MIRANDO CINE

JUNTO A TI, NADA FALTA

   ¿Cómo dudar que fuera realmente el Paraíso?   

   El muchacho está indeciso entre entrar o no a la sala de cine. Había oído críticas muy buenas, demasiado para un tema y trama como aquella, e imaginaba que la película debía ser mala, como esas que generalmente premian con el Oscar y cosas así. No, la verdad era que él esperaba que fuera mala. Que sea muy mala, Dios, se dice Doménico San Martín, nacido Gómez. Está nervioso mientras se pasea por la entrada del teatro.   

   La mujer en la taquilla, lo mira divertida. Creía entender el dilema del joven, un muchacho que estaría cerca de los dieciocho, guapito en su delgadez y altura, cabello castaño y cara increíblemente amable, casi… vulnerable. Le parece que es de esos de sonrisa fácil. La mujer sabía que muchos jóvenes, sobretodo con confusiones sexuales o sentimentales, deseaban ver la película pero se cortaban todos en la cola. La juventud era bonita, se dice convencida, pero sólo los años daban la paz de la experiencia para moverse con donaire por este valle de lágrimas. Al menos los que crecían y evolucionaban, no para los eternos niños malcriados que vivían culpando a otros de sus fracasos y errores, sin aprender jamás de ellos y condenados a vivir para siempre a repetirlos. Tal vez fuera mejor que el joven no entrara, se dice la mujer. El film podía ser duro, sobretodo para gente sensible como parecía ser ese muchacho.   

   La mujer acertaba sólo en parte; Doménico, Nico para todo el mundo, aunque fue un apodo que no eligió, como no lo hizo con su nombre, era realmente muy joven, sufría de confusiones y era sensible. Demasiado, opinaban algunos, como su padre. Pero el joven no estaba allí por la película en sí. Él deseaba ver un fracaso, algo tan horrible, a pesar de las críticas favorables, que le diera la paz. Decidiéndose entra, sonriéndole en forma abierta a la mujer de la taquilla que lo atiende con simpatía. No va al baño. No compra cotufas, refresco o caramelos. Entra a la sala, no muy llena, ya que muchos venezolanos morirían antes de dejarse ver haciendo la cola para ver El Secreto de la Montaña (Brokeback Mountain). Va a la última fila, casi junto a un rincón, lejos de todos y espera. El corazón le late con fuerza. Espera odiarla mucho. Todo comienza… y de entrada el solitario y agreste paisaje, así como la música, lo inquietan. Y ese joven se dispone a ver el film, y su mente cubrirá los huecos que la trama deja abiertos para que cada quien los llene con sus deseos e ilusiones, con sus necesidades particulares.   

   Wyoming se parecía tanto a Texas, que ese joven de diecinueve años por un momento pensó que aún seguía en su terruño mientras atravesaba la carretera en su vieja camioneta. Una vieja, muy vieja, que según decían estuvo al principio de los tiempos. Sabe que lo que le espera será duro, y nada agradable, pero el atractivo tipo de ojos azules y sonrisa perenne, no puede dejar de sentirse optimista. No le gustó mucho ese trabajo el año anterior, como no puede gustarle a nadie, piensa, pero no le tiene miedo. En su alma parecía no caber esos sentimientos. Si había una tarea la hacia y ya. Él era vaquero de rodeos, algo que su padre desaprobaba, recuerda con cierta divertida amargura, pero la verdad era que su padre nunca estaba muy contento con él. Le parecía demasiado soñador. Demasiado ‘todo saldrá bien, papá’. Su padre no podía ser así. El mundo estaba cambiando, todos los valores con los que él había crecido iban desapareciendo, algunos se aferraban al pasado, otros miraban inquieto lo que venía, y un joven como él, sentía expectativas, la vida no tenía que ser siempre como había sido, sólo porque así fue siempre. Menos de dos décadas atrás los hombres de ese país habían cruzado el océano para librar la gran batalla contra la oscuridad y maldad del nazismo. Pero ese mundo terminaba; lo que debía ser de lo que era iba dejando de ser una barrera infranqueable que muchos aún no sabían cómo enfrentar.   

