapareciendo, algunos se aferraban al pasado, otros miraban inquieto lo que venía, y un joven como él, sentía expectativas, la vida no tenía que ser siempre como había sido, sólo porque así fue siempre. Menos de dos décadas atrás los hombres de ese país habían cruzado el océano para librar la gran batalla contra la oscuridad y maldad del nazismo. Pero ese mundo terminaba; lo que debía ser de lo que era iba dejando de ser una barrera infranqueable que muchos aún no sabían cómo enfrentar.   

   Oh si, Jack Twist tiene planes, se dice con determinación. Ganaría algo de dinero e iría a todas las ferias y rodeos que se anunciaran, y ganaría más. Un día tendría su propio rancho, una mujer e hijos, se dice repitiendo palabras de su padre. Ahí estaba la estación, y al detenerse repara en otra figura. Un tipo de mirada baja, que fumaba, con el sombrero casi sobre la nariz. Tenía aire de peón de estancia, se dice Jack, divertido. Fue cuando ese hombre levantó la mirada, fugaz, bajándola pronto, como avergonzado de haber sido sorprendido atisbando, que el corazón de Jack latió más de prisa luego de pasar tres segundos detenido, haciéndolo estremecerse levemente. La sensación de vértigo y calor que corrió por sus venas era extraña. El joven no puede evitar una sonrisa leve, de nervios, de excitación ante lo nuevo; no entiende ese sobresalto embriagador que lo llena de ganas de estar allí, pero entendía que tenía algo que ver con el rudo y hosco joven de pie frente a él.   

   Más tarde sabría que ese tipo se llamaba Ennis del Mar (y en su mente repetirá ese nombre una y otra vez, saboreándolo, sin imaginar que pasaría los próximos veinte años de su vida repitiéndoselo para encontrar ratos de felicidad y escapar de la soledad), que trabajó en una hacienda hasta que los hermanos se casaron y ya no hubo lugar para él. Supo que era tosco, cerrado e increíblemente tímido. Y cada nuevo dato era atesorado por Jack, quien no podía dejar de pensar en él en esa montaña, mientras come a su lado, mientras lava su ropa en las frías aguas del río o se tiende sobre la grama, de noche y contempla las estrellas que ahora le parecen más hermosas. Tal vez porque ahora tenía un motivo para perderse y soñar en sus luces frías y fantasmales.    

   Ahora comparten las montañas y ese cielo inmenso, uno tan grande que puede cobijar a un tal Jack Twist, un vaquero de rodeo, joven y fuerte, parlanchín, alegremente fanfarrón, simpático y abierto, que se siente extrañamente vivo y feliz en las frías cumbres. Es un hombre que imagina, a veces, poder alzar las manos y alcanzar ese cielo; y quien, al fumar y beber por las noches, mira a Ennis del Mar. Y la mirada de Jack era distante, perdida, hermosa, con una luz que a veces turbaba al otro, quien no podía dejar de reconocer para sus adentros que eran ojos atrayentes. Ahora Jack pensaba en su vida, en lo que fue antes de llegar ahí (antes de conocer a ese tipo callado y tosco), y en lo que podía ser hasta el fin de sus días fuera de ese lugar; y ya no era feliz. Los dos hombres hablaban. Tomaban whisky y hablaban más, y Jack lo miraba a veces si poder contenerse, asustado de lo que siente, porque ahora imagina vainas nuevas, como el qué sentiría recorriendo con el dorso de su mano la mejilla del peón, o mirarse en sus ojos evasivos, al estar frente a él, tan cerca uno del otro que sintieran sus alientos. Lo piensa y se siente ahogado, embargado de un deseo inmenso que no entiende, por lo que tenía que beber, o saltar locamente, gritando como un vaquero de comiquitas, para escapar de su embelezo y de las ganas que quieren salírsele por los ojos y boca.   

   Y Ennis notaba esas miradas, confuso, negándose a sentir, pero perdiéndose por momentos en esas pupilas que iluminan de azulada luz un paraje por el que no sólo no puede transitar, sino que hasta estaba prohibido pensar en él. No hay palabras. Sólo hay miradas que van y vienen cuando están seguro de que el otro no presta atención. Y Ennis habla de su novia de toda la vida, y mira a Jack, como queriéndose convencer de que todo estaba bien por ese lado. Llega la noche, llega el frío. Llega el licor que baja las defensas y desinhibe la conciencia. Y Jack llama a Ennis para que entre a la tienda o se morirá de frío. Y el otro lo hace casi arrastrándose, cayendo a su lado, dormido en seguida.   

   Jack dormita, pero no está tranquilo. Sueña su vida, la pobreza, la estrechez, las privaciones, el oír de niños amados por sus padres. Sueña con cosas que no tiene, que no tuvo, que sabe que no tendrá; una vida que se repite hasta el infinito, y no es feliz. Algo falta. Algo no estaba bien. Era un tipo joven, lleno de ganas de vivir y no estaba bien, algo estaba muy mal. Faltaba calor, faltaba cariño. Y ahora una imagen aparece en sus sueños, es Ennis, a su lado; y Ennis lo toca, y no parece Ennis, porque sonríe, y dice que debe afeitarse, y le recorre la barbilla con el dorso de una mano mientras su mirada atrapa la suya; y dice que no le gusta con barba, y sonríe más. Y Jack lo ama, y Jack se excita. Despierta, angustiado por el deseo, sintiendo que se quema, que se muere de las ganas que tiene. Percibe el olor de Ennis, oye su respiración y casi grita de frustración. Y se decide, porque es un carajo valiente, del tipo que le dice a esa persona de la que no está seguro, te amo, y a veces triunfaba, a veces sólo sufría. Pero que se arriesgaba y vivía.   

