Archive for 27 febrero 2009

CUÁNDO ARDE…

febrero 27, 2009

pepa-caliente

   Una mujer siempre lo quiere…

 

   -¿Quieren que les diga la verdad? Siempre la tengo caliente y me pica, sólo deseo meterme vainas, que si un dedo, una vela, una botella. Así que chicos, anímense y cepíllenmela bien la cuca, miren que lo necesito…

 

Julio César.

Anuncios

DE ASTROFISICOS Y DE CANIBALES

febrero 27, 2009

los-tirame-algo

   -Nos las estamos comiendo…

 

   Hace tiempo, leyendo un artículo de Elizabeth Burgos y un tratado sobre antropología, vi el paralelismo descrito arriba; en dicha revista científica me enteré de una controversia sobre un hecho que dimos por sentado en nuestro transitar por el liceo cuando estudiábamos historia universal, referente a las familias del hombre y la evolución. Se sostenía que el hombre de Neanderthal, un tipo de hombre más simiesco y primitivo, había existido mucho antes que el Cromagnon, ejemplar más moderno. Lógico, un ser más básico da pie a otro mejor elaborado. Pero ahora hay quienes sostienen que la cosa no es tan simple, que toda la evidencia antropológica parece sugerir que los dos tipos humanos convivieron al mismo tiempo. Esto es rechazado por mucha gente, sobretodo si nos regimos por una línea tajantemente recta de evolución, pero hay quienes atacan tal creencia como ‘dogmática’. Y viéndolo bien, no necesariamente tendría que ser así, espacio queda para la especulación sin que resulte tan disparatado.

 

   Si el hombre evolucionó de entes más primitivos, no es totalmente lógico suponer que esas facetas más elementales desaparecieran automáticamente al aparecer un tipo más elaborado, ya que los simples monos aún existen tal y como fueron hace chorrocientos años. Dos ramas podían, y pueden, coexistir una al lado de la otra, sobreviviendo a la larga la que mejor salga parada en la evolución somática. Y recordé una cita: hoy, actualmente cohabitan en este planeta ingenieros de la NASA junto a pigmeos de Nueva Guinea. Ojo, y no digo que uno sean más humanos y otros menos (eso se le deja al nazismo, al fanatismo o al socialismo). Los dos representan, cada uno, aspectos diferente de evolución cultural, sin embargo ambos son tipos ‘humanos’; simplemente un grupo marchó en la carreta de la evolución tecnológica y la otra continúa estancada (y atascada) en la lanza y la flecha. Y eso, en variado grado, ocurre en todos lados; la diferencia la hacemos los seres humanos, unos continúan, otros se estancan (y en casos patéticos, retroceden).

 

   Lo que en Venezuela comenzó un día hace diez años como una esperanza de alcanzar justicia social, un ideal de patria grande y soberana, auto eficiente, redentora de las deudas e injusticia del pasado, al poco tiempo fue transmutando en una apetencia pedestre de poder unipersonal en la figura de esa vieja institución del caudillo de hace doscientos años, amo, dueño y señor de vidas y destinos. Esta insania de poder por el poder, del culto al “yo supremo”, al Individuo que no utiliza tiempo, recursos o esfuerzos para crear, dignificar y cubrir aspiraciones sociales (no hay fábricas que den empleos; empleos que permitan un salario regular para gastarlo en lo necesario y/o en lo que se desea, base también del ahorro y la seguridad personal en casos de emergencia) han terminando creando una sociedad cómplice que hace caravanas esperando lo regalado, las limosnas que caen del bolsillo del hombre fuerte, destruyendo valores personales morales y elementales como el auto respeto o el derecho a hablar, pensar y actuar según la propia conciencia, sin temor a ser agredido o sancionado por ello; acabaron aún con el ideal de patria.

 

   El retroceso social y atraso cultural que representan hombres como Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega, el regreso del autoritarismo (yo mando, tú callas y obedeces; la patria soy yo, yo soy dueño de todo) contrasta salvajemente con el resto de un mundo intercomunicado donde se especula y experimenta con la creación de agujeros negros mediante grandes aceleradores para entender el origen del todo, la reproducción del Big Bang. En la comparación pierde el cuarteto tiraje algo, ya que quedan retratados como trogloditas, pequeños en la mezquindad de sus objetivos individuales. Personalmente los asocio a una de las tendencias ideológicas más irresponsables y peligrosas que lleva siglos asolando al mundo, el socialismo, la izquierda; pero aún dentro de esta hay voces que se alzan para condenar la actuación de estos payasos que hace tiempo dejaron de hacer reír.

 

   En Venezuela, Domingo Alberto Rangel, el viejo, el eterno hombre de izquierda, abstencionista de corazón y anti imperialista, denuncia a Chávez como una estafa, un mentiroso, un manipulador; para un hombre anciano que toda su vida soñó con la implementación de una base programática según la ideología de izquierda para ‘cambiar el mundo’, este fraude debe ser desgarrador. Bueno, cuando la Unión de Artista y Escritores de Cuba censura las actuaciones de un hombrecito envejecido y con visibles rastros de desequilibrios (seguro creyeron que hablaba de Chávez, pues no), Daniel Ortega, hay que concluir qué algo extraño está pasando dentro de la izquierda (aunque desconfío de ellos). A Ortega se le ataca como digno representante de lo más oscuro, retrograda y turbio del ruralismo patriarcal, el sujeto de edad decadente que se siente con derechos sobre sirvientitas, esclavas y aún la hijastra; una niña, para ese entonces, acallada en su llanto y reclamos por una canallada conocida como el Partido Sandinista.

 

   Frente a un mundo que se plantea, a nivel teórico, el ‘mejoramiento’ de la raza mediante la manipulación genética (¿imaginan eso?, gente saludable, sin miopía o cardiopatías, sin genes tendentes al cáncer o la diabetes; pero aún más, resistentes físicamente tal vez hasta a problemas como la polución industrial e incluso la radiación), un grupito llama a acabar con quienes saben leer y escribir; que arrebata y desmantela la gran hacienda donde se cosecha o cría ganado, para ‘entregarla’ a los sin nada que terminan devorándolo todo, abandonándola luego; y cierran fábricas que permiten uno que otro empleo remunerado, enviando a multitudes enteras a las calles a vender porquerías o esperar subsidios, cuando no morir de hambre. Lo peor es la aceptación de multitudes que parecen no reparar en cada una de las libertades, de las oportunidades irrepetibles, que va perdiendo, y el aplauso canalla de elites en países ricos quienes miran, como si de cucarachas se tratara, el exótico experimento sobre poblaciones enteras. Bueno, pensarán ellos: no son más que latinos. Ya se lo hicieron al África, era nuestro turno.

