TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL… (4)

WOMEN HOT

   Dos se le corrieron adentro, ¿será lo ‘peor’ que hará? No, ni de cerca…

……

   Renata entra a su bonito aunque algo chico camerino. Mira la hora y bota aire. Tenía una cita esa tarde con un médico que no le agradaba para nada. Se sirve una pequeña copa de vino. Y el teléfono suena. Tomando aire lo toma. Después del falso y alegre “aló”, finge sorpresa ante su interlocutora.

   -¡Carolina, chica, cuanto me alegra oír tu voz!

   -¿De veras? Debiste llamarme anoche. –puntualiza, tan falsa y jovial como Renata, Carolina Fuentes (de Marotta, a veces se le olvidaba)… sonriendo complacida, sentada en el bonito sofá de su oficina… con Wilson, su enorme y atractivo asistente, sentado en sus piernas, en una clara y mórbida inversión de roles.

   -Lo olvidé, querida. ¡Estoy tan ocupada…! Pero, ¿qué deseabas? –y espera algún pedido extraño, tan vez un favor, una presentación en alguna barra legal o cualquier otra idiotez de aquella mujer de las relaciones publicas del canal, entre otras cosas.

   -Encontré a tu hija perdida. –lo dice como sí tal.

   Y todo alrededor de Renata da vueltas, violentamente; siente que el corazón se le detiene en el pecho (casi siente deseos de darse unos golpecitos), y el mundo pierde definición.

   -¿Qué? ¿De qué…? ¡Maldita perra, ¿a qué juegas?! Mi hija… -brama, perdido todo buen humor, fingido o no; ahora era una loba.

   -Tu hija está viva, Renata. No la asesinaron como lo ordenaste. Y yo sé dónde está. Creo que vino a cobrarte. –sentencia risueña, cruel, con una cara que muy pocos (Wilson es uno de los pocos, y que la mira asustado en ese momento, con su culo sobre el pubis de esa mujer que lo domina) han visto.

    -¡No es verdad! Yo no…

   -Se llama Clementina Salvatierra, o Tinita, como le dicen algunos…

   -Esto lo vas a pagar, Carolina Fuentes. No te perdonaré esta broma tan cruel. –casi ladra, pálida y jadeante.- No sabes cuánto sufrí cuando…

   -Evítame el tango, Renata. Recuerda que te conozco. Ella está aquí y viene por lo que le pertenece. Y, créeme, es una perra. Como te aprecio tanto… -y nada podía sonar más falso, reconoce con una sonrisa la mujer mientras mete una manita bajo el suéter de Wilson, sentado aún sobre sus piernas, acariciándolo.- …te quise advertir. Chao. –y cuelga sin dejar hablar a la otra.

   Renata, en su camerino, queda mal. ¡Su hija, viva! ¡Imposible! Cuando la perta se abre a sus espaldas, se vuelve dispuesta a mandar a quien entrara al coño de su madre, pero resulta ser Calixto, su marido, un carajo joven y bien plantado, que la adoraba.

   -¿Terminaste por hoy? Quiero llevarte a comer y… -sonreía él, hasta mirarla bien.- ¿Te pasa algo, Renata?

   -No… nada, mi amor. Sí, llévame de aquí. Por hoy estoy acabada… -casi jadea, con una sonrisa tensa. ¿Su hija perdida?, y un carajo. Qué tramaba la puta esa?

……

   -Ve a buscarme los documentos esos. –le dice Carolina a Wilson, casi lamentando cuando el enorme carajo se pone de pie, quitándose de sus piernas.

   Todavía le alcanza el tiempo para darle una nalgada al hombre, quien contiene la respiración (¡cómo lo humillaba!), alejándose… intentando que su leve erección (ese trato lo calentaba, quisiera o no) no se note. Carolina, sin reparar en él, sonríe satisfecha. Pronto acabaría con Renata, y más importante, los negocios de la otra pasarían a sus manos. Eso casi le provoca un orgasmo.

……

   El grueso y amoratado güevo está casi todo cubierto por el sedoso culo que lo traga, la roja cabezota del otro tolete, también grande, sigue frotándose de los labios de aquella vagina hasta que comienza a entrar también, centímetro a centímetro. Y Mijares siente como Tinita, sentada sobre él, se tensa toda, como su cuerpo se arquea cuando el falo la penetra al fin. Tenía ahora un güevo por el culo y otro en la cuca, y la menuda jovencita estaba en la gloria, sudorosa, bañada en saliva, jadeante. Chilla como gatita una y otra vez hasta que los dos toletes están bien metidos, llenándola de placer.

   Ahora esos güevos se agitan. El ayudante de Mijares lo saca y mete, lentamente, cogiéndola y ella se estremece y bambolea un poco, subiendo y bajando un poco sobre el güevo de Mijares, quien aferrándose al respaldo del mueble, mostrando gran vigor físico, comienza a subir y bajar sus caderas sobre el sofá, cogiéndola también. Ella grita cuando esos güevos van y vienen, dándole duro, hondo. Esos palos tiesos, gruesos y ardientes se le meten hondo y ella siente deseos de más, agitándose entre ellos, frotándose de uno y otro mientras recibe sus güevos descompasadamente.