   Jack cruza un brazo y atrapa una mano de Ennis, halándolo sobre sí. Siente su aliento en la nuca. Siente el calor de su cuerpo a sus espaldas. Pero no es suficiente. Cerrando los ojos lleva esa mano a su entrepierna, aprieta, suelta y aprieta otra vez, y casi se muerde los labios para no gemir. Y Ennis despierta, se sienta, alejándose, pero Jack también se incorpora y lo encara, intenta tocarlo, intenta acercársele, frota su frente de la suya y le dice con todo su ser que lo quiere, que lo quiere en ese momento y ahí mismo y que si no le hace el amor, morirá. Y a Ennis le sube la temperatura, la piel le arde, la sangre le corre con violencia. Siente un despertar doloroso de su virilidad y se dice que no es nada, que es carne, que es deseo, y con brusquedad cae sobre Jack, como un poseso, con la urgencia de las ganas. Con rudeza se mueve al bajarle el pantalón y untar con su propia saliva, y no siente asco ni reparos mientras lubrica y toca, está más allá de todo en esos momentos. Lo posee con fuerza, casi brutal, porque tiene que hacerlo, porque la carne le duele de ganas, pero también de rabia por tener que ceder. No era nada, intenta pensar mientras se sumerge en el otro, casi jadeando por el alivio que siente dentro de sí, en su mente, casi en el espíritu. Pero seguía ardiendo, seguía quemándose…   

   Al día siguiente llega el ratón moral, y Ennis casi tiene que huir, sintiéndose mal consigo mismo, pero sobretodo con Jack… Lo que hizo fue sucio. Había sido algo malo, un pecado al que había cedido por debilidad de la carne. Dos hombres no podían hacer esas cosas. ¡Estaba mal! Todo lo que era su vida, lo que fue y lo que planeaba ser, incluida su novia, estaba en colisión con eso que había pasado con ese hombre, con Jack, ¡con Jack!, como no se cansaba de repetir el nombre su mente. Se aleja aunque ve al amante salir de la tienda, se aleja porque tiene que poner distancia, y no mira todo el dolor que su rechazo causa al otro, cuyos ojos lo siguen, con una mirada que lo dice todo, con dolor, con abandono. Para Ennis la cosa había sido terrible, había tenido sexo con otro hombre; para Jack había sido una revelación, algo que antes no encajaba ahora tenía explicación. Para él lo terrible era la marcha de Ennis, su silencio, su hosquedad, porque esa noche no le había entregado sólo su virginidad a ese tipo, algo que pudo intentar antes, y que nunca había considerado siquiera, hasta que ese vaquero de mirada ruda se había cruzado en su camino, ordenado quién sabe por qué designio. No, no era sólo su santidad lo que le había regalado, sino su vida, aunque no se había dado cuenta exactamente en ese momento. No le dio sólo el culo, le entregó todo lo que era, y el otro pareció no notarlo; peor, no importarle.   

   Ennis regresó hosco al campamento, y a Jack. Le dijo claramente que no era ningún marica. Con su voz, con su tono, con su lenguaje corporal intenso, le dio a entender claramente que lo culpaba de todo, de haberlo enredado en toda esa cochinada. Y Jack lo escuchó mirando hacia el valle, con rostro aparentemente imperturbable, y como millones antes que él en su situación, le dolió oírlo. Quería rebatirle, discutir, tal vez decirle que también él había participado de forma entusiasta cuando lo acariciaba y buscaba más de su persona, pero calló. Porque entendía que Ennis estaba mal. Ennis sufría al enfrentar algo que le horrorizaba, el toque del marica, y por eso lo lastimaba, porque en verdad se lastimaba a sí mismo, como castigo. Uno parecía ya aceptar un destino, el otro aún batallaba. Ennis se estaba flagelando de forma terrible e inmisericorde, sin darse cuenta de que también lastimaba al otro, lo que a lo largo de su vida será su maldición. Por eso Jack soporta, porque entiende.   

