TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL… (3)

WOMEN HOT

   Estaba caliente y lo quería todo… por todos lados.

……

   Dudando sólo un segundo, con el corazón agitado, Wilson abre la puerta y compone una sonrisa. Ella está allí, quieta, con los ojos cerrados. Cuando exclama un “buenos días”, ella lo mira con desdén. ¡Paff! La bofetada es sonora, fuerte. El atractivo rostro masculino casi se ladea, él parpadea. El cachete le hormiguea.

   -¿Por qué…? –pregunta, inconcientemente ¡Paff! Y calla. La primera fue sorpresiva, no sabe por qué fue. La segunda sí lo sabe. Por preguntar. Un perro no puede replicarle o exigirle explicaciones a su ama. Y lo había olvidado.

   Nadie podía entender qué había pasado, ¿por qué Wilson no era un exitoso abogado de carrera? Porque ella lo controló. Lo otro era peor, de machote en celo, de hombre predador había terminado sometido a esa mujer fría, quien ni le responde mientras va su escritorio, sentándose, mirándolo fijamente, abriendo sus piernas, mostrando una conservadora pantaleta negra. Se observan, él resentido por la cachetada, por todo. Ella con leve burla.

   Wilson la odia. Esa mujer lo había destruido, a veces quisiera… pero ya cae sobre manos y rodillas, enrojeciendo todo, viéndose más atractivo, reconoce Carolina con orgullo, era un perro de raza. Su perro. Y así, sometido, Wilson se acerca a la mujer, olfateando en sus piernas, caliente ya, con una dolorosa erección bajo su jeans, y mete el hocico, es decir la cara, en ese entrepiernas, olfateando a la mujer, pegando s nariz de la pantaleta, temblando de lujuria…

   -Perrito bonito… -la oye, fría, mientras una manita le acaricia tras una oreja. Y Wilson ya no piensa, frota su boca de esa pantaleta y lengüetea como perro jadeante…

   Y como pasa cuando alguien goza, alguien más se acerca. Alguien más mira y se sorprende. Y en este caso era alguien de la familia, que se detiene ante el espectáculo con un:

   -Pero ¿qué coño…?

   El muchacho quedó sorprendido ante lo que miraba. Jamás imaginó, al entrar buscándola, que se toparía con aquello… con la dulce, (su dulce) Tinita desnuda, a excepción de sus tacones y medias (con la pantaletica hecha un hobillo sobre el piso), dándole la espalda al enorme y velludo señor Mijares, sentada sobre su güevo. Cayendo una y otra vez, entre gemidos y estremecimientos de gusto (sabe que sí, que la putica de Tinita está gozando) mientras sus nalgas van y vienen, metiéndose la enorme tranca en su vagina caliente y mojada, con rapidez, ya incapaz de controlar toda su lujuria de pepa caliente. Los rojos labios se abren y cierran cuando van y vienen sobre el cilindro de carne dura, que desaparece casi toda, tragada por la ávida muchachita.

   ¡Qué puta!, pensó, sintiéndose fascinado (y molesto) mientras sale como entró, sin ser escuchado. Ah, ¡pero ya vería esa perrita!, se jura al marcharse. ¿Y Tinita? Ni cuenta se dio, arqueándose y retorciéndose como estaba sobre esa verga dura que la llenaba de tanto gusto.

 

   -Ahhh… ahhh… -gritaba escandalosa, mientras las manotas de Mijares le apretaban las redondas y duras tetas, frotándolas, amasándola, atrapándole los pezones y torciéndolos un poco, llevándola al límite del clímax.

   Es cuando el joven ayudante, riendo como una rata, se sube al mueble y su güevote queda viendo hacia la chica, y atrapándole la nuca, la guía casi sin necesidad. Ella desea saborearla, comerse esa verga dura, ya sabía cómo palpitaban sobre su lengua y le gustó. Y con otro gemidito de puta golosa va tragándola. Sus adorables labios rojos van atrapándola, entornando los ojos, antes de que el muchacho comience a cogerle la boca, metiéndole el güevo hasta la campañilla, ahogándola.

   -Carajo, cómo le gustan los güevos a esta putica. –comenta el muchacho, acariciándole el bonito rostro, todo enrojecido y levemente transpirado, mientras le meten güevo, duro y a fondo, por esa boca y esa cuca al tiempo que le amasan las tetas.

   -Hay que darle el tratamiento total. –gruñe Mijares, sonriendo ya con sádico placer, tomando a la chica de la cintura y alzándola, sacándole el güevo de la vagina. Por un segundo la joven, con el tolete del muchacho hasta los pelos dentro de la boca, intenta mirarlo intrigada.- No te angusties, nena, estarás bien servida.

