PREOCUPADA…

TIAS CALIENTES

   Esa cuca se le derretía en la boca…

   Lizandro era un gran carajo, pensaba Martina de su hermano, y estaba a punto de arruinar su vida. Habiéndose casado con Elena, la llevó a vivir a casa de la familia, así Martina había sido testigo, como el resto, de la mala vida que le daba a la joven. Pero Lizandro la quería en el fondo, y como Martina no quería verlo sufrir, se asegura que la cuñada no lo mandara un día para el coño y se fuera. Por ello decidió tomar medidas, y lo hizo como suele hacerse: la invitó a tomar un poco de licor para que le contara sus penas, hablaron de lo bellas que eran, compararon sus figuras en ropa interior… y Martina logró derribarla sobre una cama, abrirle las piernas bien torneadas, y apartándole un poco la suave pantaletica negra le había metido la cálida y joven lengua hasta el fondo, saboreándola, agitándola allí, atrapándole el clítoris y chapándoselo como una becerrita. Elenita gritó, se estremeció, le dijo que no, que eso estaba mal… mientras gemía y se corría una y otra vez. Ahora, cada vez que hay un problema, Martina le come la cuca; su lengua y labios conocen el camino al erecto clítoris y lo atrapan, atrapando a Elenita también, quien gime y se rinde. Ahora juegan un poco más, y los dedos de Martina a veces le exploran, lentos, suave, la cuchara, otras veces, como ahora, se los clava con violencia, agitándolos con fuerza, en el sedoso culito, dejándola bien caliente para cuando Lizandro volvía. Cosas de familia, ¿no?

Julio César.

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