SALMA HAYECK Y SECRETOS DE COCINA

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   Cocinaba almejas con calor humano…

 

   Maldita sea, se dice mientras gimotea de gusto, ¡ya no debía recibir a nadie en la cocina! Esa vaina la emocionaba, emputecía en una cocina, un secreto bien guardado. Que un macho la arrojara al mesón, abriéndole las piernas, apartándole las pantaletas y clavándole dos dedos en su cuca ya mojada, la hacía gritar. Todos se daban cuenta, y cuando alguien como el tipo del gas, venía a comprobar algo, esperaban tenerla allí. No había emoción más grande para Salma que estar sobre ese mesón de madera cruda, siendo cogida duramente, pellizcadas sus tetas, acariciado su rostro, chupando un dedo del carajo (cuando se agotaba de comer güevo… y no había lugar mejor que la cocina para eso), mientras le martillaban duro la cuca o el culo. Algunos le habían enterrado un pepino, una zanahoria y hasta un pedazo de yuca en su vagina. Le gustaba de todo, azotes en las nalgas o comer vergas mientras le metían tres dedos en el culo. Y siempre terminaba con ese bonito rostro transfigurado de placer… totalmente bañado de leche. Sí, le conocían ese fetichismo y esos carajos la tenían bien cogida… en la trampa.

 

Julio César.

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