ENTRÉ SIN LLAMAR… Y PORQUE ME LLAMARON

putas-calientes

   ¡Qué manera de menear el culo!

 

   Me detuve bruscamente, tomado por sorpresa. Siempre pasaba por casa de Gabriel, mi mejor amigo, a horas más tarde a tomar algo mientras hablábamos mariqueras de los deportes. Hoy llegué media hora antes, pensé que no habría problema. Pero verlo allí, ocupado, y pesadamente, metiendo y sacando su güevo duro de la cuca derretida de Migdalia, me hizo sospechar que sí abría problema. Aunque, miré. Qué culo, qué tetas tan redondas, firmes y grandes… qué cuca tan ávida la de Migdalia, pensé entre enrojecido de vergüenza (era mi mejor amigo y su mujer) y caliente. Mientras pensaba qué hacer, noté a Migdalia sonriente, mórbida, mirando de Gabriel a mí, con un mohín en sus labios, subiendo y bajando únicamente sus nalgas, tragándose el falo, mientras con sus dedos se acariciaba el culo, mirándome retadora. Verla agitarse al clavarse dos dedos, y gritar agónica mientras Gabriel la furruqueaba más rápido con su bate, mirándome ella toda puta… me tenía todo confuso, no entendía yo nada.

 

   -Qué se la metas por el culo, guevón, necesita machos. –aclaró Gabriel la vaina, descontrolándome más, mientras iba hacía ella, sacándome la polla y apuntándola a ese culito redondo, lisito y lujurioso que pronto lo tragaría.

 

Julio César.

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