 

Julio César.

LA SORPRESA

febrero 27, 2009

nenas-sexy

   Y todo les ardía…

 

   -Bueno, jefe, este es su regalo por el aumento prometido… pero tiene que cumplirnos y de aquí no se va hasta que las pepas del culo y de las cucas dejen de picar, ¿okay? Diga si puede o escape mientras pueda…

 

Julio César.

PELEA DE GATAS

febrero 24, 2009

nenas-en-bikini

   -Suéltame, perra…

 

   En la playa, cerca del mediodía, fue cuando ocurrió aquel desastre, dos féminas de muy ver comenzaron a pelear en la arena por un muchacho que al parecer la tenía del tamaño que les gustaba. Gritaron, golpearon, halaron y se revolcaron. En medio de todo aquello, los trajes de baño se clavaron por todas partes, provocando los aplausos de los presentes, antes de desaparecer totalmente. Una, furiosa, atrapó un pezón de la otra, quien, gritando, la empujó y clavo dos de sus dedos en la cuca depilada y sonrosada de la chica caída, quien gritó de sorpresa… abriendo más las piernas, cosa que le gano que esta le clavara también dos dedos por el cerrado culito, teniéndola ensartada por todos lados. Fue horrible… porque en esos momentos estaba yo  almorzando y nada vi.

 

Julio César.

FRONTERAS DE BROKEBACK MOUNTAIN

febrero 20, 2009

FRONTERA

noches-de-soledad

   -Deja que te quite la tristeza, gringo; déjame quererte…

   El hombre avanza lentamente por la calleja oscura arrastrando los pies, con la vista baja, terriblemente avergonzado de verse expuesto así a las miradas insolentes de los putos que lo observan recostados de las paredes en penumbras. El caminante no quiere estar allí, se siente mal con tan sólo recorrer la calleja, pero no puede evitarlo. No quiere estar solo. No ahora, no esa noche, porque sabe que cuando finalmente se detenga lo alcanzará en oleadas grandes el dolor del rechazo, del desamor, de la crueldad del ser a quien tanto ama. Y esa noche cree que no podría resistirlo. No solo. Así que camina, alzando fugazmente la mirada, indeciso en lo que busca, engañándose a sí mismo, porque sabe bien que quiere encontrar un destello de cabellos claros, o un rostro enjuto al que pareciera costarle sonreír, una cara como tallada en madera. En las sombras, en otras caras, busca el rostro de alguien que no está allí, que no está a su lado, pero que, tal vez, en la oscuridad pueda imaginar que si, ahuyentando la pena y la soledad.

   -Desea compañía… señor… –surge una voz de la oscuridad, de pronto. Una voz joven, fuerte, falsamente solicita.

   El muchacho, un mexicanito muy joven a decir verdad, de actitud desafiante y ofrecida, está recostado de un muro y se endereza para que el gringo admire su postura. El joven entiende que lo sorprendió apareciendo así. El hombre no lo había visto ya que caminaba con la cabeza baja y el sombrero muy calado sobre los ojos, como si no deseara realmente ver lo que hay a su alrededor. Pero el joven, sabiéndose bien parecido, comprende cuando gusta y repara en que cuando al fin lo detalla, una sonrisa leve de aceptación, y algo de azoro, aparece en ese rostro, una sonrisa jovial y amistosa que casi eclipsa con su intensidad las penumbras del rostro, mientras asintiente con la cabeza.

   El joven no necesita más y comienza a caminar hacia un callejón rumbo a la pieza donde atiende sus negocios, con el hombre a su lado. El muchacho sonríe leve en las sombras, notando como otros putos le lanzan miradas de envidia. Sabía por qué: había enganchado al gringo bonito, y para los otros sólo quedaban los tipos gordos y groseros, siempre hediondos a borrachera, que se embriagaban antes de ir al callejón a atender otros asuntos. Él se había llevado el premio de la noche, el tipo joven de apariencia amable. Y eso infla su ego de muchacho, y sonríe con suficiencia… hasta que nota la distante y evaluadora mirada que el gringo bonito lanza en el camino que recorren, lleno de basura regada, o amontonada en bolsas y pipotes, que ofendían al olfato. Y eso no le gustó por alguna razón al muchacho.

 

   Cuando llegan ante una ruinosa escalera que sube, el joven le indica con el pulgar que es por ahí. Y se estremece desconcertado, cuando el otro lo mira, con esos ojos azueles grandes que parecen iluminarlo todo. Es una mirada de hermandad, de reconocimiento, pero también había tristeza de un dolor viejo. Y por primera vez en mucho tiempo, el joven siente vergüenza de su vida, de su oficio, de lo que hace. Porque hay dos cosas que comprende rápidamente, que ese joven señor de rostro agradable, sonrisa hermosa y mirada limpia, cargaba su propia pena, un dolor que lo atormentaba y producía ese brillo febril de angustia en sus pupilas; y lo otro es que, aunque ese tipo andaba mal por algo, aún le alcanzaba la bondad para lamentarlo por el, para sentir algo como pena por el joven puto de dieciocho años que cada noche hacía mil veces el recorrido del callejón a las escaleras, del momento del contacto al del dinero arrojado, del fin del negocio al asco personal. En esa mirada le parece leer mil preguntas: ¿Qué lugar es este, muchacho? ¿Cómo has llegado hasta aquí, niño solitario? ¿Quién eres tú realmente, muchacho? Eso lo altera de forma violenta, pero aunque quiere rebelarse y molestarse con el gringo que lo cuestiona, hay tanta bondad, inocencia y tristeza en los ojos del otro que no puede sino sentir congoja. ¿Por qué tenía que mirarlo así, carajo, como si no fuera sólo un pedazo de carne barata? Eso no le gusta.


