FRONTERAS DE BROKEBACK MOUNTAIN

FRONTERA

noches-de-soledad

   -Deja que te quite la tristeza, gringo; déjame quererte…

   El hombre avanza lentamente por la calleja oscura arrastrando los pies, con la vista baja, terriblemente avergonzado de verse expuesto así a las miradas insolentes de los putos que lo observan recostados de las paredes en penumbras. El caminante no quiere estar allí, se siente mal con tan sólo recorrer la calleja, pero no puede evitarlo. No quiere estar solo. No ahora, no esa noche, porque sabe que cuando finalmente se detenga lo alcanzará en oleadas grandes el dolor del rechazo, del desamor, de la crueldad del ser a quien tanto ama. Y esa noche cree que no podría resistirlo. No solo. Así que camina, alzando fugazmente la mirada, indeciso en lo que busca, engañándose a sí mismo, porque sabe bien que quiere encontrar un destello de cabellos claros, o un rostro enjuto al que pareciera costarle sonreír, una cara como tallada en madera. En las sombras, en otras caras, busca el rostro de alguien que no está allí, que no está a su lado, pero que, tal vez, en la oscuridad pueda imaginar que si, ahuyentando la pena y la soledad.

   -Desea compañía… señor… –surge una voz de la oscuridad, de pronto. Una voz joven, fuerte, falsamente solicita.

   El muchacho, un mexicanito muy joven a decir verdad, de actitud desafiante y ofrecida, está recostado de un muro y se endereza para que el gringo admire su postura. El joven entiende que lo sorprendió apareciendo así. El hombre no lo había visto ya que caminaba con la cabeza baja y el sombrero muy calado sobre los ojos, como si no deseara realmente ver lo que hay a su alrededor. Pero el joven, sabiéndose bien parecido, comprende cuando gusta y repara en que cuando al fin lo detalla, una sonrisa leve de aceptación, y algo de azoro, aparece en ese rostro, una sonrisa jovial y amistosa que casi eclipsa con su intensidad las penumbras del rostro, mientras asintiente con la cabeza.

   El joven no necesita más y comienza a caminar hacia un callejón rumbo a la pieza donde atiende sus negocios, con el hombre a su lado. El muchacho sonríe leve en las sombras, notando como otros putos le lanzan miradas de envidia. Sabía por qué: había enganchado al gringo bonito, y para los otros sólo quedaban los tipos gordos y groseros, siempre hediondos a borrachera, que se embriagaban antes de ir al callejón a atender otros asuntos. Él se había llevado el premio de la noche, el tipo joven de apariencia amable. Y eso infla su ego de muchacho, y sonríe con suficiencia… hasta que nota la distante y evaluadora mirada que el gringo bonito lanza en el camino que recorren, lleno de basura regada, o amontonada en bolsas y pipotes, que ofendían al olfato. Y eso no le gustó por alguna razón al muchacho.

 

   Cuando llegan ante una ruinosa escalera que sube, el joven le indica con el pulgar que es por ahí. Y se estremece desconcertado, cuando el otro lo mira, con esos ojos azueles grandes que parecen iluminarlo todo. Es una mirada de hermandad, de reconocimiento, pero también había tristeza de un dolor viejo. Y por primera vez en mucho tiempo, el joven siente vergüenza de su vida, de su oficio, de lo que hace. Porque hay dos cosas que comprende rápidamente, que ese joven señor de rostro agradable, sonrisa hermosa y mirada limpia, cargaba su propia pena, un dolor que lo atormentaba y producía ese brillo febril de angustia en sus pupilas; y lo otro es que, aunque ese tipo andaba mal por algo, aún le alcanzaba la bondad para lamentarlo por el, para sentir algo como pena por el joven puto de dieciocho años que cada noche hacía mil veces el recorrido del callejón a las escaleras, del momento del contacto al del dinero arrojado, del fin del negocio al asco personal. En esa mirada le parece leer mil preguntas: ¿Qué lugar es este, muchacho? ¿Cómo has llegado hasta aquí, niño solitario? ¿Quién eres tú realmente, muchacho? Eso lo altera de forma violenta, pero aunque quiere rebelarse y molestarse con el gringo que lo cuestiona, hay tanta bondad, inocencia y tristeza en los ojos del otro que no puede sino sentir congoja. ¿Por qué tenía que mirarlo así, carajo, como si no fuera sólo un pedazo de carne barata? Eso no le gusta.


