ELIÁN GONZÁLEZ EL BALSERITO, Y BILL CLINTON EL GOZÓN

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   Cuando comencé a seguir por la prensa la historia de este niño, Elián González, pensé “vaya, qué película se haría con todo eso”; pero al ir conociendo mejor lo ocurrido, y cómo terminó todo, sólo me quedó arrechera y amargura. Sabrán que soy melodramático, así que se la calan. Al final me dije, como cantaba Arjona (de quién no soy fanático) que era cierto, el Norte y el Sur son una y la misma cosa.

 

   Cuando la madre de Elián, con otros compañeros, hombres y mujeres, se decidió echarse a la mar en una improvisada balsa, fue con el ex marido, padre de Elián, a decirle lo que haría, y que se llevaría al niño. Al hombre le pareció bien que se lo llevara, en ese momento no era el padre amoroso que más tarde dijo que era, ya que no pareció preocuparle los peligrosos que el niño afrontaría para salir del Mar de la Felicidad (nombre jocoso de la prisión cubana). Una madrugada, casi de noche, se echaron a la mar, sin nada, sin esperanzas, confiando en algún Dios que podía estar o no mirando, y que los vientos los llevaran a buen puerto, al sur del Imperio, La Florida, sorteando un mar cundido de tiburones aficionados a esa carne mulata que Fidel le enviaba cada tanto tiempo cuando los desesperados se echaban a la mar.

 

   ¿Qué les pasó? Nadie quedó para echar el cuento, como no fuera Elián. Al parecer quedaron atrapados en una calma chica, y perdieron el rumbo. Uno a uno fueron cayendo, pero a la madre le alcanzó el instinto y el amor para amarrar al niño a la balsa, pequeño e insolado, vistiendo de amarillo, color que las viejas consejas aseguran odian los tiburones. La mujer cerró sus ojos, cumplió su último deber y murió. Algún Santo estaba de su lado y la balsa llegó cerca de una zona pesquera, y un hombre de mar, flaco y feucho, lo rescató. Al parecer no lo reportaron hasta llegar a tierra firme, por la práctica inhumana de detener a los que flotan en el mar y regresarlos a sus puntos de origen. De alguna manera la familia en Miami se enteró y el niño llegó con ellos… pero entonces comenzó el forcejeo político: aparece el amoroso padre del niño.

 

   Enviad por el gobierno cubano, el hombre fue a pelear la guardia y custodia. Eso movilizó grupos enteros de refugiados cubanos y latinos en general a favor de la familia de la madre muerta, aunque las autoridades norteamericanas sostenían que el niño debía regresar con su padre, el mismo que permitió que saliera de Cuba en una balsa, tal vez sintiéndose aliviado, pero que ahora veía beneficios en recuperarlo y ofrecérselo a Fidel como un trofeo.

 

   ¿Quién no recuerda esa noche de Semana Santa cuando la casa fue tomada por las autoridades, los gritos, los insultos de los habitantes de la misma, y la vivienda quedando patas arriba mientras buscaban al niño? Y parecía un guión de película, tres gorilas enfundados en uniformes y cascos, con largas armas de asalto abren de golpe un clóset donde se ocultaba ese pescador, quien sostiene a un niño que grita y llora de forma desgarradora. Qué impotencia sintió todo el mundo, pero Janet Reno, Procuradora General de los Estados Unidos para ese momento, sostuvo que la ley estaba de parte del padre y a él debía entregarse el niño. Que el hombre y su repentino amor valiera tanto como un billete de dos dólares, de nada importaba. Era la ley.

 

   A la señora Reno uno le creería si no fuera porque justamente por esos días comenzaba el escándalo de Mónica Leguinski y el locuaz Bill Clinton, cuando el juró frente a todos, que la historia era falsa. Después se retractó, pero no había que inquietarse: que mintiera (perjurio) no era problema. A todo el mundo se le da la oportunidad, en el sistema legal norteamericano, a retractarse… pero ¿también a un presidente de los Estados Unidos, un comandante en jefe atrapado mintiendo? ¿Acaso no estaba más obligado él que nadie a ser veraz e integro? Entonces si dice que hay que invadir, ir a una guerra por esto o aquello… ¿se les permite a los Comandantes en Jefe mentir si después confiesan que se equivocaron o admiten lo que hizo? En ese plano se planteó la discusión en Norteamérica, el detestable fiscal Starr, quien perdió el caso nada más apareciendo ante la opinión pública, iba tras ese cuello, pero a la Procuradora General, señora Reno, le pareció que eso no era así.

 

   Aparentemente las leyes son tan acomodaticias allá como por aquí. Y eso que me agrada Bill Clinton; pero cuando Norteamérica regresó a Elián, escupieron sobre los rostros muertos de esa gente que escapó de un infierno una madrugada en Cuba, intentando vivir en un mundo de libertad, donde pudieran pensar, hablar y actuar como les dictara su conciencia sin tener que mentir o rebajarse. Sobre la memoria de esa mujer que lo amó y quiso otra cosa para él, y quien con su último aliento, todavía le alcanzó el ánimo para asegurarlo a una balsa, se burlaron todos, como lo hacen de las cientos de balsas que parten de ese infierno en el Caribe al que tantos defienden con calor y descaro.

 

Julio César.

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