   La noche llega, y Ennis sentado al calor de la fogata, mira las llamas, sombrío, sintiéndose lleno de una amarga determinación. No mira hacia la tienda de campaña, donde Jack se despoja de la camisa y tiende una cama, acostándose. Ennis siente que se muere aunque su rostro parece de madera. Piensa en Jack… Una y otra vez piensa en él, en su mirada anhelante y franca, en su boca roja que se abría al gemir o al pegarla de su piel, en sus ojos azules. Recuerda su piel, lo que sentía al recorrerla con sus manos, su calor, su aroma fuerte y vital, y le cuesta respirar de lo mucho que lo extraña. Pero no, era un hombre. Jack era un hombre y él también. Eso estaba mal. Mira del suelo a la tienda y sabe que el otro estaba allí. Esperándolo. Lo sabe aunque ignora cómo. Jack lo esperaba, con esa invitación sin palabras en sus ojos, con esa alegría que lo hacia brillar y verse (se estremece) hermoso, una fuerza y una energía de la que él carecía. El corazón le palpita, la sangre corre por sus venas y siente que se muere por ir, por tocarlo, por recorre su espalda, por acariciar su rostro y convencerse de que era tan excitante y maravilloso como ahora creía recordar. Lo acusó de sucio, de marica, y ahora siente dolor. ¡Había lastimado a Jack! ¡Lo había herido para sentirse mejor consigo mismo!   

   Se pone de pie, tembloroso, la cara le arde de vergüenza, pero es que ya no aguanta más. ¡Lo necesitaba demasiado! Se dijo que no pasaría otra vez, pero debía ver a Jack… Verificar que aún estaba ahí. Quiere comprobar lo que verá en su mirada, sí habría resentimiento, o la invitación a tenerlo nuevamente. Sufre, ya que una parte de su mente le grita que era un pervertido, la peor clase de degenerado, el marica despreciable que sólo debía recibir burlas, asco y puñetazos; pero otra parte de sí, necesita decirle a Jack que lo siente. Al menos en parte, porque lo que en verdad quiere es estar junto a él, rodearlo con sus brazos, tocarlo y sumergirse en su piel. Desea que Jack se entregue una vez más, sin palabras, sin mimos, como la noche anterior, entre jadeos, gruñidos y brazos que apretaban y manos que acariciaban. El trecho de la hoguera a la carpa es corto, pero se le hace eterno al caminar gacho, sombrero en mano, lleno de culpa, de deseo, pero también de pesar por ofender al otro. Su rostro es el del penitente, el del hombre que va por absolución, una que sólo Jack podría darle. O no.   

   Recostado, Jack aguarda. Espera a que todo pase, o a que no ocurra nada. Espera para vivir otra vez, sintiéndose amado por Ennis, o se prepara para la agonía. Se sorprende al comprender cuánto depende de ese tipo ya. El miedo a que no vaya, grande y pesado, tanto que le provoca espasmos en el estómago y calambres por todo el cuerpo, no logra que olvide el momento anterior, cuando por primera vez estuvieron unidos y alcanzó la gloria. En ese corto y eterno instante, se sintió completo, protegido, como bañado por un calido sol de bienestar, tanto que no sabe si lloró como un niño o sólo lo imaginó. Se sintió vivo y feliz como no recordaba otro momento en toda su vida. Espera a vivir o a vegetar, recostado, viéndose hermoso en su angustia, hasta que su mirada repara en Ennis de pie en la entrada, sombrero en mano. Rápidamente queda sentado y Ennis cae de rodillas, como derrotado, evitando mirarlo, susurrando un ronco: perdóname.   

   Y allí Ennis del Mar comete el más grande error de toda su vida, medio mira a Jack y nota la mirada intensa, grande y totalmente enamorada de ese otro carajo, que lo ve con adoración. Ennis lee en aquella mirada que Jack lo perdona porque lo ama, ya lo ama, no sabe cómo le pasó, le dice Jack sin palabras, pero ya lo ama más que a su propia vida. Pero Jack no necesita decir nada, ni oírle decir nada a él. Casi siseándole para que calle, para que no sufra explicándose, le acuna el rostro con sus manos y lo besa, queriendo borrar el sufrimiento que ve en Ennis, el Ennis que nació y  creció en un mundo duro donde fue amado tan poco por quienes debieron adorarlo. No hay palabras, y esas lagunas podrían ser llenadas por los deseos de cada quien, quien imaginaría lo que quisiera; como el muchacho de mirada embelesada sentado en una oscura sala de cine.    

   -Jack… Jack…   

   -Ennis, estás aquí. Volviste…   

   -Perdóname, perdóname, Jack, por herirte, por llamarte marica y culparte de todo. Perdóname por tratarte así.   

   -No, no tienes que decir nada. Ya todo está olvidado. Sé que estabas molesto por lo que pasó, por esto que nos pasó.   

   -Te lastimé, y eso me dolió a mí también.   

   -Me dolió más el verte partir, molesto conmigo, sin volver la mirada, alejándote como si no notaras que me llevabas contigo; desde el momento en que fui tuyo todo lo que soy te pertenece, incluso mi vida.   

   -No quería venir, pero necesitaba sentirte todo, tu olor, tu sabor; estando aquí, junto a ti estoy bien, como si nada faltara, como si todo estuviera finalmente en su lugar.    

   -Ennis, desde que te vi entendí que algo estaba mal en mi vida, que había un vacío oscuro que estaba allí y jamás lo había notado, pero que me asustaba. Pero ahora tú brillas en esa oscuridad y la acabas.   

   -Nunca debí venir, nunca debí conocerte, maldita sea, Jack…    

   -Gracias a Dios que lo hiciste, porque ahora eres mi todo.   