   No lo entiende, ¿por qué le afecta tanto ese tipo? Él no era ningún marica. Él los usaba, se vendía, vendía su cuerpo, pero nada más. Los odiaba. Los despreciaba, sentía rabia cuando llegaban esos tipos bravucones sucios, que lo tocaban y lo usaban brutalmente, como si necesitaran mostrarse toscos y desdeñosos para estar con otro, con uno que se vendía. A él no le interesaba nada de eso. Les tenía asco, el acto entre hombres le parecía un pecado. Lo hacía por plata, y en cuanto tuviera suficiente se marcharía de allí con su novia de toda la vida, bien lejos de la jodida y maldita frontera que acababa con esperanzas e ilusiones como sus desiertos terminaban con los que soñaban con el Paraíso del otro lado. Era por ello que el joven siempre exhibía su plan de batalla a esas alturas del negocio, frente a las escaleras: pedirle al cliente algo de beber en el bar cercano. Y generalmente lo complacían, porque eran los sabrosotes, lo que tenían plata, o porque lo querían más agradecido. Bebían y bebían y él deseaba que se rascaran y durmieran, hasta la hora de quitarle sus honorarios. Pero allí, pisando el primer escalón, duda. Duda y lo mira, y el hombre le corresponde nuevamente con esa maldita sonrisa, abierta y franca, y el joven siente que las piernas le tiemblan un poco, porque se sorprende pensando en que un tipo así debía amar suave y bonito.

 

   -Me llamo Jack… -dice sin saber a santo de qué, el hombre.

 

   -El pago es por adelantado. –responde ronco el joven, pragmático, queriendo sonar rapaz y mezquino. Tiene que colocar barreras, alzar muros que lo protejan. Quiere dejar bien sentado que sólo son negocios.

 

   Pero no es lo que siente, no es lo que desea expresar, porque mientras el tipo asiente suave, sin inmutarse, sin sorprenderse o desagradarse por sus palabras, el joven comente el error de mirar nuevamente esos ojos de frente. Y sí, había aceptación a lo que pedía. Pero también había tristeza, mucha, tal vez por sus palabras, u otras palabras que alguien le dirigiera ya. “¿Qué tienes, gringo guapo? ¿Por qué te ves tan triste? ¡Coño, no me veas así!”, no puede dejar de pensar el joven, asustándose. No, debe poner distancia entre esa mirada azul, azul cielo infinito, azul lago profundo, sin fin. Pero la mirada estaba allí, la de un tipo joven, Jack, que deseaba sumergirse en el deseo de la carne, pero también escapar de algo que lo tortura. Y el muchacho sabe que se pierde, que ya no entiende lo que siente o lo que hace. Ahora sólo piensa en tenerlo desnudo para él, al alcance de sus manos, quiere recorrer con sus dedos cada pedazo de la piel de ese otro hombre, quiere sofocarse bajo su peso, quiere bañarse con el sudor que brotará de sus poros, y con espanto, admite que haría lo que fuera, iría tras ese tipo a dónde le dijera, si pudiera borrar esa melancolía de sus ojos. Se siente tembloroso mientras suben a la pieza, embargado por la urgente necesidad de tener a ese otro carajo para sí.

 

   Pero el joven ya lleva muchas noches recorridas desde el callejón a su pieza y sabe cómo terminará todo. El atractivo gringo lo usará, se saciará en él y luego lo hará sentirse basura, y él suspiraría de alivio cuando lo viera salir por la puerta. Él sabía que una vez dentro del cuarto, Jack sería desagradable, lo degradaría haciéndole notar que no era nada, sólo carne de alquiler. Un cuerpo que estaba ahí para ser usado. Un cero a la izquierda de la humanidad. Nada. Y cuando el dinero cayera sobre la mesita, la cama o al piso, como algunos hacían, la mirada de horrible victoria que leería en esos ojos le diría sin palabras: ¿Esto es lo que vales? ¿Es esto lo que tengo que pagar para volver a hacer contigo lo que me de la gana? Coño, que vida tan mierda llevas, muchacho.

 

   -¿Cómo le gusta, señor? ¿Arriba o…? –no puede evitar decir, con rencor, cuando la puerta se cierra a sus espaldas, mirando al otro hombre. Pero en aquel tipo, Jack, de sonrisa jovial y tímida, de ojos hermosos, de facciones agradables, sólo puede leer algo de vergüenza. Pero parecía más una vergüenza de sí mismo, que por el joven puto. Nota que hay deseo en aquel tipo, pero también angustia, como si le costara estar allí, como si lo que más deseara en este mundo era encontrarse en otro lugar y con otra persona, alguien a quien necesitaba tanto que aún allí, en esa pieza, frente a un puto, podía sentir cerca. Y el joven se estremece otra vez: “¿Qué pasa, gringo? Deja tu tristeza, coño. Deja que yo te borre esa pena del alma”.

 

   -¿Sabes?, de momento no quiero hacer nada más como no sea echar un sueñito. Será algo rápido, te lo juro. No voy a robarte todo tu tiempo. –le sonríe entre apenado y suplicante, como si lo necesitara en verdad.- Quiero dormir… abrazado a alguien. Necesito hacerlo. Quiero que apagues la luz, nos metamos a la cama y que yo te abrace y…

 

   El joven, intentado ser desdeñoso, se encoge de hombros. Y lo observa mientras se quita el sombrero, la camisa y las botas, para luego salir del pantalón. Lo mira hipnotizado. No era un tipo grande o musculoso, pero era un carajo fuerte, de cuerpo extraño, que parecía marfileño a la parpadeante luz del anuncio de neón al frente de la ventana. Era un cuerpo atractivo, y el joven se pregunta cuántos, y quiénes, más lo habrían visto haciendo eso, pareciéndole que era el sujeto más guapo del mundo. Era un tipo del que alguien podría enamorarse, se dice asustado, ignorando que una vez, hace algunos años, otro hombre joven lo había visto así, semidesnudo a la rojiza luz de una hoguera, esperándolo con anhelo, entregándosele con ternura. Ignora que ese otro también se había enamorado. El joven nota como el gringo va al camastro y se mete bajo las sábanas, sin preocuparse de lo estrecho que es, de lo delgado del colchón, del olor a rancio y sudor viejo que emanaba de él.

 

   -¿Vienes? –pregunta al fin, Jack, desde la cama, esperándolo.

 

   El joven lo hace a toda prisa, perdida su mirada en dos puntos azules que iluminan su camino. Se desviste con afán por entrar al lecho, preguntándose en qué momento perdió su objetividad y profesionalismo. Apaga la luz y se mete a la cama a su lado, y por un momento no ocurre nada más. Están allí, en la oscuridad, silenciosos y sin moverse. “¿Qué pasa, gringo, por que no te mueves? ¿No viniste a esto? ¿No querías mi cuerpo?”, se pregunta atormentado el joven, sintiéndose agitado, excitado y listo para actuar, costándole controlar la respiración para que ese otro tipo no sepa que lo desea. Finalmente se tiende hacia Jack y lo medio hala hasta que sus cuerpos chocan. Y Jack estaba calentito, vital. Los cuerpos se pegan, los brazos se enlazan y nada más. Por un momento, sabiéndose ya perdido por alguna razón, el joven recuerda el momento exacto en el cual, al ir por el callejón, deseó salir corriendo alejándose de ese hombre guapo, de sonrisa dulce y mirada hermosa. Escapando.


