TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL

WOMEN HOT

   No era mala, pero tenía una pinta… Estas son historias de armas tomar.

……

   Tal vez su mal humor se debía al calor, piensa Carolina, nada convencida al respecto mientras toma asiento a la ancha mesa para seis, donde desayuna con una familia que ya comenzó sin ella. Debía ser el calor, se repite la atractiva mujer a quien su cumpleaños número cuarenta tenía de mal humor desde… hace dos años. Claro, el calor, hacía calor, de lo contrario la putica esa no andaría tan destapada, piensa oprimiendo sus labios rojos y bonitos en un gesto de desaprobación.

   Carolina Fuentes (de Marotta, a veces lo olvidaba), era una cuarentona alta y delgada, de buen cuerpo, de senos no muy grandes pero no chicos, sostenidos aún como gustaba de reconocer en el gimnasio delante de las ‘chicas’. Su cabello negro, largo, recogido siempre en un severo moñó, era llamativo, así como su frente despejada, pómulos pronunciados y ojos amarillentos, que a veces despedían luces indicativas de peligro. Como habría notado su familia que despedían ahora, sí no estuvieran tan pendientes de mirarle el culo a la putica. Sentados a la mesa se encuentran el marido, Mario, cuarentón también, de rostro indolente, bien parecido. Y dos hijos mocetones, pocos pacientes con ella, cada uno en su edad, su tiempo y su mundo. Marcelo de dieciséis, alto y de buena pinta, con trabajo sería fornido, y Vicente, de trece, menudo, también alto y muy flaco, de mirada astuta. Una mirada sabia, aunque ahora la tenía clavada, cómo no, en la putica.

   La putica (es decir, Clementina Salvatierra) era una voluntariosa, riente y alegre muchacha de dieciocho años, traída por Carolina de su tierra natal para que la ayudara en las tareas de la casa mientras encontraba qué hacer con su vida. A Carolina le disgustaba la joven no porque fuera una “vieja” mala sino porque… carajo, no era normal que una muchacha de esa edad tuviera ese tamaño menudo, de muñequita frágil, esas tetas grandes, redondas, paradas, que desafiaban los botones de una blusa de su talla, unas piernas torneadas de muslos bonitos, de cutis liso y suave, así como un trasero paradito, también redondo, que destacaba contra la suave tela del uniforme de sirvienta, algo que Carolina quiso obligarla a usar, aunque a Mario le pareció algo horrible. Se sentía como un explotador.

   Pero a Tinita (como le dicen todos de cariño, menos Carolina), no parecía molestarle. Y allí, mientras Carolina oye a Marcelo, distraído, decir que reprobó matemáticas, y a Vicente, perdido en las tetas de Tinita, que la van a llamar por una ventana que rompió en el liceo, le mujer siente que una vena late dolorosamente en su frente. No dice nada, pero hierve de rabia. Mira a Mario, pero este, fuera de miradas ocasionales, no detalla a la joven. Cosa que no engaña a su mujer.

   Y estaría en lo cierto, sentado entre su mujer y de su hijo Marcelo, Mario sonríe para sí, con una erección (como seguramente tenían los otros dos) sintiendo a Tinita ir de aquí para allá sirviendo vainas de un carrito, tibio su cuerpo a pesar de no rozar a nadie. Olorosa a talco y a… hembra, a mujer joven y saludable. Mario la imagina con su blusa rosadita, sus medias a medio mulso y sus tocones, sin nada más, mientras él le clavaba el güevo una y otra vez en la joven, ardiente y ávida cuca, teniéndola de espaldas sobre esa mesa. Imagina enterrándosela a fondo, gritando al serle atrapada la verga por esa vagina que lo hala y soba, dándole una buena apretada. La imagina gritando, de gozo, con su voz aniñada y dulce, mientras la coge y la coge, duro, haciendo estremecer la mesa, abriéndole de un golpe la blusa e inclinándose sobre ella, mordiéndole las tetas, de una a otra, sintiendo el pezón duro, las masas erectas. La coge mientras sus manos aferran sus nalgas, alzándola un poco, trayéndola y alejándola de su güevo rojizo, duro, babeante, que suelta jugos como la vagina misma. Se imagina besándola, alzándola contra sí, abrazados, y ella totalmente clavada de su güevo, montada, mojándolo todo con los líquidos de su próximo clímax, mientras sus lenguas se lamen y un dedo de su mano grande va al culito redondo de la chica, clavándoselo. Haciéndola gritar más, dentro de su boca, tensándose contra él, vibrando como una hembra deseosa de machos, esperando por su leche caliente…

   -¿Querido…? –la voz de Carolina, suave pero gélida, lo trae de regreso al mundo.- Se te hace tarde para ir a tu consultorio.