   No lo entiende, ¿por qué le afecta tanto ese tipo? Él no era ningún marica. Él los usaba, se vendía, vendía su cuerpo, pero nada más. Los odiaba. Los despreciaba, sentía rabia cuando llegaban esos tipos bravucones sucios, que lo tocaban y lo usaban brutalmente, como si necesitaran mostrarse toscos y desdeñosos para estar con otro, con uno que se vendía. A él no le interesaba nada de eso. Les tenía asco, el acto entre hombres le parecía un pecado. Lo hacía por plata, y en cuanto tuviera suficiente se marcharía de allí con su novia de toda la vida, bien lejos de la jodida y maldita frontera que acababa con esperanzas e ilusiones como sus desiertos terminaban con los que soñaban con el Paraíso del otro lado. Era por ello que el joven siempre exhibía su plan de batalla a esas alturas del negocio, frente a las escaleras: pedirle al cliente algo de beber en el bar cercano. Y generalmente lo complacían, porque eran los sabrosotes, lo que tenían plata, o porque lo querían más agradecido. Bebían y bebían y él deseaba que se rascaran y durmieran, hasta la hora de quitarle sus honorarios. Pero allí, pisando el primer escalón, duda. Duda y lo mira, y el hombre le corresponde nuevamente con esa maldita sonrisa, abierta y franca, y el joven siente que las piernas le tiemblan un poco, porque se sorprende pensando en que un tipo así debía amar suave y bonito.

 

   -Me llamo Jack… -dice sin saber a santo de qué, el hombre.

 

   -El pago es por adelantado. –responde ronco el joven, pragmático, queriendo sonar rapaz y mezquino. Tiene que colocar barreras, alzar muros que lo protejan. Quiere dejar bien sentado que sólo son negocios.

 

   Pero no es lo que siente, no es lo que desea expresar, porque mientras el tipo asiente suave, sin inmutarse, sin sorprenderse o desagradarse por sus palabras, el joven comente el error de mirar nuevamente esos ojos de frente. Y sí, había aceptación a lo que pedía. Pero también había tristeza, mucha, tal vez por sus palabras, u otras palabras que alguien le dirigiera ya. “¿Qué tienes, gringo guapo? ¿Por qué te ves tan triste? ¡Coño, no me veas así!”, no puede dejar de pensar el joven, asustándose. No, debe poner distancia entre esa mirada azul, azul cielo infinito, azul lago profundo, sin fin. Pero la mirada estaba allí, la de un tipo joven, Jack, que deseaba sumergirse en el deseo de la carne, pero también escapar de algo que lo tortura. Y el muchacho sabe que se pierde, que ya no entiende lo que siente o lo que hace. Ahora sólo piensa en tenerlo desnudo para él, al alcance de sus manos, quiere recorrer con sus dedos cada pedazo de la piel de ese otro hombre, quiere sofocarse bajo su peso, quiere bañarse con el sudor que brotará de sus poros, y con espanto, admite que haría lo que fuera, iría tras ese tipo a dónde le dijera, si pudiera borrar esa melancolía de sus ojos. Se siente tembloroso mientras suben a la pieza, embargado por la urgente necesidad de tener a ese otro carajo para sí.

 

   Pero el joven ya lleva muchas noches recorridas desde el callejón a su pieza y sabe cómo terminará todo. El atractivo gringo lo usará, se saciará en él y luego lo hará sentirse basura, y él suspiraría de alivio cuando lo viera salir por la puerta. Él sabía que una vez dentro del cuarto, Jack sería desagradable, lo degradaría haciéndole notar que no era nada, sólo carne de alquiler. Un cuerpo que estaba ahí para ser usado. Un cero a la izquierda de la humanidad. Nada. Y cuando el dinero cayera sobre la mesita, la cama o al piso, como algunos hacían, la mirada de horrible victoria que leería en esos ojos le diría sin palabras: ¿Esto es lo que vales? ¿Es esto lo que tengo que pagar para volver a hacer contigo lo que me de la gana? Coño, que vida tan mierda llevas, muchacho.