   Yacen desnudos y no pasa nada. Transcurre un segundo, un minuto, una eternidad… y el hombre de mirada intensa cierra los ojos con fuerza, como para no ver lo que hace ni el lugar donde está. “Dios mío, que él nunca se entere, porque me moriré si veo el asco o el repudio en sus ojos. Que nunca se entere de lo que hago, Señor, porque no sabré explicarle que no lo hago porque esté caliente o lleno de rabia. Juro que no. Es que siento que me ahogo, que necesito aire, que necesito a alguien que me saque a flote y no me deje morir. No te engaño, Ennis, no te ensucio, soy yo quien lo sufrirá, porque soy quien traiciona lo que ama. Pero tenía que escapar del dolor, de ti y de esa carretera donde estabas con tus hijas. De esa carretera donde fui a buscarte sintiendo que se me iba a reventar el corazón de esperanza, de alegría y de amor cuando supe que te habías divorciado al fin. Pensando… no sé qué pensé. Que tal vez me dirías: ahora estaremos juntos, quédate conmigo, te necesito, Jack… Pero sólo encontré tu crueldad. Huí a este lugar porque necesito sentir que alguien me quiere, aunque sea fingido. Lo hago porque necesito sobrevivir hasta la próxima vez que te vea y hagas un gesto que indique que no quieres que me vaya. Entonces estaré otra vez a tus pies, adorándote, esperando que digas… lo que nunca dirás. Necesito sobrevivir hasta ese momento, y si hubiera estado solo está moche, sé que algo terrible habría pasado, y ya no habría esa próxima vez. Te lo juro Dios, te lo juro Ennis…”.


   Silencio. Sólo hay silencio, pero el joven entiende que algo muy grave le ocurre al gringo. Lo siente en el sofoco de su respiración, que cae directamente sobre su cara, de lo juntos que están. Es por ello que cuando la primera gota ardiente y salada rueda por esa mejilla, ensombrecida por una rala barba que parece jamás desaparecerá del todo, ésta cae sobre la comisura de los labios del joven puto que se estremece, sintiéndose mareado, asustado y maravillado. Con la punta de la lengua, amparado en las penumbras, la recoge y la toma, encontrándola parecida al agua de mar.

 

   -¿Está bien, señor?


   Jack no responde, sólo abre los ojos cuajados de lágrimas y rueda, hasta que su barbilla y mejilla izquierda caen sobre el pecho del joven, donde se tensa y tiene que contener un sollozo feo que le sale del alma, estremeciéndolo todo. Es un sollozo ahogado, silencioso. No hay gemidos ni batuqueos, porque es el llanto de un hombre duro, de uno que siempre oyó que los hombres no lloran, y muchos menos por otro carajo. No, no estaba bien el gringo guapo. ¿Cómo estarlo si no yacía junto a la persona que más amaba en la vida, y que lo había rechazado una vez más, con sus desplantes, como si se burlara de sus sentimientos? ¿Cómo iba a estar bien si le costaba respirar o pensar, o contener esa tristeza que lo estaba matando, esa tristeza que lo quemaba de tanto extrañar al otro, una tristeza que le dolía tanto? No, no podía estar bien, y no lo estaría hasta que volviera a estar así junto a él, sintiendo su corazón latir contra el suyo, su piel contra su piel, sus brazos rodeándolo, haciéndole creer que nunca nada malo podría sucederles mientras estuvieran juntos. No, él solo volvería a estar bien hasta que un beso de amor, de Ennis, lo elevara otra vez hasta las cumbres del Cielo. No, no estaba bien en esos momentos y por eso se abraza al puto, escondiendo la cara en su pecho, conteniendo el llanto por otro hombre, en la viva imagen del débil marica, como lo acusaría su padre si supiera.

 

   El joven siente como ese carajo lo abraza con más fuerzas, como se estremece todo, en un llanto sin sonido, como lo baña con sus lágrimas, y él también siente ganas de llorar. No puede hacer nada más que bajar la barbillas y apoyarla en la negra cabellera del tipo, de ese tipo que iba volviéndosele demasiado importante ya. Se quedan silenciosos y quietos, pero por alguna razón ajena, el muchacho ahora más que nunca es conciente de la horrible pieza donde está, sin cristales en la ventana, de la cama vieja que cruje y hiede, de la luz de neón barato que los iluminas. Todo era horrible en esa pieza menos aquel tipo cálido que lloraba de amor. Porque el joven no se engaña. Aquel tipo estaba sufriendo, sufriendo mucho, porque había amado demasiado. Y siente dolor, un dolor que no entiende hasta que no lo reconoce como odio y celos. Odia al otro tipo que no está allí de cuerpo más sí en espíritu, porque tiene que ser otro tipo, quien lastimó al gringo. Lo odia terriblemente. Y celos porque le da rabia que el gringo llore y sufra por él. “No llores gringo. Deja de llorar. Deja de sufrir. Deja que yo te ame. Deja que yo te quite ese dolor. Déjame, gringo, y haré que olvides y que tengas paz. Déjame, y te borro toda esa tristeza del alma. No sufras por quien no se lo merece. ¿Quién podría no quererte, gringo? Sólo un maldito, sólo alguien que ya está maldito. No sufras por él, gringo. No llores más”.


   “¿Dónde estás ahora?”, cruza por la mente del otro hombre.