   Obliga a la chica a subir uno de sus entalonados pies al mueble, y mientras con una mano se aferra el güevo, con el otro, después de ensalivárselo, lubrica la entradita del culo de la muchacha. Esta lo nota y pela los ojos, viéndose graciosita con ese tolete clavado en una de sus mejillas, abultándole. Eso dolerá, piensa mientra intenta presentar resistencia. Pero es poco lo que puede hacer. El joven, sonriente, le atrapa nuevamente la nuca, inmovilizándola contra su tolete, mientras la amoratada cabezota del güevo de Mejias se frota de la sedosa, suave, cerrada y lampiña entradita de ese culo virgen. La frota y forza; ella gime contenida (tiene una verga en la boca) cuando la cabecita se forza y entra. Con un bramido de gusto, y sadismo, Mijares la suelta. Y Tinita, con todo su peso, cae sentada de culo sobre el güevo, clavándoselo. Logra gritar porque el joven, prudentemente, le sacó su tranca de la boca (mierda, no fuera a morder).

   -Calma, nena. –la sisea Mijares, sobándola toda, pellizcándole nuevamente los pezones, mientras ese culo arde, se dilata y contrae sobre el grueso falo, adaptándose.

   Sin moverla mucho, Mijares empuja arriba y abajo, y ella gime, eso era… extraño. Ahora el carajo la obliga a subir y bajar un poco más, enculándola, metiéndole el grueso falo por su estrecho y sedoso culo que lo chupa duro, dándole gran placer. La pelvis de Mijares parece una batidora, arriba abajo, de derecha a izquierda, enculándola, moviéndola dentro de la chica, mientras sus dedos gruesos van a su vagina, entrando, frotándola, masturbándola. Y Tinita grita de gusto nuevamente, y nuevamente sube y baja su golosa boca sobre el güevo del muchacho que sonríe.

   -Ahora nena, gózalo… -le gruñe, sacándoselo de la boca, dejándola bañada de sudor, saliva y jugos de güevo.

   Baja al piso, abre sus piernas para abarcar las de Mejias, pero no tanto para quedar entre las de tinita, quien lo mira mareada con tantas sensaciones nuevas, y tantos güevos. El joven le guiña un ojo, tomando su güevo, y mientras la joven está totalmente empalada del tolete de Mejias, sentadita, lo enfila hacia la ardiente vagina. La chica no lo puede creer: ¡iban a cogérsela entre los dos! Pero ya no piensa, sabe que tiene esa batalla perdida cuando su cuca se ensopa todavía más, de placer, de anticipación. La roja cabeza del tolete del muchacho, suave y caliente como el infierno, se frota de sus labios gordezuelos, acariciándola, para entrar nuevamente, medio centímetro, frotándola de arriba abajo, sin terminar de entrarle. Y ella se angustia.

   -¡Cógeme de una vez! –le grita, casi llorosa, sintiéndose mal de ser tan puta, totalmente bañada en sudor, sin querer imaginar lo que pensarían sus tías si la supieran en esas vainas de mujeres mal criadas. Pero ya no pensaba.- ¡Cógeme, por favor; entiérrame tu güevo!

……

   Renata Tovar, la grandiosa Renata Tovar, primera actriz de radio, cine y televisión, vistiendo un escotado negligé (exigido por el maricón del director), piensa que esa novela ya no tenia salvación. Era, pura y simplemente, una grañidísima mierda. Con esa batola que (eso sí) deja notar su hermoso cuerpo, la mujer encarna a una vampiriza, una madre manipuladora y calculadora (aparentemente los directores idiotas no creían que diera ya el tipo de galana joven), quien se dispone a seducir al novio formal de su hija para demostrar que era un canalla. Caramba, ¿no podían pensar en una imbecilidad más grande?, se pregunta mientras espera que se inicie el rodaje. Ni que las mujeres fueran tan ingenuas o tontas; siempre moviéndose, y preocupándose, únicamente de la cama.

   Alguien grita “acción” y ella con una pose de Alexis Carrington en Dinastía, espera a que termine el sonido de una ducha, pronto sale del “baño” del dormitorio un joven bien parecido. Es uno de esos mariconcitos (piensa) que el director siempre buscaba porque lucían bien y mientras lo miraban (como ahora que había más de un par de ojos fijos en sus tetillas) el público olvidaba que no actuaba sino que leía, un puro cuerpo y nada de sesos que no conoce la “o” ni por lo redonda. Pero sí, se dice con algo de ironía, se veía bien. Era un carajo de cabello castaño algo largo, húmedo, de buen cuerpo, lampiño como dictaba la moda, con una toalla alrededor de la cintura. Sonriendo para sus adentros, Renata se pregunta sí estaría desnudo. Claro que no, aún no llegaban a eso para subir los ratings… ¡aunque faltaba tan poco!