   Oh si, Jack Twist tiene planes, se dice con determinación. Ganaría algo de dinero e iría a todas las ferias y rodeos que se anunciaran, y ganaría más. Un día tendría su propio rancho, una mujer e hijos, se dice repitiendo palabras de su padre. Ahí estaba la estación, y al detenerse repara en otra figura. Un tipo de mirada baja, que fumaba, con el sombrero casi sobre la nariz. Tenía aire de peón de estancia, se dice Jack, divertido. Fue cuando ese hombre levantó la mirada, fugaz, bajándola pronto, como avergonzado de haber sido sorprendido atisbando, que el corazón de Jack latió más de prisa luego de pasar tres segundos detenido, haciéndolo estremecerse levemente. La sensación de vértigo y calor que corrió por sus venas era extraña. El joven no puede evitar una sonrisa leve, de nervios, de excitación ante lo nuevo; no entiende ese sobresalto embriagador que lo llena de ganas de estar allí, pero entendía que tenía algo que ver con el rudo y hosco joven de pie frente a él.   

   Más tarde sabría que ese tipo se llamaba Ennis del Mar (y en su mente repetirá ese nombre una y otra vez, saboreándolo, sin imaginar que pasaría los próximos veinte años de su vida repitiéndoselo para encontrar ratos de felicidad y escapar de la soledad), que trabajó en una hacienda hasta que los hermanos se casaron y ya no hubo lugar para él. Supo que era tosco, cerrado e increíblemente tímido. Y cada nuevo dato era atesorado por Jack, quien no podía dejar de pensar en él en esa montaña, mientras come a su lado, mientras lava su ropa en las frías aguas del río o se tiende sobre la grama, de noche y contempla las estrellas que ahora le parecen más hermosas. Tal vez porque ahora tenía un motivo para perderse y soñar en sus luces frías y fantasmales.    

   Ahora comparten las montañas y ese cielo inmenso, uno tan grande que puede cobijar a un tal Jack Twist, un vaquero de rodeo, joven y fuerte, parlanchín, alegremente fanfarrón, simpático y abierto, que se siente extrañamente vivo y feliz en las frías cumbres. Es un hombre que imagina, a veces, poder alzar las manos y alcanzar ese cielo; y quien, al fumar y beber por las noches, mira a Ennis del Mar. Y la mirada de Jack era distante, perdida, hermosa, con una luz que a veces turbaba al otro, quien no podía dejar de reconocer para sus adentros que eran ojos atrayentes. Ahora Jack pensaba en su vida, en lo que fue antes de llegar ahí (antes de conocer a ese tipo callado y tosco), y en lo que podía ser hasta el fin de sus días fuera de ese lugar; y ya no era feliz. Los dos hombres hablaban. Tomaban whisky y hablaban más, y Jack lo miraba a veces si poder contenerse, asustado de lo que siente, porque ahora imagina vainas nuevas, como el qué sentiría recorriendo con el dorso de su mano la mejilla del peón, o mirarse en sus ojos evasivos, al estar frente a él, tan cerca uno del otro que sintieran sus alientos. Lo piensa y se siente ahogado, embargado de un deseo inmenso que no entiende, por lo que tenía que beber, o saltar locamente, gritando como un vaquero de comiquitas, para escapar de su embelezo y de las ganas que quieren salírsele por los ojos y boca.   

   Y Ennis notaba esas miradas, confuso, negándose a sentir, pero perdiéndose por momentos en esas pupilas que iluminan de azulada luz un paraje por el que no sólo no puede transitar, sino que hasta estaba prohibido pensar en él. No hay palabras. Sólo hay miradas que van y vienen cuando están seguro de que el otro no presta atención. Y Ennis habla de su novia de toda la vida, y mira a Jack, como queriéndose convencer de que todo estaba bien por ese lado. Llega la noche, llega el frío. Llega el licor que baja las defensas y desinhibe la conciencia. Y Jack llama a Ennis para que entre a la tienda o se morirá de frío. Y el otro lo hace casi arrastrándose, cayendo a su lado, dormido en seguida.   