  -Yo… sí, déjame tomar otro café. –sonríe algo culpable, con el güevo tan palpitante que teme haberse mojado.

   ¿Sospechó Carolina algo? No se sabe, pero pareció más ceñuda. A la hora de partir, la mujer repartió cubitos de hielos a los que llamaba besos, mientras reclamaba algo y prometía una seria conversación. Todos salieron. Fue cuando ella se volvió hacia Tinita, la cual recogía los platos del abundante desayuno.

   -El fregadero sigue botando agua, Clementina. –encara la mujer, más alta, más elegante, mayor. Exótica, hermosa, pero no tanto como Tinita.

   -Sí señora, es que ayer tuve que salir a vacunarme contra la tuberculosis, usted sabe, y justo en ese momento vino el señor Mijares. Ahora no sé cuando vuelve, ese señor tiene tanto trabajo. –la mira con ojos grandes, esos ojos castaños que destacan en su carita de corazón, de cutis como de fruta, terso. Cómo la odiaba Carolina.

   -Cuando te traje fue para que me ayudaras, no para que resolvieras tus asuntos. Si ese fregadero no está arreglado hoy, recoges tus cosas y te regresas a tu casa. –no grita, no es dura, pero Tinita tiembla, sabe que cumplirá.

   -Pero señora…

   -¡Esta tarde! Buenos días. -y salió, dejándola mal.

   A la joven se le cae el alma al piso. Sus ojitos se llenan de llanto, ¡qué mala era la señora! Ella no quería volver al pueblo por nada del mundo. No podía. Y la señora la sabía. ¡Pero era tan cruel! Con pasos autómatas fue llevando todo a la cocina, pensando en qué hacer. Finalmente sonríe dulcemente, ¿y sí le pedía de por favor, por favor, por favor, al señor Mijares que la ayudara o se metería en un problema? Seguro que la ayudaba. Parecía buena persona. Sí, tal vez la ayudarían, se dice la dulce muchacha. Sonríe como si el pensarlo ya lo hiciera realidad.

   Decidida va a la sala del enorme e imponente apartamento (qué raro que la señora no tuviera una mansión, se dice de pasada), mirándose al espejo. Se veía tonta con su flequillo en la frente, las dos trenzas de cabellos castaños oscuros, su boquita roja y el uniforme, camisa rosa y faldita del mismo color, que por alguna razón parecía algo corta. Cuando trapeaba sentía que el señor o el niño Marcelo, inclinaban un poco la cabeza. Cosa que siempre la incomodaba. ¡Ella respetaba tanto!

   Mientras sale del edificio de residencias, seguida de las miradas de los vigilantes, y cruza la avenida, no repara en nadie. Tan sólo mira las cosas, todo tan bonito, tan distinto a su pueblo de calles estrechas y remendadas, y con baches, sus edificios viejos donde se leía todavía: “CAP mató a Renny”. Allí estaba el taller del señor Mijares, y ahora sí se detiene la joven por un momento. ¿Y sí no la ayudaba? No, claro que sí, eran gente buena, se dice.

   Pero le cuesta terminar el trayecto hasta el taller de reparaciones, también encararlo. A su sonrisa hermosa, a su pase del peso de una pierna a la otra y a su vocecita dulce, el hombretón frente a ella, un carajo al que ella le daba por el cuello, de brazos como troncos, velludos, y piernas que cada una parecía las dos de ella, parecía indiferente a sus encantos, luego a su angustia de que estaba metida en un problema. Por primera vez la chica encara la posibilidad de que la señora puede molestarse tanto que va a echarla. Y no puede evitar llorar, gimiendo entre pucheros a ese hombretón que tiene que ayudarla. Mijares, el tipejo, la mira fijamente, casi sorprendido de esa desesperación.

   -Calma, muchacha, todo tiene solución en esta vida. –le gruñe ronco, abrazándola, grandote, ella le da por el fuerte hombro sudado.

   Pero no es paternal. Sentirla frágil, tibia, olorosa a talcos, y femenina, lo excita, y alarmada ella siente el crecimiento de ese güevote contra su barriga. Cuando intenta cortar, llorosa aún, el abrazó, él la retiene. Su mano izquierda sobre la espalda femenina, la derecha sobre su trasero. Esa mano soba las nalguitas de la chica antes de meterse bajo el ruedo de la corta faldita, para recorrer y acariciar de forma ruda, violenta, las turgentes, redondas y firmes nalgas de la chica, sobre una pequeña pieza interior que el hombre sabe es un bikinicito de encajes.