   El calor sofoca dentro de la habitación y comienzan a sudar sin haberse movido. Y el hombre sigue quieto, con el rostro pegado al pecho del joven. Y el otro no aguanta más. “Deja de llorar, maldita sea. Mírame. Vuelve conmigo a esta cama. Deja de vagar por esos corredores de dolor, gringo”, se dice con celos e impotencia. Quería que ese tipo dejara de sentirse mal para verle otra sonrisa tonta y bella, quería verse en su mirada otra vez, en esos ojos azules grandes y expresivos, que debían saber como decir, sin palabras, te amo. Se estremece asustado, sorprendido y gozoso de lo que padece en esos momentos. Poco antes esa noche había considerado no salir hasta después de las once, y de ser así no habría conocido al gringo, y no sabe si hubiera sido mejor o no; pero ahora estaba feliz. Asustadamente feliz de haber ido y encontrarlo, y tenerlo allí. Deseaba, como no había querido otra cosa en la vida, consolarlo, tomarse todas sus lágrimas y verlo sonreír otra vez. Está totalmente seducido por ese hombre al que intuye fuerte, apasionado y entregado. También entiende que Jack no está allí buscando un rato de solaz, de sexo, de carne contra carne. No está ahí escapando por calentorro o por vengarse de nadie. Ese tipo había llegado buscando algo que pareciera ternura de lejos. Amor, aunque no fuera real. Y él iba a dárselo si podía apartar de sí la tristeza y rabia que iban invadiéndolo mientras el otro lloraba. Es en ese momento cuando el hombre levanta el rostro, se pasa una mano por los ojos, apartando lo que puede y le sonríe otra vez,  pidiéndole perdón, como avergonzado de su extrema mariconería, pero agradecido también. Y el joven siente que el mundo se pone azul, que su vida ahora tenía el azul también. El azul de esa mirada que era capaz de hechizar, enamorar, y de robar la paz.

 

   -Gracias… -susurra en su mal español, y el joven se asusta por un momento.

 

   -Ah, no, gringo. Nada de eso. –casi le reclama, presintiendo una despedida en el aire. Le toma el rostro entre las manos y, desde su propio punto de vista hasta hace media hora, hace algo terrible y monstruoso: su boca busca y atrapa la del lloroso gringo, que aún tiembla un poco.

 

   Lo besa y piensa que ya nada más importa. Y cuando la lengua del otro responde, tímidamente, siente que alcanza la gloria. Y tal vez así sea realmente. Por un rato el mundo ha dejado de existir. Algo había acabado, algo comenzaba. El joven se revuelve contra ese hombre y nada más ocupa su mente. Es comprensible. Es muy joven, y por eso podía desear con tanta locura a ese otro tipo, queriendo tenerlo para si. Es tan joven que podía brindar cariño y ternura todavía, porque su corazón aún no era una cáscara vacía ni una piedra tirada en el camino. Y es tan joven que podía darse el lujo de ser egoísta, terriblemente egoísta, y pensar que sólo ellos dos contaban en esos momentos. Ni por un segundo cruza por su mente que alguien más podría estar sufriendo en ese instante, una tercera persona.

 

   No sabe que aún a esas horas, un hombre delgado de cabellos claros, de rostro enjuto como tallado en madera, mira con pesar infinito hacia una larga y oscura carretera que parecía alejar algo de su vida. Ese hombre no puede olvidar que nuevamente ha dejado escapar a la persona que más ama en el mundo aunque nunca ha podido decírselo. Y que sufre al recordar la última mirada, dolida y algo llorosa ya, de esos ojos azules que se alejaban defraudados una vez más, reclamándole sin palabras, con un dolor muy vivo, preguntándole sin voz: ¿cómo puedes lastimarme tanto? Le duele, le duele saber que los dos meses que faltan para verse nuevamente son largos, y que esos días de tenerlo a su lado escaparán como agua entre sus dedos, de prisa, sin piedad, mientras él, rumiando malhumorado, deseará que duren una eternidad. Incluso le duele saber que dentro de dos meses no encontrará odio, rencor o resentimientos en esos enormes ojos, sino que verá otra vez el amor brillar en ellos, el perdón, la comprensión y el secreto deseo, y esperanza, de oírle decir: te extrañé mucho, Jack.

 

   Ennis desea que el tiempo vuele para sentir nuevamente el calor de su Jack, su cuerpo; para perderse en sus ojos, abrazándolo y besándolo, gritándole con todo su ser lo que la necia boca se negaba a transmitir, que no puede seguir adelante sin él. Y siente rabia y dolor, porque sabe que en cuanto estén juntos otra vez, ya estarán despidiéndose nuevamente. Siente rabia contra el mundo que lo aleja de su amor. Odia su miedo a la burla, al escarnio, al que dirán, que le hizo ser cruel con Jack cuando aquella camioneta pasaba por la carretera y él temió que otros los vieran e imaginaran algo raro. Odia y maldice al padre que lo llevó a ver a ese muerto en una zanja. Maldice el que no se pueda retroceder el reloj y volver a ser el muchacho que no hablaba, tímido, y conocer nuevamente a ese alegre y bonito tipo que lo mareaba, lo enloquecía y que una noche le entregó su amor, sin palabras, sin esperar nada, sólo porque lo deseaba; Dios, cómo deseaba regresar a ese año, a esa montaña, cuando fue realmente feliz.

 

   La noche es oscura, pero sus miedos son más negros. ¿Y sí no volvía? ¿Y sí se cansaba de ser defraudado una y otra vez? ¿Y sí una tarde llegaba al punto de reunión y Jack jamás aparecía? La piel se le eriza feamente sólo de imaginarlo. Él podía resolver eso fácilmente, ¿y sí le decía que si, que se fueran juntos y así pudieran dormir cada noche abrazados, en una cama grande, y despertar y besarse, y amarse sin miedo a ser vistos o juzgados al salir de un lugar? ¿Y sí…? Pero sabe que no lo hará, nunca podría. Y su mirada se cuaja de lágrimas, que ruedan con esfuerzo por sus mejillas, silenciosas. Son lágrimas amargas, que lo queman, porque no tienen consuelo. Llora porque nadie está ahí, porque nadie puede presenciar su debilidad, su amor, su angustia. Tampoco hay nadie allí que lo toque, lo conforte o le diga que todo pasará. No hay nadie que le tenga piedad, piedad que ni él mismo se permite para sí o para el hombre que ama. No hay un joven puto que se encandile con él, ni una ex mujer que sólo lo miraría con asco si le contara, ni unas hijas pequeñas. Está solo, y mientras mira hacia la carretera, se pregunta: “¿Dónde estarás ahora?”, y las lágrimas bajan, pocas, saladas, con desconsuelo. Para él no hay nadie que pregunte: ¿está bien, señor…?

 

Julio César.

REGALO DE ANIVERSARIO… (2)

febrero 20, 2009

MMMF

   -Hummm… hummm… -era todo lo que podía expresar Marta, golosa, ardiendo de ganas, ¡tragando güevos de los buenos!