   Jack dormita, pero no está tranquilo. Sueña su vida, la pobreza, la estrechez, las privaciones, el oír de niños amados por sus padres. Sueña con cosas que no tiene, que no tuvo, que sabe que no tendrá; una vida que se repite hasta el infinito, y no es feliz. Algo falta. Algo no estaba bien. Era un tipo joven, lleno de ganas de vivir y no estaba bien, algo estaba muy mal. Faltaba calor, faltaba cariño. Y ahora una imagen aparece en sus sueños, es Ennis, a su lado; y Ennis lo toca, y no parece Ennis, porque sonríe, y dice que debe afeitarse, y le recorre la barbilla con el dorso de una mano mientras su mirada atrapa la suya; y dice que no le gusta con barba, y sonríe más. Y Jack lo ama, y Jack se excita. Despierta, angustiado por el deseo, sintiendo que se quema, que se muere de las ganas que tiene. Percibe el olor de Ennis, oye su respiración y casi grita de frustración. Y se decide, porque es un carajo valiente, del tipo que le dice a esa persona de la que no está seguro, te amo, y a veces triunfaba, a veces sólo sufría. Pero que se arriesgaba y vivía.   

   Jack cruza un brazo y atrapa una mano de Ennis, halándolo sobre sí. Siente su aliento en la nuca. Siente el calor de su cuerpo a sus espaldas. Pero no es suficiente. Cerrando los ojos lleva esa mano a su entrepierna, aprieta, suelta y aprieta otra vez, y casi se muerde los labios para no gemir. Y Ennis despierta, se sienta, alejándose, pero Jack también se incorpora y lo encara, intenta tocarlo, intenta acercársele, frota su frente de la suya y le dice con todo su ser que lo quiere, que lo quiere en ese momento y ahí mismo y que si no le hace el amor, morirá. Y a Ennis le sube la temperatura, la piel le arde, la sangre le corre con violencia. Siente un despertar doloroso de su virilidad y se dice que no es nada, que es carne, que es deseo, y con brusquedad cae sobre Jack, como un poseso, con la urgencia de las ganas. Con rudeza se mueve al bajarle el pantalón y untar con su propia saliva, y no siente asco ni reparos mientras lubrica y toca, está más allá de todo en esos momentos. Lo posee con fuerza, casi brutal, porque tiene que hacerlo, porque la carne le duele de ganas, pero también de rabia por tener que ceder. No era nada, intenta pensar mientras se sumerge en el otro, casi jadeando por el alivio que siente dentro de sí, en su mente, casi en el espíritu. Pero seguía ardiendo, seguía quemándose…   

   Al día siguiente llega el ratón moral, y Ennis casi tiene que huir, sintiéndose mal consigo mismo, pero sobretodo con Jack… Lo que hizo fue sucio. Había sido algo malo, un pecado al que había cedido por debilidad de la carne. Dos hombres no podían hacer esas cosas. ¡Estaba mal! Todo lo que era su vida, lo que fue y lo que planeaba ser, incluida su novia, estaba en colisión con eso que había pasado con ese hombre, con Jack, ¡con Jack!, como no se cansaba de repetir el nombre su mente. Se aleja aunque ve al amante salir de la tienda, se aleja porque tiene que poner distancia, y no mira todo el dolor que su rechazo causa al otro, cuyos ojos lo siguen, con una mirada que lo dice todo, con dolor, con abandono. Para Ennis la cosa había sido terrible, había tenido sexo con otro hombre; para Jack había sido una revelación, algo que antes no encajaba ahora tenía explicación. Para él lo terrible era la marcha de Ennis, su silencio, su hosquedad, porque esa noche no le había entregado sólo su virginidad a ese tipo, algo que pudo intentar antes, y que nunca había considerado siquiera, hasta que ese vaquero de mirada ruda se había cruzado en su camino, ordenado quién sabe por qué designio. No, no era sólo su santidad lo que le había regalado, sino su vida, aunque no se había dado cuenta exactamente en ese momento. No le dio sólo el culo, le entregó todo lo que era, y el otro pareció no notarlo; peor, no importarle.   

   Ennis regresó hosco al campamento, y a Jack. Le dijo claramente que no era ningún marica. Con su voz, con su tono, con su lenguaje corporal intenso, le dio a entender claramente que lo culpaba de todo, de haberlo enredado en toda esa cochinada. Y Jack lo escuchó mirando hacia el valle, con rostro aparentemente imperturbable, y como millones antes que él en su situación, le dolió oírlo. Quería rebatirle, discutir, tal vez decirle que también él había participado de forma entusiasta cuando lo acariciaba y buscaba más de su persona, pero calló. Porque entendía que Ennis estaba mal. Ennis sufría al enfrentar algo que le horrorizaba, el toque del marica, y por eso lo lastimaba, porque en verdad se lastimaba a sí mismo, como castigo. Uno parecía ya aceptar un destino, el otro aún batallaba. Ennis se estaba flagelando de forma terrible e inmisericorde, sin darse cuenta de que también lastimaba al otro, lo que a lo largo de su vida será su maldición. Por eso Jack soporta, porque entiende.   

