VICTIMA DE LAS CIRCUNSTANCIAS

MUJER MAMANDO

   Era una inocente mamagüevos…

   No era su culpa, coño, pensaba Leticia, golosa mientras subía y bajaba sobre el enorme tronco que la llenaba de jugos saladitos y ricos, pero también de ganas. Era inocente de todo eso, ella no quería entregarse así, piensa mientras sus rojos labios bajan sobre la verga dura y gruesa, palpitante y ardiente sobre su lengua ávida de más, pegándolos de la base, aplastando su naricita en ese pubis sin pelos de muchacho moderno. No quería engañar a su marido, Germán, pero no puede impedir aquello, se lamenta mientras sus mejillas rodean el tronco al ir subiendo, mamándolo, succionándolo como una becerrita. No era una mala mujer; que mamara cuanta verga parada se cruzaba en su camino no era buscado por ella. Lo que pasaba era que… ¡mamar güevos la enloquecía! Su marido al principio del matrimonio la envició, obligándola a despertarlo cada mañana con una. Ahora ver una así, desafiante en el aire, era una invitación irresistible a comer que no podía rechazar. Y ya se sabía, porque los vecinos y amigos de su marido, mientras ella iba por una traza de café para que diera tiempo a que Germán llegara, al volver los encontraba con el palo afuera. Temerosa caía rápido y mamaba hasta vaciarla, pero cuando venían de dos o tres, le daba más trabajo. Por cierto, Leticia vive en…

Julio César.

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