 

   Se siente en la gloria mientras su boca sube y baja sobre cada uno de los largos, gruesos y tiesos toletes de su marido y sus dos amigos, felices de empujar esas vergas calientes y jugosas dentro de la boca hambrienta, contentos de encontrar a una hembra tan caliente y puta que no pone reparos en demostrar cuánto disfrutar de mamar, algo que todo hombre adora. Siempre la creyeron una mujer modesta, pero ahí estaba, con esos tres güevos entrándole hasta la garganta, y era buena, ya que eran grandes y gruesos, resollando sobre los pubis masculinos. Su marido sonríe, acariciándole la cabellera mientras ella lo atiende, mirándolo con adoración, ¡el regalo de aniversario era increíble!

 

   -Anda, pequeña, deja salir la puta caliente que llevas dentro… trágatelos todos. Te vamos a dejar llenita de leche. –le dice, ronco, Joaquín.- Te gusta comer vergas, ¿verdad? Anda, demuéstrales a los compadres lo puta barata que eres.

MMMF

   ¡Dios, debía controlarse!, piensa Marta, entre jadeos bien audibles, jadeando como la propia loca, desatada como toda hembra saludable y voluntariosa ante la idea de ser atendida por tres machos que ríen, que le empujan sus güevos y en todo momento le gritan, entre risitas roncas de excitación, tómala toda, puta, tómala toda.

 

   -¿Te gusta, mami?, ¿te gustan estos tres güevotes babeantes para ti? –le pregunta su marido, Joaquín, sentado bajo ella que se encuentra lateralizada.

 

   La mujer no puede responder porque su boca sube y baja, golosa, sobre el tieso güevo joven y duro del amigo del marido, Marcos. ¡Era tan rico sentirla sobre su lengua!, piensa saboreándola, ahogándola, dejándola más caliente de ganas. Verlo estremecerse, oírlo gemir cuando sus labios, mejillas y lengua lo aprisionan, es más de lo que puede resistir. Pero lo mejor era la dura tranca de León, que iba y venía contra su ardiente concha, abriéndole los labios sedoso de la vagina, metiéndose, cogiéndola duro, rozándola, quemándola, frotándola, produciéndole gritos ahogados (tiene la boca ocupada y es una dama, no habla cuando la tiene llena, pero deja oír esos gemiditos altos de puta de goza). El güevote de Marcos, saliendo del cierre de su pantalón, estaba tan caliente y tieso, y era largo, dejándole la boca llena de jugos que ama; cada embestida de León en su cuca ávida, la estremecía sobre las piernas de su marido, cuya verga enorme, rojiza y brillante, dura como no recordaba otra vez, le quemaba las tetas, tetas que él sobaba, amasaba y pellizcaba, enloqueciéndola más.

 

   Joaquín sonríe mientras mira a sus amigos empujar sus toletes dentro de su mujer, viéndola excitada, oyéndola gritar. ¡Ella se lo merecía! Era una buena esposa y una buena madre, darle ese regalito por su aniversario, no le pesaba. Mirarla comer ese güevo ajeno, mirar como el otro le entraba con todo por la cuca, haciéndola gritar cada vez, lo llena de ganas también. Era cierto lo que siempre le decía el cínico de León, coger putas era la cosa más rica del mundo. Le pellizca con dureza un pezón, imaginándola ya bañada de semen por todos lados.

MMMF

 

 

   -Por Dios, no aguanto más, ¡clávame tu güevote por el culo! –jadea ella, temblando toda, incapaz de controlarse, aferrando el güevo de su marido, con la boca echa agua velando aquella polla enorme que se acerca a sus viciosos labios rojos. Era imposible reconocer en aquella criatura caliente, a quien le pican las tetas, la cuca y el culo mismo, esperando por su remedio, güevos de los buenos, a la dulce y recatada Marta.

 

   -Carajo, Joaquín, creo que estás jodido. A esta puta le encantan demasiado los güevos. –susurra Marcos, enfilando su güevo, frotando el rojo glande de esas nalgas y de la lisa raja interglútea, sobándola de la entrada del rojo capullo cerrado de aquel culo que titila salvaje, casi tanto como la húmeda y engrandecida vagina.

 

   -Eso estoy pensando, para satisfacer a Marta creo que no se puede con uno sólo, y eso que yo la cojo casi todas las noches.

 

   -Ya sabes, compadre, si necesitas ayuda para calmar a la puta, aquí estamos tus panas… -anuncia, sonriente León, empujando su tranca en la cálida boca.

 

CONTINÚA…

Julio César.

MANDAMÁS

febrero 20, 2009

puta-espera1

   Ya le ardía…

 

   -¡No sean güevones! –gritó la mujer, sentándose firme, dando su mejor cara de batalla, con sus labios dilatados.- No creerán que contraté a cuatro carazos jóvenes y musculosos como ustedes para que me cuidaran el jardín o para que se miren los culos unos a otros, ¿o sí? ¡Vengan acá y pónganse a trabajar de verdad! –ordena, ya toda mojada de ganas.

 

Julio César.

LA LOCURA DE LA ERA

febrero 20, 2009

soylent-verde

   Las galletas verdes…

 

   La humanidad parece moverse por modas periódicas, como cuando los negros usaban afros y ahora andan calvos. No cosas inocentes como la de modelos anoréxicas que deprimen a todo el mundo por lo flacas y huesudas o por ser tan distintas a las gorditas, porque la moda es ser esquelética. No, hablo de las modas serias, desde las ideológicas a las económicas. Para cada década hay una, por un lado, una panacea, algo que resolverá todo los padecimientos, que traerá empleos, casas, dinero, comida y cinturas esbeltas a los obesos. Pero también están las otras, las graves y terribles de las que nos salvamos de chiripa. Siempre hay un peligro latente, amenazante, real, como un monstruo debajo la cama, que intentamos no ver, no pensar en él, pero siempre ahí a la hora de dormir. Peligro del que salimos sin saber muy bien cómo. Pero jamás podemos respirar tranquilos, primero porque después de vivir en el temor por la crisis pasada (ni cuenta nos damos cuando deja de existir, sí es que desaparece), ya esta es substituida por otra. La mala, la que, ahora sí, en verdad va a terminar con todos.