 

   -¿Cómo le gusta, señor? ¿Arriba o…? –no puede evitar decir, con rencor, cuando la puerta se cierra a sus espaldas, mirando al otro hombre. Pero en aquel tipo, Jack, de sonrisa jovial y tímida, de ojos hermosos, de facciones agradables, sólo puede leer algo de vergüenza. Pero parecía más una vergüenza de sí mismo, que por el joven puto. Nota que hay deseo en aquel tipo, pero también angustia, como si le costara estar allí, como si lo que más deseara en este mundo era encontrarse en otro lugar y con otra persona, alguien a quien necesitaba tanto que aún allí, en esa pieza, frente a un puto, podía sentir cerca. Y el joven se estremece otra vez: “¿Qué pasa, gringo? Deja tu tristeza, coño. Deja que yo te borre esa pena del alma”.

 

   -¿Sabes?, de momento no quiero hacer nada más como no sea echar un sueñito. Será algo rápido, te lo juro. No voy a robarte todo tu tiempo. –le sonríe entre apenado y suplicante, como si lo necesitara en verdad.- Quiero dormir… abrazado a alguien. Necesito hacerlo. Quiero que apagues la luz, nos metamos a la cama y que yo te abrace y…

 

   El joven, intentado ser desdeñoso, se encoge de hombros. Y lo observa mientras se quita el sombrero, la camisa y las botas, para luego salir del pantalón. Lo mira hipnotizado. No era un tipo grande o musculoso, pero era un carajo fuerte, de cuerpo extraño, que parecía marfileño a la parpadeante luz del anuncio de neón al frente de la ventana. Era un cuerpo atractivo, y el joven se pregunta cuántos, y quiénes, más lo habrían visto haciendo eso, pareciéndole que era el sujeto más guapo del mundo. Era un tipo del que alguien podría enamorarse, se dice asustado, ignorando que una vez, hace algunos años, otro hombre joven lo había visto así, semidesnudo a la rojiza luz de una hoguera, esperándolo con anhelo, entregándosele con ternura. Ignora que ese otro también se había enamorado. El joven nota como el gringo va al camastro y se mete bajo las sábanas, sin preocuparse de lo estrecho que es, de lo delgado del colchón, del olor a rancio y sudor viejo que emanaba de él.

 

   -¿Vienes? –pregunta al fin, Jack, desde la cama, esperándolo.

 

   El joven lo hace a toda prisa, perdida su mirada en dos puntos azules que iluminan su camino. Se desviste con afán por entrar al lecho, preguntándose en qué momento perdió su objetividad y profesionalismo. Apaga la luz y se mete a la cama a su lado, y por un momento no ocurre nada más. Están allí, en la oscuridad, silenciosos y sin moverse. “¿Qué pasa, gringo, por que no te mueves? ¿No viniste a esto? ¿No querías mi cuerpo?”, se pregunta atormentado el joven, sintiéndose agitado, excitado y listo para actuar, costándole controlar la respiración para que ese otro tipo no sepa que lo desea. Finalmente se tiende hacia Jack y lo medio hala hasta que sus cuerpos chocan. Y Jack estaba calentito, vital. Los cuerpos se pegan, los brazos se enlazan y nada más. Por un momento, sabiéndose ya perdido por alguna razón, el joven recuerda el momento exacto en el cual, al ir por el callejón, deseó salir corriendo alejándose de ese hombre guapo, de sonrisa dulce y mirada hermosa. Escapando.