   Se oyen sus gemidos, de gusto agónico, cuando el güevo de Mijares se ve hasta la mitad, antes de que caiga nuevamente sobre él, y cuando el tolete del más joven salía casi hasta la roja cabeza para enterrársele con fuerza. Y el joven se le va encima, duro, pesado, metiéndosela hasta las bolas que le chocan de las piernas, casi sobre Mijares. Y, sin nada erótico en mente como no fuera exprimir a la putica, los brazos del oso rodean al joven, halándolo, y Tinita grita entre dos los cuerpos que la queman. Ahora, meciendo sus caderas de adelante atrás, Mijares la batuquea toda y la coge más, y llega el momento que cuando su tranca se mete casi hasta los pelos, la del ayudante también entra; ahora cogen a Tinita al unísono los dos güevos ardientes y babeantes se le meten, cepillándole la pepa del culo y la de la cuca. Son güevos adentro y afuera, y cada cogida le daba más gusto, pero también mayor desesperación. Quería eso, güevo, que le dieran duro.

   Se ve hermosa, transpirada, gimiendo como la reina de las putas, con sus ojitos cerrados y su boquita roja abierta. Y el ayudante de Mijares la mira con deseos de besarla mientras se medio separa un poco, atrapándole los pezones erectos, apretándoselos un poco, logrando que la chica de un saltito sobre sus güevos (sin que lo suelte todavía Mijares, la tenían aprisionada); pero no lo hace, porque en esa boca estuvo el güevo de otro carajo… y todavía ni se la enjuagaba.

   Tinita no piensa, no quiere evocar a su viejo padre diciéndole que se porte bien, ni a sus tías rezando el rosario en el patio en las tardes, ni la misa de los domingos, o la velita encendida a su madre cada noche… porque esos güevos calientes la tienen loca. Mientras tenga uno cepillándole el culo como ahora, y otra la cuca, estaba bien, reconoce toda avergonzada pero gozando. Los dos toletes salen un poco y se clavan con fuerza, y chilla abrazándose del más joven, desfallecida. Sentir los dos güevos moviéndose, frotándose, luchando dentro de ella, la hacían casi correrse de puro gusto.

   -Ohhh, Dios mío, sí…. –grita cuando la velocidad aumenta.- Qué rico… -y con ojos nublados mira al joven, casi besándolo.- ¿Lo notas? ¿Notas ese tolete enorme frotándose del tuyo? Ahhh… -grita cuando se clavan hondo, se quedan allí y los dos hombres la medio maraquean para que se mueva sin sacárselos.

   Pero no, el joven no quiere pensar en el güevo de su jefe metido allí, al lado del suyo. Ni le interesa. Es esa cuquita mojada, caliente, que chupa voraz, la que lo tiene trastornado. Qué suerte habían tenido pillando a una putica como esa, se dice con gusto… cuando lo siente. Se tensa todo, grita un “ahhh… tómala toda, maldita perra” y se la clava más, llenándole esa cuca de leche, de una leche que hierve y quema. Una que la hace gritar de gusto, esa vaina moviéndosele adentro la enloquece, casi tanto como…

   “Tómala, zorrita”, le gruñe Mijares atrás, pegándose a su espalda, mordiéndole un hombro, temblando todo mientras su güevo vomita y vomita semen dentro del sedoso y estrecho culo. Y ella… ella grita y se revuelve, casi desmayándose cuando el más poderoso, intenso y pleno orgasmo la recorre de pies a cabeza. Sólo puede gritar y grita, putona, con esos güevos todavía babeantes dentro de ella.

   Pero ya pasó. Los carajo rientes, se felicitan, chocan manos y se ponen de pie. Comenta sobre lo rica que estaba la putica, mientras se toman una cerveza, sin ocultar sus güevos babeantes. Tinita está horriblemente avergonzada, con ganas de llorar. Dios mío, pero qué puta fue. Sin levantar la vista, deseando llorar de pesadumbre, se viste. Cuando alza la mirada los encuentra allí.

   -Espéranos un poco, nena. Vamos de una vez a revisar la mierda de tubería en la casa de tu patrona. –anuncia Mijares, y la chica, aún compungida, esboza una sonrisa.

   -Gracias, señor Mijares.

   -Siempre a tus órdenes, nena…

……

   Carolina Fuentes (de Marotta), sentada aún al sofá, revisa unas carpetas. Satisfecha. La puerta se abre y un compungido Wilson la mira. Ella lo intuye, con un frío escalofrío.

   -¿Qué ocurre, Wilson? ¿Y los papeles que te mandé a buscar?