   La noche llega, y Ennis sentado al calor de la fogata, mira las llamas, sombrío, sintiéndose lleno de una amarga determinación. No mira hacia la tienda de campaña, donde Jack se despoja de la camisa y tiende una cama, acostándose. Ennis siente que se muere aunque su rostro parece de madera. Piensa en Jack… Una y otra vez piensa en él, en su mirada anhelante y franca, en su boca roja que se abría al gemir o al pegarla de su piel, en sus ojos azules. Recuerda su piel, lo que sentía al recorrerla con sus manos, su calor, su aroma fuerte y vital, y le cuesta respirar de lo mucho que lo extraña. Pero no, era un hombre. Jack era un hombre y él también. Eso estaba mal. Mira del suelo a la tienda y sabe que el otro estaba allí. Esperándolo. Lo sabe aunque ignora cómo. Jack lo esperaba, con esa invitación sin palabras en sus ojos, con esa alegría que lo hacia brillar y verse (se estremece) hermoso, una fuerza y una energía de la que él carecía. El corazón le palpita, la sangre corre por sus venas y siente que se muere por ir, por tocarlo, por recorre su espalda, por acariciar su rostro y convencerse de que era tan excitante y maravilloso como ahora creía recordar. Lo acusó de sucio, de marica, y ahora siente dolor. ¡Había lastimado a Jack! ¡Lo había herido para sentirse mejor consigo mismo!   

   Se pone de pie, tembloroso, la cara le arde de vergüenza, pero es que ya no aguanta más. ¡Lo necesitaba demasiado! Se dijo que no pasaría otra vez, pero debía ver a Jack… Verificar que aún estaba ahí. Quiere comprobar lo que verá en su mirada, sí habría resentimiento, o la invitación a tenerlo nuevamente. Sufre, ya que una parte de su mente le grita que era un pervertido, la peor clase de degenerado, el marica despreciable que sólo debía recibir burlas, asco y puñetazos; pero otra parte de sí, necesita decirle a Jack que lo siente. Al menos en parte, porque lo que en verdad quiere es estar junto a él, rodearlo con sus brazos, tocarlo y sumergirse en su piel. Desea que Jack se entregue una vez más, sin palabras, sin mimos, como la noche anterior, entre jadeos, gruñidos y brazos que apretaban y manos que acariciaban. El trecho de la hoguera a la carpa es corto, pero se le hace eterno al caminar gacho, sombrero en mano, lleno de culpa, de deseo, pero también de pesar por ofender al otro. Su rostro es el del penitente, el del hombre que va por absolución, una que sólo Jack podría darle. O no.   

   Recostado, Jack aguarda. Espera a que todo pase, o a que no ocurra nada. Espera para vivir otra vez, sintiéndose amado por Ennis, o se prepara para la agonía. Se sorprende al comprender cuánto depende de ese tipo ya. El miedo a que no vaya, grande y pesado, tanto que le provoca espasmos en el estómago y calambres por todo el cuerpo, no logra que olvide el momento anterior, cuando por primera vez estuvieron unidos y alcanzó la gloria. En ese corto y eterno instante, se sintió completo, protegido, como bañado por un calido sol de bienestar, tanto que no sabe si lloró como un niño o sólo lo imaginó. Se sintió vivo y feliz como no recordaba otro momento en toda su vida. Espera a vivir o a vegetar, recostado, viéndose hermoso en su angustia, hasta que su mirada repara en Ennis de pie en la entrada, sombrero en mano. Rápidamente queda sentado y Ennis cae de rodillas, como derrotado, evitando mirarlo, susurrando un ronco: perdóname.   

