INDIGNACIÓN AJENA

A MI MANERA

   La mujer, algo obesa, de pañoleta de colores sobre su cabeza, llevaba casi diez minutos regañando a la joven tras el escritorio-recepción de la clínica. Boté aire intentando no hacerlo de forma audible; seguía yo en la fila y ya estaba hartándome. Hacía calor y estaba molesto porque no encontré transporte directo para llegar ahí y debí utilizar el primer taxi que salió en el mundo, y fuera de la pequeña mancha de grasa en un hombro, debí pagar un realero. ¡Y ahora esta mujer! Era impresionante la capacidad de aguante de la bonita joven tras el mesón. Al fin, después de quince reiteraciones de que sería atendida por una doctora aunque no tenía cita, se aleja.

   -Pavita… -dejé escapar, molesto con mi día, admirándola un poco.- Qué aguante tienes. Y qué mujer tan desagradable. –la leve sonrisa, así como el brillo opaco de su mirada, me inquietó.

   -No se moleste con ella, señor. Supo ayer que tiene cáncer.

   Sí, su día, el día de cada día de aquella señora, era mucho peor que cualquiera de los míos.

Julio César.

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