COLOMBIA CAYÓ FEO DE UNA PIRAMIDE

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   Lamento decirles que no sé llegar al nudo de las cosas de forma directa, así que tendrán que calarse dos referencias previas. Como inspector sanitario me tocó trasladarme hace unos tres años a un conocido hospital público caraqueño donde atienden enfermedades neoplásicas, era únicamente oncológico, el Luís Razetti. Un hospital chico, feo, sin grandes recursos, pero donde la gente trabajaba, y trabaja aún, con las uñas. Se discutía en el Servio de Radioterapia qué hacer con los pacientes que llegaban, ya que al colapsar por ese tiempo este servicio en el Hospital Militar (una larga historia de lamentos), y el Llanito (otra historia de dolor con esa máquina nueva), todos debieron ser referidos al Razetti. El equipo que tienen capaz de atender volumen es un acelerador lineal computarizado, pero de los viejos, que salió bueno. Les habían recomendado al entregarlo en el 97, que trataran de 60 a 70 pacientes diarios; al poco tiempo atendían 80, luego 90 y para ese momento andaba por sobre los 110 pacientes, por la emergencia. Pues, como era de esperar, el equipo dio señales de que no aguantaría y los médicos del centro se dividieron en dos corrientes. La jefa del servicio no quería admitir un paciente más, pero otros, jugando a la política, decían que había que ingresar hasta que aguantara. Recuerdo, molesto como estaba yo, a uno de los médicos nuevos decir que él jamás rechazaría a un solo paciente y que los iniciaría a todos. Fue cuando me sorprendió mi jefa, la doctora Pereira, nueva para ese momento.

 

   Con un tono de voz seco, le dijo al galeno que esa era una gran manera de actuar, que era un buen sujeto y un buen médico, pero que jamás serviría para jefe y que nunca aceptara una jefatura. Eso lo descontroló. Fue cuando dijo que apoyaba a la jefa del servicio, alegando algo más o menos como esto: muchas veces un jefe debe tomar medidas duras, que parecen hasta crueles, por eso está solo, la gente lo culpa de todo, y más cuando debe ser duro hasta con aquellos a quienes aprecia si se desvían. Mirando al doctor en cuestión le dijo que la doctora no podía detenerse a pensar en un paciente, por muy doloroso que fuera su caso, cuando tenía bajo su responsabilidad el tratamiento de más de cien; que esos cien pesaban más. Que era irresponsable y hasta criminal poner en peligro el tratamiento de todos esos por una sola persona, que de dañarse la máquina ¿qué bien le harían a todos, incluido a ese?, y que además tendrían el problema de qué hacer con toda esa gente. Y es cierto, era, y es aún, preferible tratar a esos cien aunque muchos lloren de desconsuelo, que arriesgarse a no poder tratar a ninguno. En caso de emergencia allí también, ¿a dónde podían haber enviado a esos más de cien pacientes, qué instituciones podrían haberse hecho cargo de semejante volumen? Era una decisión dura, pero afortunadamente siempre hay alguien que la toma sobre sí.

 

   Lo otro que quiero comentar, brevemente, se refiere ya en sí a Colombia, cuando al presidente colombiano Ernesto Samper se le investigaba por la narco patrocinada a su campaña, algo que fue comprobado (no fue que lo imaginaban o suponían), y los políticos colombianos, la fiscalía colombiana y los tribunales colombianos lo absorbieron de toda culpa y responsabilidad, el pueblo neogranadino debió entender muy bien el mensaje: vale la pena ser un vivo, un delincuente, porque eso da dividendos y jamás hay que pagar el precio. Aquí en Venezuela se dijo, lo leí en la revista ZETA, comentado por Rafael Poleo y Jurate Rosales, que el daño causado por la clase política a ese pueblo, era similar al hecho aquí por Carlos Andrés Pérez, el mayor corrupto hasta ese momento (antes de Chávez, a ese no creo que le gane nadie), cuando no solo robó sino que envileció los patrones éticos de todos los venezolanos.