   Se besan, y ninguna de esas palabras se pronuncian, y Jack cae de espaldas, y Ennis se abraza a su torso, como incapaz de mirarlo, sólo frotándose de él, elevando una mano y acariciando el rostro de Jack, un rostro que se le vuelve el suyo, el más importante de todo el mundo. Y siente ganas de escapar, de llorar, pero no es nada comparado con las ganas de besarlo y se fundirse en su carne, por lo que cuando Jack gira sobre él, besándolo, tomando la iniciativa una vez más, cede y se deja llevar por esa corriente de deseo que lo vitaliza, haciéndolo sentir completo y en paz. Se besan sin palabras, se entienden sin mimos o arrumacos, porque son hombres toscos no acostumbrados a la ternura, y menos al cariño entre carajos. Pero las manos cumplen, las bocas también. Los cuerpos responden y lo demás lo llena esa sensación interna que hace que uno desee tanto al otro, a tal punto de que no parece haber forma de calmar todas esas ganas.    

   La noche es cómplice de los amantes que exploran sus cuerpos, sus deseos, que lamen, besan y muerden entre jadeos. Y el cielo los cobija, brillante de hermosas estrellas que fulguran con mayor fuerza, entendiendo, tal vez, como toda la Creación que lo mejor que se podía hacer, ahora o siempre, era eso, entregarse a la fuerza de lo que se anhelaba. A lo que se amaba. Jack y Ennis se aman con desesperación, tal vez temiendo al mañana, al tiempo que ya corre en contra de ellos, a la vida. Mientras Ennis lo muerde en un hombro, incapaz de controlarse, saboreando su piel, goza y sufre, porque entrevé un día sin Jack, toda una existencia sin él, sin eso que ahora viven. Pero por esa noche se tienen uno al otro y no falta nada más. Todo sobra. Sin embargo, mientras jadea entre los brazos de Ennis, de placer, ahogando un ‘te quiero’, Jack siente deseos de llorar, temiendo que una estación termine y deban abandonar la montaña; pero aquello no podía ser el final, lo que Ennis y él tenían era grande, y Ennis buscaría una solución. Lucharían por lo que tenían ahora.   

   Pero se separarían porque, aunque Jack estaba decidido a enfrentar y defender lo que sentía, su amor por ese otro tipo, confiado en el éxito que le hacía creer su juventud; Ennis no estaba dispuesto. Para él todo eso había sido algo físico, sexo, algo que había pasado en la montaña. Pero le bastó ver como Jack se alejaba para sentir todo el dolor e impacto de la separación, tanto que creyó morir. Los cuatro años siguientes, hasta el reencuentro, Jack viviría en medio de sobresaltos, con mujer e hijo, pero extrañando y amando al hombre al que una noche se entregó. Él estaba claro, lo deseaba, lo quería, lo amaba y su vida era incompleta otra vez. Nuevamente faltaba eso, su centro, su vida. Para Ennis la cosa fue más difícil, ya que su naturaleza hosca y cerrada, le impedía sonreír, o soñar alguna vez con su Jack… Casado y con hijas, no encuentra consuelo, cosa que lo aleja de su familia, de tener amigos y conocidos.   

   Él no puede ser como Jack, quien admite para si su homosexualidad y juega al coqueteo en un rodeo. Él no era así, él era un hombre que se había enamorado de otro hombre. Para bien y para mal, y ahora entendía cuánto necesitaba a ese carajo. Por eso al verlo nuevamente, al pies de esas escaleras, estuvo a punto de reír, casi le grito ‘estás aquí’. Corrió, conteniéndose, notando la mirada aún esperanzada y tal vez temerosa de un rechazo de Jack, y tuvo que caer en sus brazos, apretándolo, sintiendo su olor, su calor, ese cuerpo que había extrañado tanto; asustándose de comprobar cuánto había deseado eso, tenerlo así, a su alcance, a su Jack, la única cosa o persona que había llenado su vida en verdad.  

   Hora y media después, todo termina y Doménico siente que quiere morirse. De pesar. Por Jack, por Ennis. A Jack lo ama, de forma clara, total, sin meditarlo un segundo; por Ennis siente un terrible pesar, ¡pobre idiota!, tantas veces arañó el cielo y lo dejó escapar en lugar de aferrarlo con fuerza. No quiere mirar a nadie porque sabe que lloró un poco y la gente lo notará. Le molestó que algunos rieran y rechiflaran cuando los dos hombres comenzaron a acercarse. Pero eso había terminado hacia la mitad de la película. Era tan real, tan cargada de sentimientos que era imposible no amarla, y aún aquellos que hacían bromas y burlas, tuvieron que silenciar sus voces. Ese amor había sido demasiado claro, y fuera de los miedos y egoísmos de los protagonistas, cosa de gente común, todos en la sala entendían que risitas, burlas y rechiflas podían conducir a dos seres humanos como esos, tan maravillosos y hermosos, que tanto se querían, a ese infierno de dolor por miedo al prejuicio, al qué dirán, a la burla o a la persecución.   

