TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL… (5)

NENA CALIENTE

   -¿Qué te metan una lengua mientras alguien más está ahí? ¡La locura de rico!

……

   -Eres un completo y perfecto imbécil. -brama ella alzando una mano abierta y azotándole una nalga. Suena seca, dura. Y el tipo se estremece, pero calla.

   Y mientras lo llama inútil, estúpido, bueno para nada, sólo pura facha, le da nalgadas. Fuertes. Su manita es pesada como saben sus hijos, y también Wilson. La mano sube y baja, azotando las duras nalgas que se contraen y se agitan. El hombre parece alarmado, y jadea ahora. Nalgada tras nalgada siente el picor, el ardor. Le duele y…

   -No, por favor, Carolina, no más… -le suplica, y ella sonríe al fin, nalgueándolo más duro y rápido, de una nalga a la otra.

   Y Wilson gime sin vergüenza, como un muchachito, que no le peque más, que lo perdone. Suplica de por favor una y otra vez que no. Pero ella lo azota más, con gusto, gozando su peso, su calor, sus estremecimientos en sus piernas. El hombre intenta meter una mano pero ella le atrape el brazo, casi doblándolo sobre su espalda, mientras con la otra mano baja un poco la prendita putona (que ella lo obliga a usar) casi toda metida ya entre sus nalgas para ese momento. Las nalgas, sin un pelito, rojizas, están más rojas allí donde la fina mano golpea una y otra vez.

   Ella lo llama niño estúpido y malo, que merece un castigo, mientras su mano recorre esas nalgas calientes, viciosa. Se sentía tan bien, coño, piensa mientras lo azota, lo insulta, lo soba. Era placentero el poder sobre ese hombre al que domó, a quien le quitó las espuelas convirtiéndolo en su juguete. Ahora lo oye gemir más, suplicándole con cierto llanto que pare, que no siga, que le duele, que por favor lo perdone. Pero él había fallado, y feo, por su culpa podía perderlo todo. Y eso la empuja a azotarlo más y más, llamándolo niño irresponsable, que tenía que enseñarle, que tenía que aprender.

   Era extraño ver a esa mujer elegante, arreglada, de traje y falda, con ese carajote en sus piernas, con los pantalones en los tobillos y las nalgas expuestas, mientras ella lo azota una y otra vez y él solloza ya, sin disimulos, ocultando el rostro en el sofá, pidiéndole que se pare, que lo perdone, que no vuelve a hacer…

   Cualquiera se abría sorprendido, como lo hizo uno de los muchachos de los recados dentro de la compañía, quien los miraba con franco asombro. Vaya con la señora… se dice el joven, excitado, sabiendo que ahora la tenía en sus manos.

   Es sorprendente ver a un carajo como Wilson, grande y masculino, revolverse y lloriquear como un niño, pidiéndole a Carolina que deje de azotarlo. Pero la mujer sigue, mordiéndose el labio inferior. Excitada. El ardor y picor en su palma cuando choca de las duras nalgas, le agrada. Se siente poderosa. Se sabe poderosa. Es una mujer que domina su entorno, los negocios, a los demás. Y a un carajo como Wilson, un pájaro alegre, seductor y machista hasta ayer, convertido hoy en su juguete erótico. Ella lo había hecho, lo controló, le cortó las alas, ahora le pertenecía.

   Él gimotea, pero ella sigue azotándolo, notando que el hombre, a pesar de sí, responde también, endureciéndosele el tolete que choca de su pierna. Está furiosa con él, esos papeles desaparecidos podían meterla en un problema que el imbécil ese ni se imagina, pero eso la calma. Darle nalgada tras nalgada, oírlo gemir, sentirlo retorcerse, mientras lo llama niño estúpido, que tiene que aprender a comportarse. Y esa manita como garra, de uñas violentamente moradas, recorre las enrojecidas nalgas, sobándolo. Sí, ese carajo era suyo. Le pertenecía. Y desde la puerta, excitado y algo asustado, el joven recadero, Requena, mira como esos dedos recorren la raja interglútea, como se mete. Sobándolo.