 

   Durante los setenta, lo más lejos que me lleva la memoria y eso forzándola (créanme), la moda eran las declaraciones sensacionalistas, alarmantes y aterradoras de gente preparada, que uno suponía que sí sabían de lo que hablaban. Y tal vez era verdad. No, de cierto sabemos ahora que era verdad, pero ¿por qué no se cumplieron sus aterradores augurios? (gracias a Dios). A esos pájaros de mal agüero se les llamó: LOS PROFETAS DEL DESASTRE (nada que ver con un presidente venezolano que más o menos por esos tiempos también ejercía su magia, transformar los reales en deuda pública, el doctor Luis Herrera Campin). Por esos días se dijo que el alarmante aumento de la población mundial, unido a la escasez de alimentos, traerían horribles hambrunas (en parte se cumplió), que un kilo de granos llegaría a costar más que una tonelada de oro, y sería más escaso. Que habría guerras por comida, que masas enteras caerían muriendo de inanición y una gran cantidad de pestes como consecuencia de la desnutrición azotarían al resto. Pero eso no era todo, aducían que como subproducto de todo ese crecimiento demográfico, vendría el más completo abuso al medio ambiente, que los desechos de basura oliente (nunca mejor dicho) y moliente serían montañas y montañas; que se agotarían los recursos naturales y habría envenenamiento por subproductos químicos.

 

   Eran los lejanos setenta, pero ya se hablaba del aumento de la temperatura como resultando del incremento de los gases de invernaderos, los cuales dejaban que los rayos del sol llegaran a la tierra, pero no dejaban escapar el calor resultante al espacio ya que los atajaban; gases que causarían cientos de miles de víctimas por problemas respiratorios. Ese calentamiento incrementaría el deshielo de los polos aumentando el nivel de los mares, obligando a comunidades enteras a escapar y desplazarse de un lugar a otro. Y mientras tanto, los enemigos del ozono, los fluorocarbonados, lanzados alegremente por gobiernos, industrias y gente común a la atmósfera, terminarían hiriéndolo de muerte, acabando con el escudo natural del planeta, ese que nos protege de la terrible radiación infrarroja proveniente del sol, amén de otros rayos locos que andan por ahí viendo a quien le caen. El panorama pintado por los profetas no podía ser más desolador y deprimente. O moríamos de hambre, o nos ahogaban las olas cuando los mares comenzaran a subir. Y aún aquellos que lograran sacar la cabeza del agua se encontrarían con que terminarían achicharrados por los rayos cósmicos; fuera de que había que tener en cuenta que si no había comida, tampoco habría fuerzas para nadar en ese océano de calamidades. ¡Todo un desastre!

 

   De esa época hubo una película de ficción que fue alarmante, y un fiel reflejo de los temores de toda aquella era: CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE. Todo queda dicho en ese título. Un mundo gris, agobiante, de privilegios increíbles para algunos, comer una lata de dulce, y lo apretado, deprimente y feo de los otros. Un mundo agotado, acabado, sin esperanzas de escapar a ninguna parte. Y al final, el gran descubrimiento: agotados los suelos cultivables y los mares, aún el plantan, sólo podía hacerse comida con personas: el famoso soylent verde. ¿Qué otra cosa podía hacerse? Nada, una vez en la ratonera no queda sino patalear para sobrevivir, y existir otro triste día en la trampa. Sin embargo, de alguna manera la humanidad sobrevivió a pesar de todo (y hay quiénes con aires muy convencido y doctos dudan de que exista Dios), ya que a ningún país le importó un pito semejantes anuncios. Ya en esa década los políticos no eran más que simples empleados de los grandes negocios, desde Estados Unidos a la extinta Unión Soviética, y éstos ya tenían listas sus bases en la luna para escapar del planeta moribundo, con las maletas llenas de plata. Porque dichas instalaciones fuera del planeta deben tenerlas, ya de que otro modo no se explica tanta imbecilidad en hombres de negocios o los voceros oficiales de superpotencias. Ya deben tener un refugio para que los hijos, nietos, y los nietos de estos, existan fuera del mundo que mataron. ¡Es lo lógico, ¿no?!

 

   Y eso que en los setenta no estuvo tan de moda (ah, ¡las modas!) el estudio que hablaba del peligro del deshielo del polo que arrojaría toneladas y toneladas de de litros de agua dulce al mar, variando la salinidad y por lo tanto las corrientes marinas, creando un posible enfriamiento cuando las corrientes no pudieran llevar agua caliente del ecuador a las zonas ubicadas en los trópicos, variando la temperatura, enfriándola. Tal vez en la película El Días Después de Mañana (ah, que bien lo hizo Jake Gyllenhaal), se halla exagerado, pero muchos geo paleontólogos suponen que esa pudo ser la causa de las eras glaciares que acabaron con tantas especies en este mundo. En fin, peligros por todos lados; cuesta entender cómo no hemos desaparecido ya.

 

Julio César.

PELÍCULA DE MIEDO

febrero 20, 2009

nenas-en-pantaletas

   Cuando sus maridos salieron de juerga con los panas, Mariana y Sonia, que comparten un apartamento, se quedaron a hablar mal de ellos, y para ver una película de miedo. La cosa era tan horrible que Mariana cae en brazos de Sonia quien la soba, la abraza e intenta tranquilizarla, recorriendo con su manita ese muslo lleno.

 

   -Chama, qué horrible, estoy tan asustada que tengo las tetas duras… -gimió Mariana, pero no tanto cuando como cuando la mano de Sonia se mete dentro de su oscuro corpiño, apretándole firmemente el seno.

 

   -Si, chama, estás muy tensa, cálmate… -comenta la otra, abriendo la palma de la mano bajo el sostén y acariciándola… para tranquilizarla. El pezón erecta y es atrapado entre índice y pulgar, frotándolo.

 

   -No puedo, estoy tan asustada que hasta estoy mojada, mira…

nenas-tocandose

   …Y amigas como son, de confianza, se pone de pie para mostrárselo; pero la mano de Sonia, que no sale a tiempo, hala, sin querer su sostén dejando al descubierto sus bellos, redondos y perfectos senos. Y Sonia los mira sonriendo, divertida del miedo de la otra, pensando que esos pezones parecía pedir a gritos una boca lujuriosa que los calmara, que unos dientes apretaran… pensando en el marido de ella, claro. Pero Mariana no se detiene en eso, angustiada como está por su miedo, baja su pantaleta, mostrándole todo a la otra.

 

   -¡Chama, sí que estás mojada! –admite Sonia, separando con sus dedos un poco los labios de la suave y fragante vagina, convencida de que si Vicente, marido de Mariana, estuviera allí,  le metiera la lengua a esa dulce y jugosa fruta y la encontraría húmeda y caliente. O sí le metiera uno o dos dedos, entrarían fáciles, haciendo gritar a la otra… pero claro, sólo Vicente debía hacerlo, se dice mientras suspira pensando en que le hacia falta acción, es cuando nota como su tibio aliento hace titilar el rojo y cerrado botoncito de aquel culo también.