   El joven se dice que la historia debió terminar en esa carpa, donde Jack y Ennis, contraviniendo toda la historia, decidían quedarse para siempre, acariciándose cada mañana, diciéndose que se amaban a cada hora, dejando el amor para las noches, cuando finalmente, ahíto de tanto quererlo y repetir su nombre, Ennis dormiría con una sonrisa en los labios, abrazado a su Jack. O debió terminar con el reencuentro cuatro años después. Ennis debió entender que el vacío que había en su vida y que no lo dejaba ser feliz, y que nunca lo dejaría, como tampoco haría feliz a su mujer, esa bonita y dulce Alma, sólo podía ser llenado por Jack, por ese hombre que vez tras vez, encuentro tras encuentro, le gritó de todas las formas posible que lo amaba y que ya no podía seguir viviendo sin tenerlo para siempre a su lado.    

   Que distinto hubiera sido si Ennis cediera y entendiera, y escaparan a un rancho, a otro lugar y aceptara que dijeran lo que dijeran, sólo así lograría la paz y la dicha. Y ver la historia hasta el final le imposibilitaba imaginar que sí, que en un trailer, por cualquier rincón de Texas o Wyoming, dos hombres compartían un trailer, una cama, una mesa y una vida, ya viejos, pero no ridículos ni patéticos, porque se habían amado mucho y aún se querían, y uno miraba al otro joven y delgado, de cabellos amarillentos; y este vería en el otro al atractivo moreno de ojos azueles que fue en su juventud. Pero era sólo una película, maldita sea, le cuesta reconocer con dolor, sintiendo el ardor en los ojos otra vez. Era una obra de arte, pero ya elaborada. Ennis no iba a mandarlo todo al coño para fugarse con Jack, amándolo hasta el final de sus días. Ni Jack iba a aparecer a lomo de caballo, con su sombrero negro calado hasta los ojos, frente a la cantina donde comía Ennis, gritándole que lo amaba y llevándoselo, como en la película Reto al Destino.   

   Sabe que es una locura, una tontería, pero imagina lo que pudo haber pasado si Ennis, al pie de aquella escalera mientras aún retenía a Jack contra sí, con el calor de su pasión, con la necesidad de tenerlo cerca, le hubiera dicho que esperara, que recogería algo de ropas y desaparecerían en la nada, lo abandonarían todo, y que Dios, las familias, la vida y los hijos los perdonaran después, pero que ya no soportaba seguir levantándose, comiendo y durmiendo como un autómata. Que necesitaba sentirse vivo otra vez, como en Brokeback Mountain, cuando sus bocas se unían, cuando podía beber su aliento y saliva, cuando podía tener su cuerpo y mirar en sus ojos el amor, la ternura y todo lo que necesitaba para estar completo otra vez. Pero Ennis tuvo miedo, de sí y de los demás. Y mientras se aleja del cine, perdido, como en medio de nubes, en una montaña alta de donde sabía que le costaría bajar, Nico lamenta todo ese dolor que a él le pareció innecesario. Esos dos pudieron ser felices.   

   Pero Ennis dudó, como duda tanta gente a lo largo de su vida. ¡Dudas! Había gente que vivía atormentada por dudas e incertidumbres. Había quienes sentían que el día a día era una batalla, que la plaza que no se luchaba dejándola abandonada hoy, por cobardía personal, por pereza o indiferencia, mañana podría ser llorada amargamente, porque la felicidad, o simplemente la paz, no se terminaba de conseguir. Pero la mayoría no era así. La vida es grave, la vida es seria, eso había leído el joven en una historia de Agastha Christie. Hay quienes sostienen que nacemos llorando porque ya comenzamos a morir, porque la vida nunca alcanza. Aunque no llegaba a los veinte años, el joven, que había perdido muchas cosas ya, sabía que los años pasaban rápidamente. Que la vida se llevaba primero las ilusiones y fantasías de la juventud, cuando uno creía sabérselas todas y pensaba que todo saldría bien, para reemplazarlos por los hechos reales.

   Nico no se engañaba, sabía que los años robaban la juventud, las fuerzas, las ganas, la lozanía de la piel, y entonces sólo quedaría lo que se vivió; y se estremece, y parpadea rápidamente, al imaginar a un viejo Ennis del Mar, arrugado, esperando que la muerte llegara al fin, como una liberación que le llevaría paz, de noche en una silla recostada en dos patas contra su fea vivienda, con la mirada perdida en el cielo estrellado y en el ayer, viendo a Jack a la rojiza luz de una hoguera, esperándolo eternamente con un amor y una entrega infinita; ¡pobre imbécil que había dejado pasar el tren de su felicidad! ¿Nadie le dijo que este no pasaba dos veces por el mismo punto? Ahora, bajo el influjo de la película, al joven le parecía que sus adversarios eran infantiles y fútiles, pero no por ello menos crueles o peligrosos.   

   Había gente que se empeñaba en campañas demenciales, intentando salvar el mundo, y perdiendo el alma en el camino, extraviando y provocando infinitos dolores a la gente a su alrededor. Nada había mejor que una reunión con los padres, los hermanos y los amigos, todos comiendo, bebiendo y riendo, sin que faltara uno (se dice con una mezcla de dolor, compungido, pensando en un viejo solitario en un trailer); hasta que llegaba esa persona especial, la que se esperaba, cuya voz hacía vibrar todas las paredes del corazón, de mirada clara, honesta, sin sombras, sin demonios, donde se adivinaba el cariño, que te toca y te dice que te quiere. En esos momentos no se cabía en sí de felicidad; entonces ¿para que buscar a Dios por los rincones? El joven esperaba, que si realmente había un Paraíso, fuera un lugar así, donde estuvieran todos. Uno donde un tal Jack Twist estaba esperando a Ennis, en una eterna primavera de juventud y belleza.