   La mujer sonríe casi cruel. Sabe cuánto lo humilla así, sobándole la raja que daba al culo, frotándole el botón, metiéndole una uña. Lo humillaba porque le quitaba hombría, y porque el carajo estaba acondicionado para responder. Para excitarse. Y cuando está a punto de clavarle un dedo, sometiéndolo aún más al clavárselo todo por el culo, timbra el teléfono. La mujer se echa hacia atrás, es la señal para que el lloroso, enrojecido y avergonzado Wilson se ponga de pie y acomode sus ropas. Es el momento cuando Requena también se aleja. Todavía asombrado de todo lo que vio. Y con el güevo increíblemente duro bajo sus ropas. Vaya con la jefa…

……

   Al fin pudo escapar de Carolina, se dice Wilson, todo envarado entrando en su oficina espartana de colores oscuros. Le dolía el culo. Dios, cómo odiaba a la mujer. Y no por primera vez mientras se inclina sobre el escritorio, revisándolo todo nuevamente en busca de los papeles que certificaban el nacimiento de esa jovencita (Clementina, Tinita, Salvatierra), el atractivo sujeto se plantea el asesinarla. Disimuladamente, o de forma abierta (con un hacha, preferiblemente). Pero matarla. Sabiendo que no se atrevería. No sólo por estar condicionado, sino porque temía lo que ella pudiera tener por ahí contra él. Pero el mayor miedo era a los peligrosos y demente socios de la mujer. Él los conocía y les temía. Y más que a Carolina.

   Trata de enfocar la aún llorosa mirada mientras revisa. No hay nada. Sabía que no estaban, pero intenta conseguirlos. Sabe que Carolina no había terminado aún con él. Ah, no, seguro que planeaba algo infame.

   -Adelante. –gruñe ronco, cuando llaman a la puerta, limpiando sus ojos con dos dedos en forma maquinal. Ceñudo mira entrar a ese joven recadero entre pisos, Requena, un tipo joven, acuerpado y medio galancito, como parecía gustarle a Carolina que fueran todos.- Dime, Requena… -no le presta atención real, ni repara en la sonrisa sardónica del otro.

   -Buenas tardes, doctor Wilson… -y duda por un momento, no era fácil proponer algo como lo que llevaba en mente, pero con lo que vio sabe que tiene la sartén por el mango.- Verá, yo lo vi todo. –deja salir, con el corazón palpitante, sabiendo que tenía a la puta de Carolina (la puta, así la trataba ya en su cabeza) en sus manos.- Vi lo que la doctora Fuentes le hacía. –termina, y eso impacta feamente al otro, quien se yergue, amenazante, enrojeciendo, yéndosele encima.

   -¿De qué hablas? –lo que faltaba, coño, tiembla por dentro.

   -De las marcas de nalgadas que debe tener en el trasero, doctor. –le sonríe irónico.- Y me pregunto… ¿no me dejaría darle unas cuantas a mí también? –sus ojos brillan ávidos ante ese carajote. Y Wilson da un paso atrás, desconcertado.

   -¿De qué coño hablas, marica?

   -Que también yo quiero darle unas nalgaditas, doctor. Que se monte en mis piernas y darle duro. Creo que lo disfruta, ¿verdad? –e insolente alarga una mano, tocándole a Wilson, quien da casi un salto atrás, el paquete.

   -¡Bolas! –está furioso, pero teme, al posible escándalo, a las risas, a que lo señalaran.- Mira, Requena, déjate de vainas o Carolina se enterará y créeme, no quieres que ella… -advierte, hasta de buena fe.

   -Eso no me importa, Wilson. –es insolente al tutearlo, sabe que lo tiene atrapado.- Quiero darte unos azotes como los que le dio la doctora; si no te dejas le echo el cuento a todo el mundo. –y va hacia la puerta.- Espero tu respuesta. –y sale, enfatizando la voz de mando, mirándolo mórbido mientras sale.

   Wilson se queda de piedra. Rojo de confusión. Qué vaina, Dios mío, ahora había a otra piraña en la bañera que deseaba morderlo. Maldiciendo y soltando toda clase de tacos, se pasa una mano por los cabellos. ¡Qué puede hacer ahora!, se pregunta una y otra vez.

……

   -Señora… -dice sonriente, complacida de su éxito… a pesar de lo duro y movido que fue lograrlo, Tinita, recibiendo a Carolina quien viene molesta de la calle.- Está resuelto el problema de la gotera.

   -¿Sí? Me sorprendes. –suelta, sin alzar la voz, sin dejar notar sus pensamientos al entregarle la cartera portafolio y su saco grande. La odia, ahí no había para dónde agarrar. Pensaba gritarle un rato por la tubería goteante, aunque no pensaba echarla. La necesitaba, por ahora, para ir contra Renata Tovar.- ¿Está la cena lista?

   -Si, el menú que eligió.