   Ella quiere separarse y gime que la suelte, pero esa mano soba, acaricia y se mueve, metiéndose entre los dos, bajo la faldita, acariciando codicioso el pequeño triángulo de tela invertido, sobando sobre ella los labios de la vagina. Tinita está alarmada, siente que ese carajo arde, que esa manota quiere metérsele, que ese güevote es como muy grande. Va a gritar, a armar un escándalo para que llegue la policía cuando el hombre hace algo que la atrapa.

   Esos dedos largos, gruesos, callosos, se meten dentro de la pequeña y suave pantaletica, y el dedo índice baja codicioso hacia la vagina, separando sus labios, tocando los pocos pelos cortos, entrando. Y no fue que entrara como Pedro por su casa en la rica y cálida cuquita joven, sino que rozó, de pasada, el clítoris de la chica sorprendiéndola, haciéndola gemir. Él lo notó, notó que se aquietó y su respiración se hizo más pesada. Ahora sabía qué hacer. Y ese dedo dentro de la vagina se arqueó una y otra vez, sobando el capullo que endureció rápidamente.

   -No… no… -gemía la chica, mareada, ese dedo que tocaba y tocaba la mareaba, no la dejaba pensar.- No, por favor… yo soy una mujer decente y… ¡Ahhh!

   ¡Decente!, pensó él con burla, arqueando una y otra vez ese dedo, masturbándola, atendiéndole el clítoris, de pie, en medio de ese taller de reparaciones, ella una mujercita menuda vestida de domestica, él un carajo enorme, robusto, musculoso, metiéndole la manota dentro de la pantaletica, y clavándole un dedo en la ardiente cuca. ¡Era una zorrita, una putica! Se dijo sonriendo. Lo nota en su mirada nublada y torturada, sus cachetitos rojos, su frente contraída y su boquita abierta, pero sobretodo en su cuca mojada, esponjada, más abierta ahora que separa un poco las piernas permitiéndole actuar.

   Ahora dos dedos enormes van y vienen, lentos, entrando, penetrándola, sobandota, agitándose dentro de esa sopa caliente que tiene allí, antes de salir y entrar otra vez. Ella grita agónica, ronca, de placer. Tal vez no quería eso, su mente decía ‘no’, pero su cuerpo sí. Es tan escandalosa que tiene que besarla, meterle la lengua y atrapar la suya, temeroso de que la oigan afuera y malinterpreten todo. Le lame la lengua, se la muerde, mientras su mano izquierda se mete dentro de la blusa, abriéndola, separando el sostencito rojo a juego con la pantaleta, y atrapa una de las tetas redondas, duras, firmes, de pezón rosadito y parado. La besa, le aprieta una teta y su otra mano sigue trabajándole la cuca, haciéndola gemir.

   -Por favor, no… -gime ella mareada, cuando él deja su boca; quiere detenerlo, una chica decente no hacía esas cosas, pero sin darse cuenta sus caderas iban y venían un poco, buscando los dedos que se le metían.

   -No temas, te voy a dar güevo hasta por las orejas. –finge no entenderla.- Dime putica, ¿ya te has gozado dos güevos a un tiempo, uno por la cuquita caliente y otro por tu culito estrecho?

   -¡¿Qué?! –la impacta.

   -Porque estás a punto de vivirlo, mami rica. Dos güevotes para ti… -le informa sonriente, casi sádico, señalando más allá con un gesto.

   Desconcertada, y algo asustada, ella vuelve la cabeza y encuentra a otro carajo. Allí estaba el joven ayudante del señor Mijares, casi tan alto y fuerte, sonriendo, con un güevo enorme fuera de su bragueta, rojizo de ganas, botando agua ya…

   -Ay, pero qué putica más linda eres… Te vamos a dar güevos de los buenos. –dice el otro, riente como una comadreja, acercándosele también.

   -¡Nooo! –gime ella.

   Qué predicamento. ¿Se la meterán a dúo esos dos carajos a la inocente Tinita? ¿Gritará con una verga clavada en su cuca y otra destrozándole el culito? ¿La harán agarrarle miedo al sexo o se convertirá en la putica que esperamos? Ya lo veremos…

CONTINUARÁ…

Julio César.

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