   Yacen desnudos y no pasa nada. Transcurre un segundo, un minuto, una eternidad… y el hombre de mirada intensa cierra los ojos con fuerza, como para no ver lo que hace ni el lugar donde está. “Dios mío, que él nunca se entere, porque me moriré si veo el asco o el repudio en sus ojos. Que nunca se entere de lo que hago, Señor, porque no sabré explicarle que no lo hago porque esté caliente o lleno de rabia. Juro que no. Es que siento que me ahogo, que necesito aire, que necesito a alguien que me saque a flote y no me deje morir. No te engaño, Ennis, no te ensucio, soy yo quien lo sufrirá, porque soy quien traiciona lo que ama. Pero tenía que escapar del dolor, de ti y de esa carretera donde estabas con tus hijas. De esa carretera donde fui a buscarte sintiendo que se me iba a reventar el corazón de esperanza, de alegría y de amor cuando supe que te habías divorciado al fin. Pensando… no sé qué pensé. Que tal vez me dirías: ahora estaremos juntos, quédate conmigo, te necesito, Jack… Pero sólo encontré tu crueldad. Huí a este lugar porque necesito sentir que alguien me quiere, aunque sea fingido. Lo hago porque necesito sobrevivir hasta la próxima vez que te vea y hagas un gesto que indique que no quieres que me vaya. Entonces estaré otra vez a tus pies, adorándote, esperando que digas… lo que nunca dirás. Necesito sobrevivir hasta ese momento, y si hubiera estado solo está moche, sé que algo terrible habría pasado, y ya no habría esa próxima vez. Te lo juro Dios, te lo juro Ennis…”.


   Silencio. Sólo hay silencio, pero el joven entiende que algo muy grave le ocurre al gringo. Lo siente en el sofoco de su respiración, que cae directamente sobre su cara, de lo juntos que están. Es por ello que cuando la primera gota ardiente y salada rueda por esa mejilla, ensombrecida por una rala barba que parece jamás desaparecerá del todo, ésta cae sobre la comisura de los labios del joven puto que se estremece, sintiéndose mareado, asustado y maravillado. Con la punta de la lengua, amparado en las penumbras, la recoge y la toma, encontrándola parecida al agua de mar.

 

   -¿Está bien, señor?


   Jack no responde, sólo abre los ojos cuajados de lágrimas y rueda, hasta que su barbilla y mejilla izquierda caen sobre el pecho del joven, donde se tensa y tiene que contener un sollozo feo que le sale del alma, estremeciéndolo todo. Es un sollozo ahogado, silencioso. No hay gemidos ni batuqueos, porque es el llanto de un hombre duro, de uno que siempre oyó que los hombres no lloran, y muchos menos por otro carajo. No, no estaba bien el gringo guapo. ¿Cómo estarlo si no yacía junto a la persona que más amaba en la vida, y que lo había rechazado una vez más, con sus desplantes, como si se burlara de sus sentimientos? ¿Cómo iba a estar bien si le costaba respirar o pensar, o contener esa tristeza que lo estaba matando, esa tristeza que lo quemaba de tanto extrañar al otro, una tristeza que le dolía tanto? No, no podía estar bien, y no lo estaría hasta que volviera a estar así junto a él, sintiendo su corazón latir contra el suyo, su piel contra su piel, sus brazos rodeándolo, haciéndole creer que nunca nada malo podría sucederles mientras estuvieran juntos. No, él solo volvería a estar bien hasta que un beso de amor, de Ennis, lo elevara otra vez hasta las cumbres del Cielo. No, no estaba bien en esos momentos y por eso se abraza al puto, escondiendo la cara en su pecho, conteniendo el llanto por otro hombre, en la viva imagen del débil marica, como lo acusaría su padre si supiera.