   Y allí Ennis del Mar comete el más grande error de toda su vida, medio mira a Jack y nota la mirada intensa, grande y totalmente enamorada de ese otro carajo, que lo ve con adoración. Ennis lee en aquella mirada que Jack lo perdona porque lo ama, ya lo ama, no sabe cómo le pasó, le dice Jack sin palabras, pero ya lo ama más que a su propia vida. Pero Jack no necesita decir nada, ni oírle decir nada a él. Casi siseándole para que calle, para que no sufra explicándose, le acuna el rostro con sus manos y lo besa, queriendo borrar el sufrimiento que ve en Ennis, el Ennis que nació y  creció en un mundo duro donde fue amado tan poco por quienes debieron adorarlo. No hay palabras, y esas lagunas podrían ser llenadas por los deseos de cada quien, quien imaginaría lo que quisiera; como el muchacho de mirada embelesada sentado en una oscura sala de cine.    

   -Jack… Jack…   

   -Ennis, estás aquí. Volviste…   

   -Perdóname, perdóname, Jack, por herirte, por llamarte marica y culparte de todo. Perdóname por tratarte así.   

   -No, no tienes que decir nada. Ya todo está olvidado. Sé que estabas molesto por lo que pasó, por esto que nos pasó.   

   -Te lastimé, y eso me dolió a mí también.   

   -Me dolió más el verte partir, molesto conmigo, sin volver la mirada, alejándote como si no notaras que me llevabas contigo; desde el momento en que fui tuyo todo lo que soy te pertenece, incluso mi vida.   

   -No quería venir, pero necesitaba sentirte todo, tu olor, tu sabor; estando aquí, junto a ti estoy bien, como si nada faltara, como si todo estuviera finalmente en su lugar.    

   -Ennis, desde que te vi entendí que algo estaba mal en mi vida, que había un vacío oscuro que estaba allí y jamás lo había notado, pero que me asustaba. Pero ahora tú brillas en esa oscuridad y la acabas.   

   -Nunca debí venir, nunca debí conocerte, maldita sea, Jack…    

   -Gracias a Dios que lo hiciste, porque ahora eres mi todo.   

   Se besan, y ninguna de esas palabras se pronuncian, y Jack cae de espaldas, y Ennis se abraza a su torso, como incapaz de mirarlo, sólo frotándose de él, elevando una mano y acariciando el rostro de Jack, un rostro que se le vuelve el suyo, el más importante de todo el mundo. Y siente ganas de escapar, de llorar, pero no es nada comparado con las ganas de besarlo y se fundirse en su carne, por lo que cuando Jack gira sobre él, besándolo, tomando la iniciativa una vez más, cede y se deja llevar por esa corriente de deseo que lo vitaliza, haciéndolo sentir completo y en paz. Se besan sin palabras, se entienden sin mimos o arrumacos, porque son hombres toscos no acostumbrados a la ternura, y menos al cariño entre carajos. Pero las manos cumplen, las bocas también. Los cuerpos responden y lo demás lo llena esa sensación interna que hace que uno desee tanto al otro, a tal punto de que no parece haber forma de calmar todas esas ganas.    

   La noche es cómplice de los amantes que exploran sus cuerpos, sus deseos, que lamen, besan y muerden entre jadeos. Y el cielo los cobija, brillante de hermosas estrellas que fulguran con mayor fuerza, entendiendo, tal vez, como toda la Creación que lo mejor que se podía hacer, ahora o siempre, era eso, entregarse a la fuerza de lo que se anhelaba. A lo que se amaba. Jack y Ennis se aman con desesperación, tal vez temiendo al mañana, al tiempo que ya corre en contra de ellos, a la vida. Mientras Ennis lo muerde en un hombro, incapaz de controlarse, saboreando su piel, goza y sufre, porque entrevé un día sin Jack, toda una existencia sin él, sin eso que ahora viven. Pero por esa noche se tienen uno al otro y no falta nada más. Todo sobra. Sin embargo, mientras jadea entre los brazos de Ennis, de placer, ahogando un ‘te quiero’, Jack siente deseos de llorar, temiendo que una estación termine y deban abandonar la montaña; pero aquello no podía ser el final, lo que Ennis y él tenían era grande, y Ennis buscaría una solución. Lucharían por lo que tenían ahora.   