   -Bueno, pero también quiero papas frita. Pela un kilo y medio o dos. –ordena para molestarla, para quitarle algunos minutos más, complacida de ver esos ojitos apesadumbrados a pesar de responder que ‘sí, señora’.- ¿Qué es ese escándalo? –se queja, escuchando gritos alegres y risas.

   -Son el niño Vicente y su amiguito del colegio, están con uno de esos video juegos de carreras.

   -Diles que dejen el escándalo; y a Vicente que tome un baño antes de la cena; y a Rubén… -imagina se trata de él.- …que vaya para su casa a cenar. Su madre es estricta en cuanto a la hora de sentarse a la mesa.

   -Si, señora.

……

   El dormitorio de Vicente es algo chico, atestado de póster de carreras de auto, de ídolos del futbol y de una imagen grande de Norky Batista en traje de baño, uno chico y ajustado mientras ella está cubierta de gotitas de agua. El joven, alto y delgado, de pie sobre la cama, grita de forma desaforada, con el pequeño control mirando hacia la enorme pantalla plana donde por un pico encrespado corren dos autos, casi cayendo en abismos, con rocas desplomándose sobre ellos y con derrumbes de la vía. Compite con Rubén, otro chico de trece años, tan alto y delgado como él, de piel negra, cabello ensortijado pero no crespo y ojos color miel oscura. Una mezcla de razas típica de estas tierras. Compiten, saltan, se gritan vainas y casi no reparan en Tinita que entra después de llamar varias veces.

   -Niño Vicente, que deje el escándalo y se bañe para la cena. –anuncia la joven, y tiene que repetirlo dos veces más antes de ser notada. Los chicos, dos mocetones a quienes el sexo llamaba a gritos, llenos de hormonas, la miran. Los dos pares de ojos se clavan en las tetas de Tinita.

   -Déjame en paz, Tinita la tetoncita. –le gruñe en alegre insolencia (no de mala fe), Vicente. Y Rubén ríe.

   Ella se ofende un poco, e intenta ponerse dura, que la escuchen y obedezcan o la señora se molestará. Pero mientras más insiste más ríen y saltan sobre la cama mirando sus autos mientras gritan: “Tinita la tetoncita busca un novio que no la tenga chiquita…”. Ah, niños majaderos, pensó Tinita mortificada, yendo hacia ellos decidida a imponerse, como en su tierra hacen los adultos con los muchachos majaderos. Incluso pensaba en halar una que otra oreja. Antes de que llegue, ellos saltan de la cama por el otro lado. Ella la rodea y ellos suben nuevamente, escapando en sentido contrario, siempre cantando el “Tinita la tetoncita está arrechita”. Que niños, pensó furiosa, decidida a atraparlos cortando camino sobre la cama. Sube en el momento que ellos bajan de un salto, y la cama rebota un poco. Por eso, y por sus tacones, la joven pierde el equilibrio y se va para atrás con un grito, cayendo mitad fuera de la cama, mitad arriba. La joven siente el golpe leve en la cabeza, y se queda quiera, amortizándolo y evaluándose… dejando imprudentemente sus caderas sobre la cama.  

   Vicente y Rubén, dos chicos de trece, miran, con bocas y ojos muy abiertos, esas piernas plenas, turgentes, por un segundo antes de caer sobre la pequeña pantaleta negra que la joven usa. La falda ha bajado dejándola al descubierto. No lo piensan, no se ponen de acuerdo, pero tanto Rubén como Vicente se lanzan sobre ella, cada uno a un lado, sentados en la cama, y atrapan cada uno una pierna. Con un chillido, notando por primera vez que está en mala pose, Tinita pregunta qué hacen, pero gime otra vez cuando la halan hacia arriba, despegándola de la cama, quedando apoyada en el piso alfombrado por los hombros. Y esos chicos de miradas oscuras miran esa pantaletica chica, tipo bikini, que cubre esos lugares secretos, misteriosos y maravillosos con los que han soñado desde que comenzaron a ojear revistas para adultos y hacerse las pajas.

   Rubén pega su rostro del pubis, sobre la pantaleta, casi sobre la vagina y cierra los ojos al aspirar, mareándose. Ese olor a hembra lo hace temblar, debilitándolo… mientras se pone bien duro también. Vicente lo imita y pega su carita traviesa de esas nalgas, apretándose contra ellas, sintiéndolas duritas y tibias. Mientras ella grita preguntando nuevamente (y vaya que es tonta) qué hacen, y se revuelve intentando librarse, esos dos muchachos huelen a la hembra por primera vez, y sus caritas se frotan soñadoras de esa cuquita entalcada y de ese culito cerrado. Y ahora se miran, ya n son niños, son hombres, cazadores. Algo increíble les había pasado, un momento antes jugaban como niños, y ahora una mujer estaba abierta de piernas allí.