 

   El joven siente como ese carajo lo abraza con más fuerzas, como se estremece todo, en un llanto sin sonido, como lo baña con sus lágrimas, y él también siente ganas de llorar. No puede hacer nada más que bajar la barbillas y apoyarla en la negra cabellera del tipo, de ese tipo que iba volviéndosele demasiado importante ya. Se quedan silenciosos y quietos, pero por alguna razón ajena, el muchacho ahora más que nunca es conciente de la horrible pieza donde está, sin cristales en la ventana, de la cama vieja que cruje y hiede, de la luz de neón barato que los iluminas. Todo era horrible en esa pieza menos aquel tipo cálido que lloraba de amor. Porque el joven no se engaña. Aquel tipo estaba sufriendo, sufriendo mucho, porque había amado demasiado. Y siente dolor, un dolor que no entiende hasta que no lo reconoce como odio y celos. Odia al otro tipo que no está allí de cuerpo más sí en espíritu, porque tiene que ser otro tipo, quien lastimó al gringo. Lo odia terriblemente. Y celos porque le da rabia que el gringo llore y sufra por él. “No llores gringo. Deja de llorar. Deja de sufrir. Deja que yo te ame. Deja que yo te quite ese dolor. Déjame, gringo, y haré que olvides y que tengas paz. Déjame, y te borro toda esa tristeza del alma. No sufras por quien no se lo merece. ¿Quién podría no quererte, gringo? Sólo un maldito, sólo alguien que ya está maldito. No sufras por él, gringo. No llores más”.


   “¿Dónde estás ahora?”, cruza por la mente del otro hombre.


   El calor sofoca dentro de la habitación y comienzan a sudar sin haberse movido. Y el hombre sigue quieto, con el rostro pegado al pecho del joven. Y el otro no aguanta más. “Deja de llorar, maldita sea. Mírame. Vuelve conmigo a esta cama. Deja de vagar por esos corredores de dolor, gringo”, se dice con celos e impotencia. Quería que ese tipo dejara de sentirse mal para verle otra sonrisa tonta y bella, quería verse en su mirada otra vez, en esos ojos azules grandes y expresivos, que debían saber como decir, sin palabras, te amo. Se estremece asustado, sorprendido y gozoso de lo que padece en esos momentos. Poco antes esa noche había considerado no salir hasta después de las once, y de ser así no habría conocido al gringo, y no sabe si hubiera sido mejor o no; pero ahora estaba feliz. Asustadamente feliz de haber ido y encontrarlo, y tenerlo allí. Deseaba, como no había querido otra cosa en la vida, consolarlo, tomarse todas sus lágrimas y verlo sonreír otra vez. Está totalmente seducido por ese hombre al que intuye fuerte, apasionado y entregado. También entiende que Jack no está allí buscando un rato de solaz, de sexo, de carne contra carne. No está ahí escapando por calentorro o por vengarse de nadie. Ese tipo había llegado buscando algo que pareciera ternura de lejos. Amor, aunque no fuera real. Y él iba a dárselo si podía apartar de sí la tristeza y rabia que iban invadiéndolo mientras el otro lloraba. Es en ese momento cuando el hombre levanta el rostro, se pasa una mano por los ojos, apartando lo que puede y le sonríe otra vez,  pidiéndole perdón, como avergonzado de su extrema mariconería, pero agradecido también. Y el joven siente que el mundo se pone azul, que su vida ahora tenía el azul también. El azul de esa mirada que era capaz de hechizar, enamorar, y de robar la paz.

 

   -Gracias… -susurra en su mal español, y el joven se asusta por un momento.

 

   -Ah, no, gringo. Nada de eso. –casi le reclama, presintiendo una despedida en el aire. Le toma el rostro entre las manos y, desde su propio punto de vista hasta hace media hora, hace algo terrible y monstruoso: su boca busca y atrapa la del lloroso gringo, que aún tiembla un poco.

 

   Lo besa y piensa que ya nada más importa. Y cuando la lengua del otro responde, tímidamente, siente que alcanza la gloria. Y tal vez así sea realmente. Por un rato el mundo ha dejado de existir. Algo había acabado, algo comenzaba. El joven se revuelve contra ese hombre y nada más ocupa su mente. Es comprensible. Es muy joven, y por eso podía desear con tanta locura a ese otro tipo, queriendo tenerlo para si. Es tan joven que podía brindar cariño y ternura todavía, porque su corazón aún no era una cáscara vacía ni una piedra tirada en el camino. Y es tan joven que podía darse el lujo de ser egoísta, terriblemente egoísta, y pensar que sólo ellos dos contaban en esos momentos. Ni por un segundo cruza por su mente que alguien más podría estar sufriendo en ese instante, una tercera persona.

