HERMANITAS TREMENDAS

nenas-mojadas

   Entré y encontré a las morochas todas mojadas…

 

   -Elena, Tania… ¿qué haces? –gruñí, con los ojos casi salándoseme de las orbitas al encontrar a mis primas en le baño.

 

   -Te esperábamos, primo. –sonrió Tania, levantando sus nalgas.- Necesitamos tu ayuda. –y echaron a reírse.

 

   -Ah, les pica, ¿eh? –sentí la sangre hervir; la toalla se me cayó, empujada por el palo tieso.

 

  -La pregunta es, ¿puedes con tanto? –me retó, riente, Elenita.

 

   ¡La muy atrevida!, pensé mientra la oía ahora gemir y estremecerse toda cuando, agachándome, metí mi rostro entre sus nalgas y besé, lamí, mordí y chupé la rica cuca sobre su pantaletica. Gritaba casi tanto como Tania mientras le frotaba la suya con los dedos de mi mano. Frotaba como lamía, lentamente un momento, luego con rapidez. Oh, sí, sería rico saborearlas, meterles la lengua y oírlas gritar pidiéndome que las cogiera. Pero con dos nenas así, había que ayudarse un poco, pensé poniéndome de pie. Metiendo los dedos índice y medio de cada mano dentro de las pantaleticas, tocando en vivo, enterrándolos, frotando, sobando, dándole duro a los clítoris caliente, sonreí al verlas todas tensas, agitando sus nalgas. Se estremecían que daba gusto, más mojadas todavía, listas para ser tomadas… por mi boca y mi güevo.

 

Julio César.

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