LIMÓN Y JUVENTUD

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   Hace poco coincidí con varios conocidos de años tan pasados como el bachillerato, en la sala de espera de una clínica. Una amiga común tiene un problema grave, muy serio, con su hija. No hay buenos pronósticos. Allí me encontré con Deborah, una mujer a quien conocí en cuarto año de bachillerato (no sé cómo le dicen ahora a ese año), a quien le había perdido el rastro. Me sorprendí de entrada, como todos, porque estaba igualita. No era simplemente que se conservaba delgada (más llenita, de rostro algo más cachetón, pero era todo). Su rostro era una belleza. Todos querían saber qué hacía. Lo que me pareció de lo más indiscreto. Su respuesta fue: el limón.

 

   Aparentemente el limón, ese cítrico realmente ácido, ayuda como tratamiento de belleza nocturno (¡más vainas para antes de dormir en las mujeres!). Según ella, que parece muy enterada, el jugo de este fruto ayuda a eliminar en la piel del rostro, granitos, asperezas y hasta ‘lima’ pequeños surcos. Aparentemente cada noche toma medio limón mediano, y frente a su espejo, lo aplica frotándolo por frente, pómulos y nariz. Sobre mentón, mejillas y el sobre labio superior, lo frota más fuerte, de abajo hacia arriba para ‘entrar’ en los poros. Finalmente, cerrando los ojos, lo frota con menos vigor sobre las ‘ojeras’. Siempre según ella, al ir secándose, le prensa un tanto la piel, y eso la ayuda a mantener la piel lozana, fresca y limpia. Ah, y terminando, oprime el fruto sacando unas gotas que aplica y extiende sobre los dorsos de sus manos porque eso mantiene la elasticidad de la piel y evita las manchas hepáticas. La vejez, pues.

 

   Y sí, Deborah se ve bellísima, tal vez eso sí le funcione. ¿Quién sabe? Pero ahora un aparte, cada cierto tiempo aparece una panacea benigna para todo; cuando muchacho escuché muchas cosas buenas sobre el ajo. Todo era con el ajo. Luego llegó el turno del limón. Más tarde los desplazó la sábila. Ahora la sábila se utiliza para atender desde heridas en la piel, hasta como expectorante para la tos. Sin embargo, el limón como que sigue ahí ahí. En un aparte (después de decirme que me veía mejor que hace años, lo que me pareció un cumplido, o así quise verlo), le pregunté qué opinaba su marido de pasar la lengua y encontrarse con el ácido del limón. A lo que respondió:

 

   -Necio, uso el limón después de mis otros asuntos.

 

   Dios, qué energía tienen las mujeres.

 

Julio César.

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