PENITENCIA

chica-caliente

   El tipo la tenía bien ensartada…

 

   -¡Trágatelo, pedazo de puta y no digas que no puedes! –le grita el hombre, ofensivo, antes de halarle el cabello obligándola a subir y bajar sobre el grueso falo del que mana un licor salino y ardiente.- Ahhh… sí, chúpalo así, perra sucia… Y sube alto ese culo, quiero que te ensartes tu juguetito bien en ese culo de mujerzuela barata.

 

   -Aggg… -era todo lo que salía de esa boca extendida al máximo mientras el grueso y duro güevo caliente le desencajaba las mandíbulas, aplastándole la lengua, ahogándola. Tenia casi media hora tragándolo, dos veces se le había corrido ya, llenándola de leche caliente, y una vez le había orinado encima antes de volver a clavársela, mientras el culo ya le duele de tanto subir y bajar sobre el consolador.

 

   Martina estaba atrapada. Una semana antes de ir al bingo de la iglesia, donde es vista como una mujer responsable, buena y decente, buena esposa del concejal de la zona, madre de tres bellos niños pre adolescentes, había estado jugando con su consolador cuando ese carajo entró, llamándola a gritos porque el carro se le incendiaba. A la sorpresa de ambos, el hombre la insultó feo, pero ella le vió la erección y temió justamente esto. El tipo la chantajeaba con unas fotos que tomó con su teléfono, diciéndole que en la cartelera de la parroquia, en la del consejo municipal y en la de la escuela de sus hijos aparecerían las fotos. Desde ese momento el carajo la hacia tragar litros de semen, la obligaba a meterse dos consoladores, a veces uno por el culo y otro en la vagina, o los dos por un solo orificio, o la cogía duro por el culo haciéndola gritar mientras le pellizcaba salvaje una teta y con la otra mano le metía el consolador por la vagina. Estaba atrapada y sólo terminaba cuando…

 

   -Ahhh… sí, trágatela toda, maldita puta… -jadeó el hombre, disparando su carga, llenándole la frente, meándole luego el rostro, sonriente, con malévola diversión sádica.- ¿Dónde está mi sotana? Debo llegar a oficiar misa de cinco, perra…

 

Julio César.

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