   -¡No lo encontré! No estaban en mi oficina y no sé dónde…

   -¿Qué? –ella se pone de pies de un salto. Esa era una terrible noticia. Esos papeles eran un acta de nacimiento y de bautismo, los de Clementina Salvatierra, alias la Tinita. Ella necesitaba esos papeles para…- ¿Cómo que desaparecieron? Te dije que los guardaras bien.

  -¡Abrieron mi gaveta! –exclama afligido. Eso jamás había ocurrido. Ella lo mira boquiabierta.

   -¿Una gaveta en tu oficina? ¿Te digo que es algo importante y lo guardas en la gaveta central de tu oficina donde guardas tus revistas de mujeres sucias? –brama, y a cada palabra se le acerca. Y a cada palabra, él se encoge a pesar de lo alto, fornido y musculoso que es… ¿y cómo sabía ella de sus revistas?

   Pero ya no puede pensar en nada más. A su lado Carolina lo llama inútil imbécil, y le da dos bofetones, que lo desconciertan y marean. Otro se habría arrechado e ido encima de la mujer con violencia, pero él está condicionado, su mente queda en blanco y sólo atina a levantar las manos y pedirle que se calmara.

   -¡Ahhh…! -chilla de sorpresa cuando ella lo atrapa por una oreja.

   -Ya estoy cansada de tus estupideces. –le grita, halándolo.

   Ella cae sentada en el sofá, y con manos frenéticas, ¡siente tanta rabia!, le abre los botones del pantalón sin correa, y se lo baja hasta los tobillos. Fue difícil que bajara por esos muslos musculosos, como ella le ordenaba estar siempre con rutinas de ejercicios. Y allí queda Wilson, el asistente de Carolina, con su franela corta, los pantalones en los tobillos y una extraña prenda íntima. Es una tanga atigrada, rojiza de lunares oscuros. Muy chica. Casi putona. Su bojote abulta bastante, pero eso no le interesa a ella ahora. Con un “ven acá”, lo hala por un brazo, y Wilson, con la mente en blanco, cae de panza sobre sus piernas.

   -Eres un completo y perfecto imbécil. -brama ella alzando una mano abierta y azotándole una nalga. Suena seca, dura. Y el tipo se estremece, pero calla.

   Y mientras lo llama inútil, estúpido, bueno para nada, sólo pura facha, le da nalgadas. Fuertes. Su manita es pesada como saben sus hijos, y también Wilson. La mano sube y baja, azotando las duras nalgas que se contraen y se agitan. El hombre parece alarmado, y jadea ahora. Nalgada tras nalgada siente el picor, el ardor. Le duele y…

   -No, por favor, Carolina, no más… -le suplica, y ella sonríe al fin, nalgueándolo más duro y rápido, de una nalga a la otra.

   Y Wilson gime sin vergüenza, como un muchachito, que no le peque más, que lo perdone. Suplica de por favor una y otra vez que no. Pero ella lo azota más, con gusto, gozando su peso, su calor, sus estremecimientos en sus piernas. El hombre intenta meter una mano pero ella le atrape el brazo, casi doblándolo sobre su espalda, mientras con la otra mano baja un poco la prendita putona (que ella lo obliga a usar) casi toda metida ya entre sus nalgas para ese momento. Las nalgas, sin un pelito, rojizas, están más rojas allí donde la fina mano golpea una y otra vez.

   Ella lo llama niño estúpido y malo, que merece un castigo, mientras su mano recorre esas nalgas calientes, viciosa. Se sentía tan bien, coño, piensa mientras lo azota, lo insulta, lo soba. Era placentero el poder sobre ese hombre al que domó, a quien le quitó las espuelas convirtiéndolo en su juguete. Ahora lo oye gemir más, suplicándole con cierto llanto que pare, que no siga, que le duele, que por favor lo perdone. Pero él había fallado, y feo, por su culpa podía perderlo todo. Y eso la empuja a azotarlo más y más, llamándolo niño irresponsable, que tenía que enseñarle, que tenía que aprender.

   Era extraño ver a esa mujer elegante, arreglada, de traje y falda, con ese carajote en sus piernas, con los pantalones en los tobillos y las nalgas expuestas, mientras ella lo azota una y otra vez y él solloza ya, sin disimulos, ocultando el rostro en el sofá, pidiéndole que se pare, que lo perdone, que no vuelve a hacer…

   Cualquiera se abría sorprendido, como lo hizo uno de los muchachos de los recados dentro de la compañía, quien los miraba con franco asombro. Vaya con la señora… se dice el joven, excitado, sabiendo que ahora la tenía en sus manos.

   Qué vaina, ¿cuándo aprenderá la gente que para sus vagabunderías hay que cerrar bien las puertas? ¿Qué pretende con Carolina el mirón? ¿Quién tomó los papeles del lloroso e indefenso Wilson? ¿Le aplicará ella alguna cremita después? Y Tinita, avergonzada por lo que hizo, ¿dejara de joder o se volverá más puta?

CONTINUARÁ…

Julio César.

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