Julio César.

NOTA ACTUAL: Cuando escribí este relato, iniciaba en otra parte una historia distinta donde este Doménico es personaje central. Lo incluí como un adelanto.

MISS SIMPATÍA IV: DOBLE MISIÓN

agosto 13, 2009

SANDRA BULLOCK HOT

   -Parece mucho, pero apenas me alcanza…

   Nuestra agente encubierta del FBI preferida, sabe que para llegar al Lord europeo oriental de las drogas debe coronarse como miss universo pasadita de tiempo. Y la mujer, decidida, hace méritos extras para alcanzar la corona. Entre gritos, transpirada, con sus tetas haladas y pellizcadas por dos pares de manos, mordidas y chupadas por dos bocas ávidas, mientras su cuca era abierta por esa verga dura que temblaba en su interior, donde la halaba, así como su culito sedoso estirado al máximo por la otra verga que la enculaba, la mujer cree ganarse esos votos. Lamentablemente, como sabemos, nuestra chica no es la más lista del mundo; acaba de llegar a Ucrania y ya actúa… sin saber que uno de los carajos es otro policía encubierto, y el otro un luminito del concurso. Pero mientras lo descubre…

   -Hummm… ¡sí! –chilla saltando.- Métamelas hasta el fondo; denle duro, maricones… ¡Ahhh!

Julio César.

EL ZAC EFRON

agosto 13, 2009

ZAC EFRON HOT

   -Me enredé con la prensa.

   Hace tiempo Leyda, una de mis hermanas, y yo, íbamos a casa de otro hermano, Eduardito (odia que le digamos así), para saludarlo y ver a nuestros sobrinitos (sólo íbamos por los niños pero hay que simular con él y mi cuñada que también nos alegraba verlos), cuando escuchamos música a toda mecha. Era moderna, sonora y de tipo banda juvenil. Se oía bien, es verdad, y cuando nos paramos frente a la puerta de la casa, abierta, nos quedamos fríos. Allí estaba Eduardito (es el menor, ya tiene 23 años), con su nena abrazada, cantando y bailando… ¡¡¡la música de HIGH SCHOOL MUSICAL!!! En cuanto nos vio se puso pálido y dejó de hacerlo, mientras Leyda y yo (¡cuas, cuas, cuas!) lo tomamos con elegante humor (¡qué no dijimos!). Después de lanzarnos una grosería (los reales gastados en su educación se perdieron), nos dijo que a la beba le encantaba esa música y los bailes (una bebita de ojos grandes de dos añitos, ¡bella!), y que bailaba por ella (¡tan sacrificado! Así se me empañó la vista), y que “la serie no es ni mala”, dijo a la defensiva. Para que entiendan su bochorno, es como si a mí, con veinte años, me hubieran encontrado viendo, bailando y cantado con un video de “MENUDO”. ¡Qué raya!

   Por algunas otras personas supe que sí, que esa serie causaba furor en la muchachería. El caso fue que a mí el protagonista, Zac Efron, el jovencito, me pareció conocido pero no lo ubicaba. Este muchacho nacido en California (el corazón cursi del Imperio), ya cumplió los veinte años pero parece más joven, y es otro de esos niños prodigio que cuentan con ángel, carita, talento y mucha suerte, como hay que tenerla para caer en el papel adecuado. Actúa, canta y baila, todo un estuche de monerías. Pero yo seguía sin recodarlo hasta que vi un capítulo de la tercera temporada de NCIS (la Escena del Crimen, pero de la Naval), en una aparición corta e irrelevante, fue divertido verlo asustado con un amiguito de que fueran a torturarlos para que confesaran.

   Luego, como pasa cuando uno se fija, lo reconocí en un capítulo, de la tercera temporada también, de SCI MIAMI (la cual, junto con NCIS, son dos de mis series preferidas, para lo demás no hay mucho tiempo hasta que llega 24 otra vez, ese Jack Bauer es un caso). Allí, aunque hablaban en inglés, su actuación fue más destacada porque el argumento era más fuerte y exigente, más profundo. Él, un muchacho común, su padre viudo y un hermano menor, un niño, estaban bajo investigación por un asesinato. No les contaré nada por si no la han visto, pero fue uno de los mejores episodios, me recordó uno de otra serie donde una mujer, con lágrimas contendidas en sus ojos, confiesa haber matado accidentalmente a su hijo recién nacido para cubrir al verdadero culpable, para que este no cargara toda la vida con el estigma de haber matado al pequeño. Fue algo en ese estilo; y muy conmovedor, cuando el padre y los niños, cada uno por su lado, se echa la culpa para salvar a los otros.