 

   En Colombia, actualmente, ha estallado el escándalo de esos centros financieros fraudulentos que pagaban exorbitantes ganancias a sus participantes, quienes vendían todo lo que tenían y lo invertían allí para duplicarlo prontamente. Lo increíble es que semejantes instituciones trabajaran durante tanto tiempo sin llamar la atención de las autoridades, ¿en verdad nadie se había dado cuenta? Algo parecido ocurrió aquí cuando la crisis bancaria del noventa, mientras más endeudado estaba un banco, y más señales daba de estar hundiéndose (algunos parecían semáforos), y aunque algunos periodistas así lo alertaban, más intereses pagaban a los ahorristas y más gente depositaba en ellos. Cuando quebraron y escaparon con las botijas llenas, muchos lloraron y culparon al gobierno del viejo Caldera, que culpa tenía, cuando no quisieron oír advertencias. ¿Me va a decir un colombiano típico que jamás se preguntó como hacía esa gente para pagar esos dividendos? En un país donde el narcotráfico anda desesperado por blanquear capitales, ¿no se le ocurrió a esa gente de bien que de allí podían salir esas ganancias extrañas? Quién sabe cuánto del secuestro, el robo y la extorsión no salió bendecido también por ese camino.

 

   La avaricia cegó a los colombianos, no quisieron recordar que nada cae del cielo, que nadie regala nada de gratis, que siempre hay un precio que cancelar, el de la estafa, la del estafador, al final del ‘arco iris’. Y ahora les llega el tiempo de pagar, y se molestan, claro, por una parte pagar no es sabroso ni saber que a uno le vieron la cara de idiota (que no es el caso, en el fondo sabían que esas ganancias provenían del delito). Las autoridades intervinieron esas organizaciones, esa gente perdió su dinero y ahora gritan, patalean, lloran y amenazan por sus munas. Dinero que pensaron que sembrándolo en la tierra abonada y milagrosa del estafador les daría maticas de real. Viéndolo en frío, uno no se explica cómo tantos cayeron en esa estafa de la pirámide, ¡es que es un truco tan viejo y conocido! (por eso insisto, no son inocentes); sólo hay algo más falso que eso, el juego del grano en tres cáscaras de nueces, ¿quién, con dos dedos de frente, puede caer en semejante trácala?: aquellos que creen que son muy vivos, y que se van a llenar sin tener que hacer nada. Ningún colombiano puede alegar que creyó que ese dinero salía de debajo de un colchón, del mar o de debajo de las piedras. No, no quisieron ver, no desearon saber, no intentaron averiguar; un tipo llegó con un traje de rayas, un gran lazo rojo en el cuello, un sombrero de feria y con una carretilla llena de billetes gritándoles que arrojaran su dinero y todo lo que cayera era suyo… y se lo creyeron… porque querían creerlo. Ahora viene el amargo despertar, pero aún así se aferran a la esperanza de salvar su parte del botín.

 

   Una de las cosas más aberrantes que nos ha tocado presenciar de la hermana república, son esas marchas, concentraciones, protestas y gritos contra las autoridades exigiendo que reabran las casas de pirámide y los dejen seguir legitimando capitales. De verdad fue impresionante. Casi temo que, quitándose la careta como en un baile de mascaras, la población pida un referéndum para convertirse, ahora sí, en una nación productora y exportadora de drogas, ya que eso da plata. Pero es comprensible el desasosiego de esa gente, y su confusión mental; cuando no se observa fácilmente la línea entre lo ético y lo que no lo es, lo permitido o lo que no, cuando se sanciona al bolsa por cualquier infracción pero no al presidente Samper, esto tiene que pasar. Ahora a Álvaro Uribe Vélez, el cuatriboleado presidente colombiano, le toca el duro papel del villano, el que dice: “No, no pueden seguir legitimando dinero de las drogas; lo siento, pero no”, y como el abogado del diablo, será atacado y odiado, por hacer lo que se tiene que hacer, cortar con otro tentáculo del crimen organizado en Colombia. Es un hombre inteligente, sabe que el narcotráfico, la narcoguerrilla, y agitadores sin Piedad, intentarán sacar provecho de esto. Todo esto me daría pena, ordinariamente, ahora no, también Uribe se hizo el loco con otras formas de delitos, comenzando por apoyar a esas instituciones y regimenes seudo democráticos, que atacan a la población desarmada. Pero, ojalá, salgan con bien de esto; hasta el ridículo incidente de la gente que creía en los frijoles mágicos, porque quería creer, siempre nos pareció que la sociedad neogranadina era más sensata.

 

Julio César.

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