 

Julio César.

HUGO CHÁVEZ Y SUS AMARGURAS ELECTORALES

febrero 20, 2009

chica-sexy

   Lo quiere todo de mí, pero no se puede, papá…

 

   Quiero hablar del pesar que siento por la situación en la que se encuentra Hugo Chávez (aunque no lo crean y me imaginen un hipócrita). Hace tiempo el Presidente, porque quien maneja la guadaña legal es él, aquí ningún rastacuerista se arrastra sobre la barriga sin que él lo ordene, se enfrentó a una disyuntiva seria: por un lado la necesidad de mantener a un grupo de políticos inhabilitados para las elecciones regionales de noviembre del 2008, y por el otro enfrentar las presiones cada vez mayores de la población que gritaba que no, que eso no podía ser, que si el Gobierno quería alcaldías y gobernaciones que compitiera en buena lid y ganara (cómo si fuera tan fácil, gime él, sobretodo rodeado de puros bates quebrados que sólo saben adular… y no muy bien tampoco).

 

   Leopoldo López por la Gran Caracas, y Enrique Mendoza por Miranda, ambos recalcitrantes representantes de la oposición de la rama más odiosa, de  los que podían presentar éxitos y logros haciéndolos quedar bien mal (cosa que no era difícil tampoco), estaban ahí punteando como caimanes en boca de caño en las encuestas, por lo que el Gobierno (es decir, Hugo Chávez) ordenó que fueran inhabilitados por el Contralor General de la República, Clodosvaldo Russián (se pronuncia Rufián, debe ser italiano o polaco) quien no les permitió inscribirse en la carrera electoral, siendo que no estaba facultado legalmente para eso porque la Constitución Nacional del 99, la de Chávez (maldito error, gritan ahora, y alegan que en el siglo 18 el Rey envió una bula real que sí se los permite), dice que para inhabilitar a alguien debe haber una sentencia judicial previa.

 

   Rufián, perdón Russián, dijo que se le atacaba por inhabilitar, pero que esas averiguaciones no era por las elecciones de noviembre (no, no, ¡claro que no! Dios me libre de un mal pensamiento), que algunas llevan hasta cuatro años, entonces uno se pregunta ¿qué carajo hacía él y el resto de los bandidos de la Contraloría que no enviaron todo eso a la Fiscalía y a los tribunales para que fueran juzgados y hubiera una sentencia previa? Hablamos de cuatro años, coño, en ese tiempo algo podían hacer por muy inútiles que fueran (qué lo son)… si es que tenían pruebas. Porque la cosa fue cumbre, ni siquiera se sabía si había delitos porque ningún tribunal ha estudiado nada; es que a él, a Rufián (digo, Russián), le parece que hay algo malo. Uno lo escuchó con la boca abierta, de asombro y maravilla, y sólo quedó decir: ¡cosa más grande!, es la revolución.

 

   No había manera legal de inhabilitar, pero a la macha, se hizo y se inventaron argumentos tales como: yo puedo tomar una medida administrativa, y como a mí me parece que está bien eso deroga lo constitucional; nuevamente cuentan con que la OEA, Brasil, Argentina y tal vez España, entre guiños de ojos, digan que sí, que la constitución puede ser violada así. Eso le cayó muy mal a todo el mundo, chavistas y no, quienes (los muy mal pensados) sospecharon que tan eran argucias de tramposo que deseaban ver cómo ganaban sin merecerlo. Al Presidente le atormentaba que la gente común y corriente dijera en las calles que si Aristóbulo Istúriz quería ser Alcalde Mayor que compitiera, y que si ganaba que mande y si no, que se quite, pero que no puede usar trucos como ese. Por ello inhabilitaron a Leopoldo, y Aristóbulo sonría con esa mueca perruna que la adulancia ya le presta a su rostro no muy agraciado de por sí. Ya se creía ganador… y perdió con el reemplazo de última hora, Antonio Ledesma.

 

   La presión de todas esas voces no dejaban dormir al Presidente (poechito), atormentado ya por otras voces propias. A mí me daba escalofríos cuando decía que hablaba con Simón Bolívar, pero me asusté en verdad cuando éste, al parecer, comenzó a responderle. El problema para Chávez no era sencillo. Si ordenaba a rastacuero en la Contraloría y a la gordita en el CNE que permitieran esas candidaturas, podía verse en el penoso trance en enero de tener que explicar al mundo, y sus alrededores, cómo la gloriosa revolución bolivariana, la más mejor de todos los tiempos, amada por cada  habitante de este país, perdió la capital y la zona céntrica, encontrándose Miraflores rodeada de gobernantes ‘desestabilizadores, golpistas y conspiradores pro Bush’.

 

   ¿Cómo lo aclara? ¿Como dar la cara después de semejante revés? Le Monde Diplomatique, a pesar del realero que le tiran bajo cuerda, y la prensa dizque socialista, tendría que dar aún más piruetas mentales para justificar esto. Por ello Chávez se puso terco, cosa que él cree que es determinación (o como cree que decir vulgaridades y necedades es ‘hablar como la gente corriente’). Pero, por el otro lado, sabía que la gente le pasaría factura, a él y al resto de la manada chillona en esas elecciones, como lo hicieron ese diciembre condenado cuando le negaron la presidencia vitalicia, haciéndolo llorar otra vez. Si dejaba que participaran perdía, si se los impedía perdería igual esas zonas y posiblemente otras. Por eso se agilizó el ñemeo de la gordita y sus secuaces en el CNE, si todo fallaba, se ganaría en las máquinas… las mismas que Evo Morales usó poco después en su referéndum (esas bichitas sí salieron buenas).

 

   El resultado no pudo ser peor para el pobre Chávez, es que a veces uno cree que allí nadie piensa con lógica o inteligencia, o que se lo hacen a propósito para dejarlo quedar como un orate, y quedó como tramposo y delincuente (cometió un delito al violar la constitución) y encima perdieron las gobernaciones céntricas y la gran Caracas. No pudieron ni salvar la cara. Pero todavía anda por ahí, en cuanto foro llega, denunciando a la oligarquía corrupta que no deja que gobierne en nombre del pueblo, y nadie le pregunta como es que en diez años ha botado novecientos mil millones de dólares y en Venezuela hay desempleo, escasez de alimentos y no hay viviendas. ¡Por eso que es odio tanto a la prensa de izquierda!

 

Julio César.