   El tipo, como recitando un poema (qué mal, Dios), pregunta qué hace en su cuarto. Ella, abriéndose la bata, dejando que él (y la cámara) la recorra con la mirada, dice que tienen un asunto que terminar. Y el jovencito pone cara seductora (o de dolor de barriga) y camina hacía ella, dejando caer la toalla. Usa un calzón blanco, tipo bikini, que se le ve bien, admite ella, pensando de paso que el maricón del director, se pasaba. Esa prendita, fuera de pequeña, dejaba poco a la imaginación, incluso el buen tamaño de la herramienta detrás. Y sigue lo que dice el libreto, el tipo cae sobre ella, obligándola a desplomarse sobre la cama, y la besa (torpemente, con labios algo ensalivados) y ella responde a la ‘caricia’…

   Y sí, responde demasiado. Al carajo se le para el tolete, duro y caliente, contra su vientre. Eso casi la divierte, se sabe hermosa, de buen cuerpo y curvas, y olía rico (por qué ser modesta); y aunque esa respuesta del joven macho le divierte e inquieta un poco (sentir la barra caliente contra su cuerpo le agrada a un nivel básico), lo corta, medio empujándolo de lado.

   -Por Dios, denle una ducha a este muchacho. –informa sentándose, provocando risitas, incluso las del chico, quien nada perdía excitándose junto a hermosa (y famosa) Renata Tovar.- Estaré en mi camerino mientras se le pasa lo tieso.

   -¡Renata! –chilla el marica… es decir, el director, piensa ella.

   -Ay, Gregory, no voy a tenerlo montado sobre mí caliente como está. Ayúdalo con la boca a que se le baje. –le susurra bajito y sale, enfundándose en su bata, nuevamente seguida de risitas.

   -Lo siento. –le gime el joven, medio recostado de lado para ocultar la erección. El hombre, mirándosela, se sienta a su lado.

   -Calma, no todo… -y monta una mano en la cadera del otro, la cual es prontamente alejada de un manotazo.

   -Oye, sin tocar… hasta que me den el papel, ¿okay? –le susurra duro, esperando no tener que pagar nunca. Y esperaba, en verdad, que Renata se pusiera más amistosa en el futuro. Sonriendo, seguro de sí, sabe que no le resultó tan desagradable.

……

   Renata entra a su bonito aunque algo chico camerino. Mira la hora y bota aire. Tenía una cita esa tarde con un médico que no le agradaba para nada. Se sirve una pequeña copa de vino. Y el teléfono suena. Tomando aire lo toma. Después del falso y alegre “aló”, finge sorpresa ante su interlocutora.

   -¡Carolina, chica, cuanto me alegra oír tu voz!

   -¿De veras? Debiste llamarme anoche. –puntualiza, tan falsa y jovial como Renata, Carolina Fuentes (de Marotta, a veces se le olvidaba)… sonriendo complacida, sentada en el bonito sofá de su oficina… con Wilson, su enorme y atractivo asistente, sentado en sus piernas, en una clara y mórbida inversión de roles.

   -Lo olvidé, querida. ¡Estoy tan ocupada…! Pero, ¿qué deseabas? –y espera algún pedido extraño, tan vez un favor, una presentación en alguna barra legal o cualquier otra idiotez de aquella mujer de las relaciones publicas del canal, entre otras cosas.

   -Encontré a tu hija perdida. –lo dice como sí tal.

   Y todo alrededor de Renata da vueltas, violentamente; siente que el corazón se le detiene en el pecho (casi siente deseos de darse unos golpecitos), y el mundo pierde definición.

   -¿Qué? ¿De qué…? ¡Maldita perra, ¿a qué juegas?! Mi hija… -brama, perdido todo buen humor, fingido o no; ahora era una loba.

   -Tu hija está viva, Renata. No la asesinaron como lo ordenaste. Y yo sé dónde está. Creo que vino a cobrarte. –sentencia risueña, cruel, con una cara que muy pocos (Wilson es uno de los pocos, y que la mira asustado en ese momento, con su culo sobre el pubis de esa mujer que lo domina) han visto.

    -¡No es verdad! Yo no…

   -Se llama Clementina Salvatierra, o Tinita, como le dicen algunos…

   Vaya, ¿nuestra Tinita resulta ser la hija perdida de una celebridad? ¿Y qué es eso de que la tal Renata intentó matarla? Por otro lado, ¿quién miraba a Tinita mientras se la follaban? ¿Cabrán esos dos güevos en los orificios de la nena? ¿Se volverá loca por ellos? ¿Toda mujer ha experimentado algo así? ¿Todo carajo, y su mejor amigo, lo han clavado así también? Preguntas… tan sólo hay preguntas…

CONTINUARÁ…

Julio César.

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