 

   No sabe que aún a esas horas, un hombre delgado de cabellos claros, de rostro enjuto como tallado en madera, mira con pesar infinito hacia una larga y oscura carretera que parecía alejar algo de su vida. Ese hombre no puede olvidar que nuevamente ha dejado escapar a la persona que más ama en el mundo aunque nunca ha podido decírselo. Y que sufre al recordar la última mirada, dolida y algo llorosa ya, de esos ojos azules que se alejaban defraudados una vez más, reclamándole sin palabras, con un dolor muy vivo, preguntándole sin voz: ¿cómo puedes lastimarme tanto? Le duele, le duele saber que los dos meses que faltan para verse nuevamente son largos, y que esos días de tenerlo a su lado escaparán como agua entre sus dedos, de prisa, sin piedad, mientras él, rumiando malhumorado, deseará que duren una eternidad. Incluso le duele saber que dentro de dos meses no encontrará odio, rencor o resentimientos en esos enormes ojos, sino que verá otra vez el amor brillar en ellos, el perdón, la comprensión y el secreto deseo, y esperanza, de oírle decir: te extrañé mucho, Jack.

 

   Ennis desea que el tiempo vuele para sentir nuevamente el calor de su Jack, su cuerpo; para perderse en sus ojos, abrazándolo y besándolo, gritándole con todo su ser lo que la necia boca se negaba a transmitir, que no puede seguir adelante sin él. Y siente rabia y dolor, porque sabe que en cuanto estén juntos otra vez, ya estarán despidiéndose nuevamente. Siente rabia contra el mundo que lo aleja de su amor. Odia su miedo a la burla, al escarnio, al que dirán, que le hizo ser cruel con Jack cuando aquella camioneta pasaba por la carretera y él temió que otros los vieran e imaginaran algo raro. Odia y maldice al padre que lo llevó a ver a ese muerto en una zanja. Maldice el que no se pueda retroceder el reloj y volver a ser el muchacho que no hablaba, tímido, y conocer nuevamente a ese alegre y bonito tipo que lo mareaba, lo enloquecía y que una noche le entregó su amor, sin palabras, sin esperar nada, sólo porque lo deseaba; Dios, cómo deseaba regresar a ese año, a esa montaña, cuando fue realmente feliz.

 

   La noche es oscura, pero sus miedos son más negros. ¿Y sí no volvía? ¿Y sí se cansaba de ser defraudado una y otra vez? ¿Y sí una tarde llegaba al punto de reunión y Jack jamás aparecía? La piel se le eriza feamente sólo de imaginarlo. Él podía resolver eso fácilmente, ¿y sí le decía que si, que se fueran juntos y así pudieran dormir cada noche abrazados, en una cama grande, y despertar y besarse, y amarse sin miedo a ser vistos o juzgados al salir de un lugar? ¿Y sí…? Pero sabe que no lo hará, nunca podría. Y su mirada se cuaja de lágrimas, que ruedan con esfuerzo por sus mejillas, silenciosas. Son lágrimas amargas, que lo queman, porque no tienen consuelo. Llora porque nadie está ahí, porque nadie puede presenciar su debilidad, su amor, su angustia. Tampoco hay nadie allí que lo toque, lo conforte o le diga que todo pasará. No hay nadie que le tenga piedad, piedad que ni él mismo se permite para sí o para el hombre que ama. No hay un joven puto que se encandile con él, ni una ex mujer que sólo lo miraría con asco si le contara, ni unas hijas pequeñas. Está solo, y mientras mira hacia la carretera, se pregunta: “¿Dónde estarás ahora?”, y las lágrimas bajan, pocas, saladas, con desconsuelo. Para él no hay nadie que pregunte: ¿está bien, señor…?

 

Julio César.

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