   Pero se separarían porque, aunque Jack estaba decidido a enfrentar y defender lo que sentía, su amor por ese otro tipo, confiado en el éxito que le hacía creer su juventud; Ennis no estaba dispuesto. Para él todo eso había sido algo físico, sexo, algo que había pasado en la montaña. Pero le bastó ver como Jack se alejaba para sentir todo el dolor e impacto de la separación, tanto que creyó morir. Los cuatro años siguientes, hasta el reencuentro, Jack viviría en medio de sobresaltos, con mujer e hijo, pero extrañando y amando al hombre al que una noche se entregó. Él estaba claro, lo deseaba, lo quería, lo amaba y su vida era incompleta otra vez. Nuevamente faltaba eso, su centro, su vida. Para Ennis la cosa fue más difícil, ya que su naturaleza hosca y cerrada, le impedía sonreír, o soñar alguna vez con su Jack… Casado y con hijas, no encuentra consuelo, cosa que lo aleja de su familia, de tener amigos y conocidos.   

   Él no puede ser como Jack, quien admite para si su homosexualidad y juega al coqueteo en un rodeo. Él no era así, él era un hombre que se había enamorado de otro hombre. Para bien y para mal, y ahora entendía cuánto necesitaba a ese carajo. Por eso al verlo nuevamente, al pies de esas escaleras, estuvo a punto de reír, casi le grito ‘estás aquí’. Corrió, conteniéndose, notando la mirada aún esperanzada y tal vez temerosa de un rechazo de Jack, y tuvo que caer en sus brazos, apretándolo, sintiendo su olor, su calor, ese cuerpo que había extrañado tanto; asustándose de comprobar cuánto había deseado eso, tenerlo así, a su alcance, a su Jack, la única cosa o persona que había llenado su vida en verdad.  

   Hora y media después, todo termina y Doménico siente que quiere morirse. De pesar. Por Jack, por Ennis. A Jack lo ama, de forma clara, total, sin meditarlo un segundo; por Ennis siente un terrible pesar, ¡pobre idiota!, tantas veces arañó el cielo y lo dejó escapar en lugar de aferrarlo con fuerza. No quiere mirar a nadie porque sabe que lloró un poco y la gente lo notará. Le molestó que algunos rieran y rechiflaran cuando los dos hombres comenzaron a acercarse. Pero eso había terminado hacia la mitad de la película. Era tan real, tan cargada de sentimientos que era imposible no amarla, y aún aquellos que hacían bromas y burlas, tuvieron que silenciar sus voces. Ese amor había sido demasiado claro, y fuera de los miedos y egoísmos de los protagonistas, cosa de gente común, todos en la sala entendían que risitas, burlas y rechiflas podían conducir a dos seres humanos como esos, tan maravillosos y hermosos, que tanto se querían, a ese infierno de dolor por miedo al prejuicio, al qué dirán, a la burla o a la persecución.   

   El joven se dice que la historia debió terminar en esa carpa, donde Jack y Ennis, contraviniendo toda la historia, decidían quedarse para siempre, acariciándose cada mañana, diciéndose que se amaban a cada hora, dejando el amor para las noches, cuando finalmente, ahíto de tanto quererlo y repetir su nombre, Ennis dormiría con una sonrisa en los labios, abrazado a su Jack. O debió terminar con el reencuentro cuatro años después. Ennis debió entender que el vacío que había en su vida y que no lo dejaba ser feliz, y que nunca lo dejaría, como tampoco haría feliz a su mujer, esa bonita y dulce Alma, sólo podía ser llenado por Jack, por ese hombre que vez tras vez, encuentro tras encuentro, le gritó de todas las formas posible que lo amaba y que ya no podía seguir viviendo sin tenerlo para siempre a su lado.    

   Que distinto hubiera sido si Ennis cediera y entendiera, y escaparan a un rancho, a otro lugar y aceptara que dijeran lo que dijeran, sólo así lograría la paz y la dicha. Y ver la historia hasta el final le imposibilitaba imaginar que sí, que en un trailer, por cualquier rincón de Texas o Wyoming, dos hombres compartían un trailer, una cama, una mesa y una vida, ya viejos, pero no ridículos ni patéticos, porque se habían amado mucho y aún se querían, y uno miraba al otro joven y delgado, de cabellos amarillentos; y este vería en el otro al atractivo moreno de ojos azueles que fue en su juventud. Pero era sólo una película, maldita sea, le cuesta reconocer con dolor, sintiendo el ardor en los ojos otra vez. Era una obra de arte, pero ya elaborada. Ennis no iba a mandarlo todo al coño para fugarse con Jack, amándolo hasta el final de sus días. Ni Jack iba a aparecer a lomo de caballo, con su sombrero negro calado hasta los ojos, frente a la cantina donde comía Ennis, gritándole que lo amaba y llevándoselo, como en la película Reto al Destino.   