   Ahí me pareció que lo hacía muy bien, que tenía futuro, aunque… tiene una pinta un tango andrógina que debe alarmar a su mamá. Se supone que eso gusta mucho ahora, como el que las jovencitas parezcan zorritas, pero creo que se le pasa la mano. Es como muy bonito, y ni el detestable señor Brad Pitt era así. Aunque este fue el argumento que se utilizó cuando su propaganda sobre el carro aquel que era detenido por una fiscal de tránsito, donde se veía realmente bien el catire, fue prohibida en algunos países asiáticos, porque ‘causaba tensión’ en la juventud. Es el viejo argumento con el cual se explicaron, en los setenta, algunos suicidios en el Japón, donde varias jóvenes se quitaron la vida porque “no podían parecerse a los Ángeles de Charlie”. ¿Verdad que da cosa pensar en la frustración y depresión de una jovencita que piensa así? Pero divago, este muchacho ya ha tenido sus malos momentos con la prensa donde ya se especula, (¡qué raro!, viven en eso) sobre una posible orientación homosexual, contándose nombres y detalles. Debe ser el precio de la fama, o una conclusión errónea a una simple forma de actuar del muchacho al estar con amigos. Tengo un conocido que es horrible, te va a hablar y te pasa un brazo por el cuello como un oso y te habla de cerquita cuando se trata de algo privado, siempre se teme un salpicón. Es incómodo, uno se tensa todo, pero ya no sabemos como quitarle esa costumbre.

   En fin, ojala le vaya bien a este muchacho, Zac Efron, fuera de pinta tiene talento para mostrar preocupación o temor, como hizo en SCI MIAMI; y parece más serio que sus pares femeninas, que no terminan de rellenar el sostén cuando ya se andan metiendo en problemas, y muchos son de esos serios. Suerte para él.

   Estoy pensando comprar la segunda parte de la serie para el cumpleaños de mi hermano, con un: “sé que lo disfrutarás”.

Julio César.

CORAZÓN GUERRERO…

agosto 13, 2009

DOS GUEVOS PARA MARGARITA

   …cuca caliente.

   La vida debería ser simple, y justa, pensaba Margarita mientras gemía ahogada, subiendo y bajando su cuca ávida sobre el grueso güevo, a tiempo que se mamaba otro. ¿Por que una mujer no podía amar a dos chicos? Algunos hombres tenían dos o tres mujeres, pero a las chicas se les discriminaba, ¿por qué? A ella le gustaban esos dos, ¿por qué no tenerlos? ¿Quién coño le decía que no? Cuando lo propuso casi se mataron a golpes hasta que ella, en pantaleta y con las tetas al aire se metió entre ellos. Esos los calmó de ánimos pero no de carnes. Ahora las saborea entre gritos puticos de gusto. Por el momento parecen haber pactado esos dos, pero… ¿qué dirán cuando le pida a Gustavo que se la meta por el culo mientras Gregorio sigue cogiéndola? Ya verá, ¡pero lo hará!

Julio César.

EL GOBIERNO DA “SENSACION”… DE INCOMPETENCIA

agosto 13, 2009

SEXY NENA

   -Es que te dejan como desnuda en la calle…

   Llevados al extremo de decir tonterías para taparear tanta incompetencia y corrupción, al gobierno de Hugo Chávez le quedan sólo tres caminos, tapar el sol con un dedo, perseguir gente y evadir responsabilidades. Nada de lo que ocurre es culpa suya. Siempre es de alguien más. La cosa se le ha dificultado porque ya no puede culpar al gobierno anterior porque ha gobernado durante más de diez años y ya no está Bush para responsabilizarlo de todo. Ahora inventan… desatinos más bien idiotas. Aparentemente en Venezuela no hay inflación, inseguridad, hampa, miseria… tan sólo “parece” que lo hay. Parece, pero no. Veamos…

……

POLITICA DEL CARIBE

Por Héctor Pérez Marcano.

   En los últimos días se ha desatado una feroz competencia entre algunos de los encopetados dirigentes y funcionarios del régimen por inventar expresiones o términos que justifiquen su represión o complazcan al Comandante con explicaciones que pretenden ocultar la ineficiencia de sus políticas y las incapacidades para resolver los gravísimos problemas de Venezuela.

   Ya Rafael Ramírez, en el pasado reciente, “se la comió”, domo diría Fidel Castro complacido, con aquello de “rojo rojito”, despertando la envidia de los otros ministros.

   Pero de donde menos se esperaba ha salido la expresión y explicación más sensacional: la, y que, Defensora del Pueblo, se exprimió el cerebro que le quedó echando humo, cuando se le ocurrió decir que, en un país donde semanalmente hay más muertos que en Irak y Afganistán, -sin contar los secuestros Express que no son denunciados- no hay inseguridad, que realmente lo que ocurre es que la población tiene una “sensación” de inseguridad.

   Sí extendemos este maravilloso descubrimiento –que es realmente un importante aporte científico, digno de Jung o Freud- a lo que ocurre en el país tendremos que al fin hemos llegado al “mar de la felicidad” cubana. Se explica fácilmente todo y realmente todos los problemas se han solucionado, ya que no son problemas, sino “sensaciones”.

   O sea, como dicen los chamos, que Chávez no intentó un Golpe de Estado, lo que ocurrió fue una “sensación” de Golpe de Estado. Los 23 mil trabajadores y técnicos despedidos de PDVSA –a los que además se le han confiscados sus ahorros- realmente están confundidos. Ellos deben tener la “sensación” de que fueron botados, pero no es realmente así.