   -¡No! ¿qué haces? –grita otra vez, realmente alarmada, Tinita.

   Las delgadas manos negras de Rubén van a sus caderas, atrapan las tiritas de la pantaleta y la halan, desnudándola. Ella se revuelve, pero Vicente la retiene, mirando ese pequeña cantidad de pelos, esos labios vaginales que parecían llamarlo; un delgado dedo, temblando un poco, los toca y recorre, sintiéndose morir. Ella gime que no, que son unos niños malos, cuando ya Rubén le ha quitado la pantaleta y un dedo de Vicente tantea la entrar en la rica, madura y dulce fruta de la muchacha.

   -Vicente, que vayas a bañarte. –oyen fuera que ladra la autoritaria voz de Mario, el papá de Vicente.

   Con un jadeo los chicos sueltan a Tinita (al recordarlo maldecirían el que apareciera en ese momento), se enderezan y medio ocultan sus erecciones, mientras la joven patalea como las buenas, y toda roja, algo despeinada, se pone de pie también, acomodando su falda cuando la puerta se abre y aparece el hombre, quien miraba con cierto aburrimiento hasta notar esas caras.

   -¿Qué ocurre aquí?

   -¡Nada! –responden los tres, viéndose culpables. El hombre mira de Tinita a su hijo, bajando un poco la vista hacia su entrepiernas. Vaya.

   -Ve a asearte. Rubén, tu mamá llamó, que vayas o ya sabes… -y sale, dejando la puerta abierta.

   -¡Dame mi pantaleta! –brama desesperada, Tinita, volviéndose hacia Rubén que sonríe como un ganador, mostrando la pantaleta en su mano, dándole una olida y metiéndosela en el bolsillo. Tinita va a discutir cuando oye a Carolina ladrar.

   -Clementina, ven acá.

   La joven no sabe qué hacer, está sin pantaletas, la falda es corta y…

   -Voy, señora. –sale viéndolos de forma censuradora, para que entiendan que la han herido y se sientan mal. Ilusa.

   En cuanto sale, Vicente se arroja sobre Rubén, exigiéndole la pantaleta, pero el otro se niega y medio forcejean, hasta que Carolina, nuevamente, ladra: “Rubén, tu mamá manda a decir que bajes o ella sube”

……

   Terriblemente mortificada, Tinita cruza el pasillo del piso hacia el depósito de basura; Carolina la había llamado porque los restos de carne para la cena, apestaban ya. Camina con cuidado para que no se note que anda rueda libre. Y mientras regresa, se cruza con Rubén por un lado, quien le sonríe burlón tanteando algo en su bolsillo (¡pequeño monstruo!, piensa ella), y con Marcelo quien viene detrás, mirándola de forma extrañada sobre las nalgas. Y ella, sonriendo tensa, lo deja pasar (¿se habría dado cuenta que no llevaba pantaleta?). Entrando a la cocina, decide llegarse corriendo hasta su cuarto y ponerse otra. Ya tendría tiempo de hablar con Vicente y explicarle que esos no eran juegos. Un niño bien educado no se comportaba así; pero cuando va saliendo, se topa con la fría Carolina.

   -¿Ya están las papas?

   -No, señora, pero ya vengo, es que…

   -¡Las papas, clementina!

   -Sí, señora… -accede, sintiéndose muy mortificada, casi al borde del llanto.

   ¿Por qué le pasaban esas cosas? Se sienta a la pequeña mesa, sólida, de madera vieja, cubierta por aquel mantel largo de cuadros. Toma la primera papa para pelarla… y se congela. Bajo la mesa, bajo ese mantel, justo en el momento cuando Carolina regresa, alguien la tocó, le separó las piernas, y un aliento caliente como el infierno cayó sobre los labios de su cuca…

   Pero ¿qué es esto? ¿Quién tiene este cara a cara con Tinita, bajo la mesa de la cocina? ¿Será Mario el viejo zorro, Marcelo el mira nalgas, o el pequeño depravadín? ¿Se dará cuenta la mujer? Y Wilson, ¿cómo resolverá el problema en el que lo metió su cuerpo? ¿Cederá o peleará? ¿Requena saboreará lo que desea? ¿Y quién robó los papeles de Tinita?

CONTINUARÁ…

Julio César.

Una respuesta to “TINITA… UNA PUTICA SENTIMENTAL… (5)”

  1. Jorse luis Says:

    hola

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