   Sabe que es una locura, una tontería, pero imagina lo que pudo haber pasado si Ennis, al pie de aquella escalera mientras aún retenía a Jack contra sí, con el calor de su pasión, con la necesidad de tenerlo cerca, le hubiera dicho que esperara, que recogería algo de ropas y desaparecerían en la nada, lo abandonarían todo, y que Dios, las familias, la vida y los hijos los perdonaran después, pero que ya no soportaba seguir levantándose, comiendo y durmiendo como un autómata. Que necesitaba sentirse vivo otra vez, como en Brokeback Mountain, cuando sus bocas se unían, cuando podía beber su aliento y saliva, cuando podía tener su cuerpo y mirar en sus ojos el amor, la ternura y todo lo que necesitaba para estar completo otra vez. Pero Ennis tuvo miedo, de sí y de los demás. Y mientras se aleja del cine, perdido, como en medio de nubes, en una montaña alta de donde sabía que le costaría bajar, Nico lamenta todo ese dolor que a él le pareció innecesario. Esos dos pudieron ser felices.   

   Pero Ennis dudó, como duda tanta gente a lo largo de su vida. ¡Dudas! Había gente que vivía atormentada por dudas e incertidumbres. Había quienes sentían que el día a día era una batalla, que la plaza que no se luchaba dejándola abandonada hoy, por cobardía personal, por pereza o indiferencia, mañana podría ser llorada amargamente, porque la felicidad, o simplemente la paz, no se terminaba de conseguir. Pero la mayoría no era así. La vida es grave, la vida es seria, eso había leído el joven en una historia de Agastha Christie. Hay quienes sostienen que nacemos llorando porque ya comenzamos a morir, porque la vida nunca alcanza. Aunque no llegaba a los veinte años, el joven, que había perdido muchas cosas ya, sabía que los años pasaban rápidamente. Que la vida se llevaba primero las ilusiones y fantasías de la juventud, cuando uno creía sabérselas todas y pensaba que todo saldría bien, para reemplazarlos por los hechos reales.

   Nico no se engañaba, sabía que los años robaban la juventud, las fuerzas, las ganas, la lozanía de la piel, y entonces sólo quedaría lo que se vivió; y se estremece, y parpadea rápidamente, al imaginar a un viejo Ennis del Mar, arrugado, esperando que la muerte llegara al fin, como una liberación que le llevaría paz, de noche en una silla recostada en dos patas contra su fea vivienda, con la mirada perdida en el cielo estrellado y en el ayer, viendo a Jack a la rojiza luz de una hoguera, esperándolo eternamente con un amor y una entrega infinita; ¡pobre imbécil que había dejado pasar el tren de su felicidad! ¿Nadie le dijo que este no pasaba dos veces por el mismo punto? Ahora, bajo el influjo de la película, al joven le parecía que sus adversarios eran infantiles y fútiles, pero no por ello menos crueles o peligrosos.   

   Había gente que se empeñaba en campañas demenciales, intentando salvar el mundo, y perdiendo el alma en el camino, extraviando y provocando infinitos dolores a la gente a su alrededor. Nada había mejor que una reunión con los padres, los hermanos y los amigos, todos comiendo, bebiendo y riendo, sin que faltara uno (se dice con una mezcla de dolor, compungido, pensando en un viejo solitario en un trailer); hasta que llegaba esa persona especial, la que se esperaba, cuya voz hacía vibrar todas las paredes del corazón, de mirada clara, honesta, sin sombras, sin demonios, donde se adivinaba el cariño, que te toca y te dice que te quiere. En esos momentos no se cabía en sí de felicidad; entonces ¿para que buscar a Dios por los rincones? El joven esperaba, que si realmente había un Paraíso, fuera un lugar así, donde estuvieran todos. Uno donde un tal Jack Twist estaba esperando a Ennis, en una eterna primavera de juventud y belleza.

Julio César.

NOTA ACTUAL: Cuando escribí este relato, iniciaba en otra parte una historia distinta donde este Doménico es personaje central. Lo incluí como un adelanto.

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