   Simonovic, Forero, Vivas y los demás compañeros condenados a treinta años para cubrir a los asesinos de puentes y azoteas el once de abril, deben saber que eso sólo es una “sensación”; realmente no son presos políticos de Chávez.

   Los venezolanos (as) debiéramos tener la “sensación” de que PDVSA no está en apuros financieros, tan sólo es una “sensación” de quiebra.

   Podríamos seguir enumerando “sensaciones” sobre la inflación, la corrupción, el gordo Antonini y su obesa “sensación”, la invasión de cubanos, etc. Si lleváramos el asunto a lo jocoso, el pobre Magglio Ordóñez, quien desde que se declaró chavista no le pega ni a un melón, debe tranquilizarse al saber que lo suyo no es un slump, ya su manager Leyland sabe que es sólo una “sensación”, a menos que piense que Chávez es realmente pavoso.

……

   Realmente esa mujer, Gabriela Ramírez (Defensora del Pueblo), dijo eso, pero no es su culpa, ella sabe que únicamente tapareando, mintiendo y echándole a los demás las culpas del régimen, puede continuar en ese cargo para el que no estaba, ni estará jamás, preparada. En cuanto a lo de la pava siriaca que acompaña a Chávez, ¿alguien lo duda? Pregúntenle a Manuel Zelaya.

Julio César.

PUDOROSA

agosto 13, 2009

BIKINI CALIENTE

   -Sí, lo sé. Este bikini tiene mucha tela. Es que me da vergüenza ponerme cosas más chicas. Pero sí tú insistes y quieres verme…

Julio César.

ELLA PERDONA Y OLVIDA

agosto 13, 2009

   Víctor es un joven agradable, buena gente, de buena pinta, que está a punto de casarse con Marianita, a quien cita en una tasca para tomar algo, e insistirle que le de una ‘prueba’ de amor. La llamada de la joven diciéndole que se retrasará pues sus padres fueron de visita, coincide con una morenaza que lo mira, sonríe y hace señas desde la barra. ¿Qué más decir que se acercó, dijo cositas, ella rió y se fueron a una pieza? Fue allí donde comenzó la sorpresa.

NENA CON SORPRESA

   Una vez excitado en la cama, el joven notó que ‘ella’ también lo estaba. ¡Y se le notaba! Mucho. Aterrado, y furioso, intentó salir a fuerza de golpes, pero la ‘joven’ parecía conocer artes marciales, y de dos golpes lo lanzó a la cama, sometiéndolo. ‘Ella’ sí pensaba divertirse con el bomboncito encontrado.

MACHO SOMETIDO

   Desnudo, atado y amordazado, Víctor intenta defenderse, ponerse de pie, correr, mientras ‘ella’ siseándolo, le aconseja que se calme y relaje para que lo disfrute mejor; y lo acomoda… en la entrada del culo del chico. Víctor, para sus adentros, gritaba pidiéndole ayuda al Cielo, arrepentido ahora, deseando no haberse dejado llevar nunca por su debilidad, pero…

MACHO COGIDO

   -Hummm… -gruñe ahogado, avergonzado por lo que le pasa.

   Esa ‘mujer’ se lo clava hondo, duro, cepillándole la pepa del culo (frotes a la próstata) y a él se le puso duro también. No quería, se revolvía, gemía que no, pero su culo atrapaba una y otra vez ese palo duro y caliente. Casi se corre cuando ‘ella’ se lo atrapa, masturbándolo.

   -¡Víctor, ¿qué es esto?! –grita una aterrada voz desde la puerta. Se trata de Marianita quien fue a buscarlo y le dijeron por dónde se había ido. Su llegada coincide con una abundante corrida de la ‘mujer’ y del joven.

   La ‘otra’ salta de la cama, toma sus cosas y desaparece, mientras Marianita, conmocionada, suelta al novio avergonzado, que cae de panza en la cama, ocultando el rostro, lloriqueando que no fue su culpa. A su lado ella lo acaricia y consuela, besándole la nuca, diciéndole suave que no importaba, que nadie sabría nunca de lo sucedido.

……

   -Le gustó. –dice la ‘mujer’ sentada a una mesita de café, bella, notando a un carajo joven que viene cargando un bebé, al lado de su mujer. Otro que necesitaba una lección.

   -Sí. Imaginé que así sería. –ríe Marianita, tomándose su café negro, caliente y amargo.- Nos casaremos en dos días. Dejaré pasar un mes más o menos y me compraré un buen consolador para atenderlo de vez en cuando. –sonríe malosa.

   Todo había sido idea de ella, para quitarle a Víctor las ganas de andar pajareando por ahí; ahora se casarían por amor… y porque él se sentía obligado con ella que sabía lo que le ocurrió, lo perdonó y le guardó el ‘secreto’. Más tarde, cuando, de noche en noche, le diera con el juguete, lo tendría aún más en sus manos. Cebado. Sonríe bella, el matrimonio sería maravilloso. Víctor sería suyo. Realmente suyo.

Julio César.